© Aviso de derechos de autor: Todos los textos y materiales publicados en este blog son una adaptación web de los originales de propiedad intelectual de Chen Tuan Li. No se permite su reproducción total o parcial, distribución, difusión o uso con fines comerciales o editoriales sin la autorización expresa y por escrito del autor. Si deseas compartir este contenido, cita correctamente la fuente e incluye un enlace directo al artículo original. Gracias por tu colaboración y disfruta del contenido.
Shugyō: El Arte de No Perderte lo Que Ya Tienes
Cuando la vida ordinaria es el camino extraordinario que el ego no puede ver.

¿Cuándo fue la última vez que disfrutaste plenamente de tus rutinas cotidianas?
No de las que eliges porque te apasionan como el gym, sino las que parecen ser una obligación como poner el lavarropa, limpiar el baño o tirar la basura ¿Cuándo fue la última vez que el agua caliente de una ducha fue algo único? ¿Cuándo pasear por los pasillos del súper se convirtió en una experiencia inolvidable?
Espera. No respondas todavía.
Antes, dime: ¿Cuántas cosas "importantes" tienes pendientes ahora mismo? ¿Cuántos proyectos a medio terminar, metas por alcanzar, y versiones mejoradas de ti mismo están esperando en tu lista de tareas por realizar? ¿Cuántos "cuando llegue a..." o "en cuanto consiga..." hay murmurando en tu mente parlanchina?
¿Ves esa distancia entre donde estás y dónde crees que deberías o te gustaría estar? ¿Escuchas ese zumbido de fondo, que nunca para del todo, y que te empuja a transitar entre el recuerdo del pasado y el sueño del futuro?
Ese hábito mental tiene un nombre, vagabundeo mental. Y tiene un antídoto que el ego nunca va a querer que conozcas, porque es demasiado sencillo para presumir de él y demasiado ordinario para publicarlo en un reel.
El problema con las cosas grandes
Hay algo que Occidente ha perfeccionado con una habilidad admirable: convertir la vida en un proyecto de mejora continua… y para ello, recuerda esto, es necesario partir de la premisa de que lo que hay, no es perfecto tal como es.
Metas. Logros. Crecimiento. Resultados. Optimización. Marca personal. El yo 2.0 que avanza hacia el yo 3.0… que medita cada mañana, come verde, tiene el cuerpo que siempre quiso y una profesión que le llena de propósito mientras busca generar impacto en el mundo para sentirse realizado.
Un camino que se nutre de la seductora narrativa de que si consigues la versión correcta de ti mismo, tu vida será extraordinaria y algo esencial en tu interior finalmente florecerá.
Pero tal vez esas promesas son la trampa de todo buscador.
Los psicólogos lo llaman la cinta de correr hedonista: el fenómeno por el que cada logro alcanzado eleva el nivel de referencia, y la satisfacción que prometía dura menos de lo esperado, y entonces hay que correr hacia el siguiente reto, hacia la siguiente meta. Ahí, el ego es un mecanismo de insatisfacción programado para no dejar de buscar, como si fuera un hámster haciendo girar la rueda de la felicidad. Pero, realmente, su función no es hacerte feliz. Su función es mantenerte buscando el mito de la felicidad. Porque un ego que ha encontrado lo que buscaba deja de ser necesario, y eso es lo último que el ego va a desear.
¿Y cuál es el combustible de esa cinta? Exactamente esto: la convicción de que lo ordinario no tiene valor. Que lavar platos es tiempo perdido. Que caminar sin rumbo es improductivo. Que sentarse sin hacer nada es señal de que algo va mal. Que la vida real está en otro lugar, en ese "cuando llegue a..." que siempre se mueve un poco más lejos cada vez que te acercas.
Lo sencillo de la vida cotidiana no embellece al ego. No tiene historia que contar, no genera admiración, no se puede poner en las historias de tu perfil. Por eso el ego lo descarta. Por eso se corre hacia algo más grande. Y por eso llegamos al final del día con la extraña sensación de haber estado muy ocupados en algo que no se recuerda con intensidad.
Lo que la tradición japonesa lleva siglos sabiendo
En japonés existe una palabra que no tiene traducción exacta al español, y eso ya dice algo.
Shugyō (修行) podría traducirse como cultivo, disciplina sostenida o práctica forjadora. Pero ninguna de esas palabras captura del todo lo que significa esta expresión. Porque shugyō no es lo que haces en el tiempo que dedicas a tu práctica. Diría, como paradoja, que es la manera en que habitas el tiempo en el que no estás practicando.
Es una orientación. Una forma de habitar la vida en todas sus dimensiones.
En las artes marciales japonesas, en la caligrafía, en la ceremonia del té, en el jardín zen, en la cocina… Shugyō es la disposición interna del practicante que ya no distingue entre "el momento de la práctica" y "el resto del tiempo". Y es que, para quien camina un Dō (un Camino) todo se convierte en una práctica. No hay momentos sagrados o elevados y momentos ordinarios. Solo hay presencia o ausencia de presencia.
Y te aseguro que ahí está el giro que cambia todo: para el shugyō, lo ordinario no es el obstáculo a superar en el camino espiritual. Lo ordinario es el Camino mismo de la Autorrealización.
La dificultad que nadie te cuenta
Mira, una vez más voy a ser honesto contigo sobre algo que pocas veces se dice en los espacios de desarrollo personal y espiritualidad.
La práctica más compleja de sostener no es meditar cuarenta minutos al día. Tampoco está asociada con hacer un retiro de diez días en silencio, o levantarse a las cinco de la mañana para practicar el saludo al sol.
La práctica más compleja es barrer el suelo de casa con plena atención.
Obviamente no porque barrer sea complicado. Sino porque el ego no encuentra ahí ningún aliciente. No hay historia que contar, no hay un progreso que medir… y porque no se le asocia una transcendencia que te haga avanzar en tu camino espiritual. Ahí, el ego se aburre. Empieza a fabricar pensamientos más interesantes con los que fantasear, y danza entre el futuro y el pasado con los que evadir el ahora… cualquier cosa menos estar aquí, en el presente.
Y en esa huida, en ese pequeño abandono del presente para ir a buscar algo más importante e interesante, el Ser queda atrapado dentro del ego cual pájaro dentro de una jaula. Tan cerca de la Libertad que puede verla, pero incapaz de volar a Ella mientras la búsqueda de "algo más" siga siendo la prioridad.
Esto es lo que las tradiciones contemplativas llevan milenios susurrando con una paciencia admirable: que la liberación del ego no ocurre escapando de lo ordinario sino hundiéndose completamente en ello. Que la realización que buscamos en las cimas no está allá arriba. Está en la textura de la escoba, en el calor del agua, en el sonido de la lluvia sobre el tejado, en el brillo de las estrellas en una noche de luna nueva.
Pero el ego ha convencido a generaciones enteras de que eso es conformismo. Que rendirse a lo pequeño no es evolucionar… Que la grandeza está en otro lugar.
Y así se sigue corriendo tras la zanahoria de la felicidad que nos incita, paso a paso, a no parar.
Shugyō en lo cotidiano: una manera de regresar a lo que es
Hace tiempo, conviviendo en un templo zen, aprendí algo que seguramente no escuches en un podcast de desarrollo personal.
El samu, el trabajo meditativo, no es el intermedio entre las prácticas "reales". Era tan exigente, tan revelador y tan vivo como cualquier sentada de zazen. Quizás más. Porque en el zazen hay una estructura que te sostiene. En el samu, cuando estás fregando un suelo de madera a las seis de la mañana con frío y sueño, no hay una técnica que te sostenga excepto la decisión de estar ahí completamente.
Y en esa decisión, pequeña, sin testigos, y sin mérito social alguno; ocurre algo que las palabras no logran transmitir. Y es que en esa entrega sin condición al presente, desaparece el hacedor y despierta la simplicidad del Ser.
Instantes que no reflejan una iluminación espectacular ni una visión cósmica llena de imágenes fractales. Momentos mucho más simples, irrevocables, que te sumergen en las aguas primigenias de la Eternidad. Una sensación efervescente de que esto, exactamente ese suelo, este frío en las manos, es suficiente. De que ahí, en el instante, no falta nada.
Así es como entendí, desde el cuerpo, lo que los textos antiguos dicen pero que la mente no puede procesar desde afuera… que la cinta de correr no se detiene al alcanzar una meta mejor. Se detiene cuando reconoces, como le ocurrió al Pez Koi, que ya estás donde querías llegar.
El cuerpo que no miente
No te cuento todo esto como una filosofía de vida. Te lo cuento porque tiene consecuencias reales; físicas y medibles en el cuerpo.
Cuando el canal entre el Ser y la vida cotidiana se obstruye, cuando el ego lleva tanto tiempo corriendo que ya no recuerda por qué corre, el cuerpo lo reconoce antes que la mente lo identifique. Y lo dice, nos lo cuenta, a su manera.
Una tensión que regresa siempre al mismo lugar. Un cansancio que no desaparece después del descanso. Una irritación sin causa aparente. Una pérdida de paciencia que nos sorprende. Ese vacío extraño que aparece un domingo por la tarde, sin que se le haya invitado, a ser un inquilino de nuestro mundo interior.
Esos son susurros con los que la vida nos recuerda, con delicadeza, que algo requiere atención.
Eric Rolf lo describe en su libro “La medicina del alma” con una claridad que, la primera vez que lo leí, me pareció que alguien había puesto palabras a algo que yo había sentido sin haber podido nombrar. Dice que la vida nos habla primero en susurros. Si no escuchamos, habla más alto. Si seguimos sin escuchar, grita. Y ese grito (la crisis, el colapso o la enfermedad) aparece cuando ya no queda otra forma de parar. Es el mensaje que lleva tiempo esperando ser recibido para reordenar y redirigir el rumbo de nuestra vida.
Lo que Rolf describe desde la mirada occidental es lo que el shugyō propone desde la tradición oriental como un estilo de vida no solo consciente, sino también preventivo en términos de salud.
Y es que el cuerpo no miente, y la vida siempre avisa antes de gritar. Y la salud, la verdadera, la que no depende de ningún medicamento, es el resultado natural de quien ha aprendido a escuchar a tiempo, a vivir desde lo esencial.
El shugyō es, en esencia, este arte tan sencillo y tan exigente de habitar el presente, no desde el miedo a enfermar sino desde el amor propio. Desde la coherencia y la comprensión de que este cuerpo, esta vida, esta presencia… necesita ser habitada con autenticidad para poder fluir y disfrutar de su belleza.
Y lo más hermoso, lo que me sigue sorprendiendo después de años de mística doméstica, es que no se requieren grandes gestos. Se requiere algo mucho más accesible y quizás mucho más difícil a la vez.
Requiere parar. Volver. Estar aquí, desde el Ser soltando el hacer.
Una respiración consciente en la cola del supermercado. Un paseo sin destino y sin auriculares entre las calles de la ciudad…
Una y otra vez.
Un paseo consciente por la plaza del barrio. Una serenidad al elegir la fruta en el mercado… Un suspiro al ver la paloma sobre el semáforo.
La trampa más elegante del ego espiritual
Debo confesar algo que quizás te haga sonrojar.
El ego es extraordinariamente adaptable. Cuando empieza a sospechar que la cinta hedonista del éxito material no lo llevará a ningún lugar de auténtica satisfacción, simplemente cambia de cinta. Crea una nueva versión del mismo juego que, en esta época, añade vocabulario espiritual.
Ahora la meta no es el coche, la casa en la playa o el título universitario. Ahora la meta es la manifestación de la vida que sueñas. El poder de la atracción con el cual lograr lo que deseas como el reflejo de tu conexión espiritual.
¿Lo reconoces? Ese sutil pero inconfundible impulso de medir el propio progreso espiritual, ya no con cinturones de colores como en las artes marciales, sino con la capacidad de manifestar lo que anhelas para sentirte más avanzado en tu camino espiritual.
Eso también es ego. Digamos que ego con incienso, pero ego al fin y al cabo.
Y lo más curioso es que la trampa se vuelve más sutil cuanto más sofisticado es el buscador. El ego ordinario de otras generaciones quería un BMW y lo decía abiertamente. Ahora, el ego espiritual quiere lo mismo, bueno ahora es un lambo, pero atribuyéndose el mérito de haberlo manifestado en su vida, de haberlo atraído como reflejo de su abundancia espiritual. Pero la estructura es idéntica: hay algo que no tengo todavía, y cuando lo tenga, estaré completo, realizado.
Dime que no lo ves… El “gurú” del trading que enseña el desapego al dinero desde un yate. El coach de abundancia que vende el curso de la libertad financiera a un precio súper reducido solo por hoy. El maestro espiritual cuyo nivel de consciencia se mide, curiosamente, en el precio de su próximo retiro en el que podrás recibir las enseñanzas directamente de él.
Shugyō no tiene nada que ofrecer a ese ego. No promete estados extraordinarios ni mansiones frente a un acantilado. No garantiza un progreso medible a través de la obtención de bienes materiales, ni de experiencias en paraísos de cristal y neón. No produce historias extraordinarias con las que alimentar el deseo o la envidia de los seguidores. No fomenta la aversión a tu presente ni el juicio crítico a lo que eres.
Solo ofrece esto: la posibilidad de que en el gesto más ordinario de tu vida, el siguiente, el que viene ahora, habite algo que has estado buscando en un lugar equivocado.
Eso es todo. Y al mismo tiempo, eso es suficiente.
Una invitación, simplemente eso, una invitación
Esta noche, cuando llegue el momento de hacer algo que normalmente haces en piloto automático: lavar los platos, ducharte, preparar la cena, doblar la ropa… Cambia el modo de hacerlo.
No lo hagas mientras piensas en otra cosa.
No lo hagas para terminar y hacer lo siguiente.
Hazlo como si fuera lo único que existiera en tu vida. Como si el universo entero se hubiera organizado para que tú, aquí y ahora, experimentes exactamente eso con los cinco sentidos.
No te exijas hacerlo durante toda la tarea. Solo durante un instante. Un solo instante de presencia completa en algo cotidiano.
Y observa qué pasa en ese instante.
Huele, saborea, escucha, siente… y contempla el instante que no regresará.
Y es que, siendo honestos con nosotros mismos, todos somos ese pez koi que olvidó que nadaba, y el Río no está en otro lugar.
¿Hay algún momento de tu día que hayas estado realizando en piloto automático durante tanto tiempo que ya no recuerdas cuándo fue la última vez que realmente estuviste ahí presente? ¿Qué pasaría si ese momento fuera precisamente la puerta que has estado buscando para tu trascendencia?
En la próxima entrada de Mística Doméstica exploraremos cómo el cuerpo, cuando se le escucha, se convierte en el maestro más sensible que tenemos; mucho antes de que ningún libro o ningún gurú pueda decirnos lo que ya sabemos.
Comentarios
Deja tu comentario
No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!