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El Viaje de Toda una Vida en una Sola Respiración: Las Etapas del Camino Meditativo
Cuando descubres que tu práctica de meditación es un reflejo del sendero que transita la vida humana.

La Revelación: Nacimiento, Muerte y Resurrección en Cada Sesión
Me atrevería a decir que hay un secreto escondido a plena vista que la mayoría de los meditadores no suelen descubrir: el viaje de la meditación es idéntico al viaje de una vida humana.
Y no lo digo como metáfora poética. Sino como una estructura experiencial real, inevitable, arquetípica.
Llegamos a Ella, a la vida, en una ignorancia inocente. Con una felicidad y curiosidad genuinas nos vamos lanzando a nuevos territorios. Atravesamos una adolescencia a veces tormentosa, llena de resistencia y algún que otro abandono o rechazo. Se madura hacia una juventud más disciplinada con propósitos claros, con metas y sueños definidos. Se alcanza un cenit donde se cree haber llegado a la cima, ya sea la del éxito o la fama, o la de la comodidad de tenerlo todo en orden y controlado. En numerosos casos, se experimenta alguna crisis vital que destruye todo lo que se creía saber, e incluso hace tambalear todo lo que se había logrado construir. Nuevamente se madura hacia una segunda adultez más profunda y, tal vez más simple o sencilla.
Y, en la práctica de meditación, si se persiste lo suficiente, se experimenta una muerte consciente, no del cuerpo sino del meditador mismo en donde la separación entre el Yo y la práctica se disuelve… Algo parecido a la vida misma, en donde la vejez nos lleva lentamente a esa disolución en la tierra, o flotando como cenizas en alguna playa o acantilado.
Cada etapa tiene sus dones. Cada etapa tiene sus trampas. Y casi nadie te cuenta esto antes de empezar. Algunos dirán que no hay un manual para la vida, pero si la meditación es un espejo en donde se reflejan estas etapas, ¿será que a través de ella podemos encontrar ese mapa existencial, esa guía para el Bello Arte de Vivir?
Te venden la meditación como una técnica de relajación. Como herramienta para reducir el estrés. Como método para dormir mejor o rendir más en el trabajo. Y todo eso puede ser cierto en las primeras etapas.
Pero si realmente te comprometes con esta práctica ancestral, si no la abandonas cuando se pone difícil, por así decir, y si no la reduces a una app de 10 minutos antes de dormir, descubrirás que emprendiste un viaje mucho más profundo, extraño y transformador de lo que jamás habías imaginado.
Un viaje que te llevará desde quién crees que eres, hasta descubrir quién realmente eres cuando retiras todas las máscaras, todas las historias y todas las identidades que has construido para sobre-vivir.
Hoy, te voy a mostrar un mapa que nadie te dio cuando conociste este mundo tan fascinante de la meditación o el mindfulness. Un mapa que, si llevas algún tiempo meditando, tal vez te hubiera ahorrado algunos momentos de confusión. Esta guía breve te explica por qué a veces la meditación se convierte en un éxtasis y otras veces pareciera ser el desierto más árido que has conocido. Por qué algunos momentos de práctica son caóticos y ruidosos y otros, una balsa flotando en un mar tranquilo, mecido por un oleaje que te lleva a una profunda sensación de Paz Interior.
Hoy, te doy la bienvenida al viaje de toda una vida condensado en el espacio que hay entre una inhalación y una exhalación.
Nacimiento e Infancia: La Inocencia del Principiante
Al principio, todo es asombro.
Te sientas por primera vez con intención de meditar, tal vez siguiendo un vídeo o en algún retiro de bienestar, o tal vez simplemente porque algo en ti dijo "necesito esto"... Y experimentas esos primeros momentos de quietud que tu mente casi había olvidado que existían.
La respiración se vuelve perceptible. Los sentidos se amplifican. Y aparece una especie de presencia que te recuerda que ahí estás… algo que normalmente ocurre en esos momentos top: atardeceres impresionantes, los primeros besos con esa persona especial, un viaje a ese lugar de ensueño…
Esta es la etapa del principiante afortunado, lo que el Zen llama shoshin, la mente de principiante. Estás en contacto con la práctica sin las capas de expectativas, teorías y posibles comparaciones y cuestionamientos que vendrán después.
Tu mente subconsciente todavía domina tu percepción. No tienes control real sobre tu atención. Posiblemente algunos días los pensamientos te arrastran como un río en crecida. Pero incluso ahí, hay algo mágico en no saber lo suficiente como para elaborar expectativas sofisticadas o juicios destructivos.
Meditas porque te sientes bien. Porque hay algo ahí que reconoces como verdadero, aunque no puedas nombrarlo. Como un bebé que no sabe que el rostro que ve es "mamá", pero reconoce y siente instintivamente que eso es Hogar.
Los maestros budistas hablan de esta etapa como el despertar de sati, la atención consciente. Los taoístas la reconocen como el primer cultivo del Yi, la intención mental enfocada. Los contemplativos cristianos la llaman recogimiento, el acto de reunir tu atención dispersa… dejando por un rato el bullicio del mercado para descansar en ti.
Digamos que los aliados de esta etapa son tu curiosidad natural y una bendita ignorancia. No sabes lo difícil o complejo que pudiera llegar a ser una meditación más larga o profunda, así que simplemente lo haces. No has leído los suficientes libros como para dudar de ti mismo o incluso de la técnica o el instructor que te guía. Aún no has conocido meditadores "avanzados" con quienes compararte o escuchar sus experiencias.
Pero, después de un tiempo disfrutando de muchos de los beneficios que aporta la meditación, esta inocencia y sensación de bienestar comienza a esfumarse. Porque tarde o temprano, como le pasa a ese niño o a esa niña que se acerca a su pubertad, la novedad se desvanece. Y entonces...
Adolescencia: La Rebelión de la Mente y el Valle de las Sombras
Llega el día en que te sientas a meditar y... nada.
Ninguna paz. Ninguna claridad. Solo una mente que parece más ruidosa que nunca, un cuerpo que no encuentra una posición cómoda, y una vocecita susurrando: "Esto no funciona. Tal vez no eres de esas personas. Tal vez la meditación no es para ti". Es como si desapareciera todo aquello que sostenía una sensación de tranquilidad y felicidad, para encontrarte con una realidad que, en ese momento, no entiendes.
Bienvenido a la adolescencia meditativa.
Así como el adolescente se rebela contra la estructura, cuestiona todo, abandona y retorna cien veces antes de madurar, tu práctica meditativa entra en una fase de resistencia y duda. Esas lejanas certezas que había sin saber realmente en relación a qué, desaparecen.
Los budistas tradicionales identificaron esto con claridad y lo describieron a través de los Cinco Impedimentos que, aunque no aparecen en este orden, aquí te los describo:
- Deseo. Tu mente prefiere mil cosas antes que sentarse a estar quieta. Netflix, scroll infinito… Cualquier distracción se vuelve magnética.
- Aversión. Empiezas a odiar la meditación. Te parece aburrida, inútil, frustrante. Cada sesión se convierte en una batalla.
- Pereza o sopor. Te sientas e inmediatamente te da sueño. O una pesadez que hace imposible mantener la atención.
- Agitación o preocupación. Tu mente es un mono borracho saltando de rama en rama. Mil pensamientos por segundo, ansiedad, dispersión… un remolino de fondo constante.
- Duda. "¿Estoy haciéndolo bien? ¿Será esto una pérdida de tiempo? ¿No sería mejor otra técnica, otro maestro, otro camino?"
Y a día de hoy, a estos obstáculos descritos hace miles de años, digamos que la era moderna añade sus propios demonios, otro tipo de sazón aparece en tu práctica de meditación:
- Impaciencia digital: "Llevo tres semanas meditando y no soy iluminado. App desinstalada".
- Comparación tóxica: Ver en redes sociales a meditadores que parecen flotar en nubes de beatitud mientras tú apenas puedes completar 10 minutos sin revisar el teléfono.
- Búsqueda de experiencias especiales: Meditar no para estar presente sino para conseguir visiones, luces, riqueza… Como un turista espiritual buscando el éxtasis existencial en el feed de Instagram… o tal vez peor, en el de Tik Tok.
- Autoexigencia perfeccionista: "Si mi mente tiene pensamientos, lo estoy haciendo mal".
Esta es la etapa donde la mayoría abandona o simplemente se estanca.
Algunos nunca regresan. Otros vuelven años después. Y unos pocos, los que tienen la gracia de encontrar los aliados correctos, atraviesan el valle de las sombras.
¿Qué aliados?
Primero, la virtud de la paciencia. Comprender que la transformación real requiere tiempo, como un árbol que crece imperceptiblemente cada día. Los maestros Zen dicen: "Siéntate durante 20 años sin esperar nada, y tal vez algo suceda".
Segundo, un mentor o guía que ya haya atravesado este valle y pueda susurrarte. "Lo que estás experimentando es normal. No estás fallando. Estás madurando". Alguien que puede detectar cuándo necesitas disciplina más firme y cuándo necesitas compasión más suave. En las prácticas marciales se define este equilibrio como puño de acero y guante de seda.
Tercero, descubrir que no estás solo en tu esfuerzo. Conocer gente real que es practicante como tú genera una sensación de refugio, de calma y seguridad. Saber que ese meditador que parece sereno sobre el zafu, también mantiene la misma batalla interna.
Algo así le ocurre a todo adolescente. Comienza a desafiar al poder, reclama espacio para sus decisiones creyendo que ya lo sabe todo… Y no es que ya sepa quién es o hacia dónde quiere ir, simplemente comienza a ver el mundo desde otra perspectiva y eso, más allá de la confusión hormonal de la época, le genera un desprendimiento de esa encantadora niñez. Nuevos retos que afrontar, ya no solucionados por los papis, que le llevan a dudar de todo, a rechazar lo conocido y desear lo nuevo y diferente… a lidiar con la pereza de hacer y estar en un mundo que aún no siente suyo y en donde, rara vez, encaja.
Y, mientras este adolescente seguirá su proceso de maduración ya que, inevitablemente la biología manda y sí o sí encontrará las maneras de continuar, aunque luego tenga que echar la vista atrás para sanar y colocar alguna que otra cosa en otro lugar diferente de dónde lo dejó, el meditador necesita de eso que se llama fuerza de voluntad para que, cuando todo en él grita que no continúe, persista hasta que algo mágico comienza a suceder...
Primera Juventud: Cuando la Práctica se Transforma en Hogar
De repente, un día te das cuenta de que llevas tres meses meditando consistentemente sin pensarlo demasiado.
Ya no es un esfuerzo heroico sentarse. Es simplemente lo que haces. Como cepillarte los dientes o tomar desayuno por la mañana. La meditación se ha integrado en tu vida, no como obligación sino como un refugio de calma.
Esta es la primera juventud meditativa… Se ha instalado la rutina con propósito claro y un enfoque genuino.
Ahora vas comprendiendo que no meditas para conseguir algo. Meditas porque descubriste que no meditar tiene un costo demasiado alto. Los días que saltas la práctica, notas la diferencia. Más reactivo, intolerante, con sensaciones de molestia o incomodidad... Te encuentras, paradójicamente, menos presente. Como si te faltara algo que ahora es fundamental.
Tu técnica se ha refinado. Si practicas Vipassana, tu atención a las sensaciones corporales es más estable. Si practicas Zazen, tu postura tiene una entereza natural. Si practicas la meditación taoísta, tu respiración circular se ha vuelto más profunda y fluida, más consciente, más conectada con el Tan Tien.
Empiezas a experimentar esos estados que los textos antiguos sobre meditación describen como momentos de wu wei mental, donde el esfuerzo desaparece y solo queda el fluir natural de la vida… Ese estado, en el que se encuentran los místicos y yoguis, libre de las distracciones del ego, la ira o el deseo.
Diría que, sin entrar en detalles muy profundos, los aliados de esta etapa son la disciplina consciente y el propósito claro.
Ya no dependes de una motivación externa. Has construido lo que los estoicos llamaban premeditatio, el hábito arraigado tan profundamente que se ejecuta incluso cuando no "tienes ganas". Aquí se comprende, aunque sea visceralmente, lo que Rumi susurró cuando dijo: "Lo que buscas te está buscando".
Tal vez has encontrado un linaje, una tradición, o un maestro con quien resuenas profundamente. Seguramente has integrado la práctica en un contexto más amplio de transformación, algo que silenciosamente va transformando tus relaciones, tus patrones y respuestas emocionales, tus hábitos y rutinas…
Y entonces, justo cuando te sientes cómodo, incluso orgulloso porque estás establecido en tu práctica...
El Cenit y su Trampa Sutil: "Creo que Ya Llegué"
Llega un momento en el viaje meditativo donde experimentas algo extraordinario.
Tal vez es una sesión donde el tiempo desaparece y regresas, como de la nada, dos horas después sin saber cómo pasaron. Tal vez es un destello de kensho Zen, el vislumbre de tu naturaleza verdadera. Un estado de felicidad extraña, de dicha tan profunda que te hace comprender por qué los místicos hablan de éxtasis existencial.
Y una parte sutil de ti piensa: "Lo logré. Ahora soy un meditador avanzado. He llegado al cenit".
Me atrevería a decir que ésta es la trampa más peligrosa del camino.
Los maestros Ch'an en China tienen un dicho: "Si encuentras al Buda en el camino, mátalo". Obviamente no es una expresión literal, pero lo que nos tratan de enseñar con esto es que, en este momento del viaje, se hace necesario erradicar cualquier idea de haber llegado, cualquier imagen de logro espiritual, cualquier concepto de "ya soy un iluminado".
Porque, en ese momento en que te descubres pensando o hablando así, lo que realmente ha sucedido es que tu ego, ese sentido de ser un "yo" separado del colectivo y definido por sus aspectos de personalidad, ha encontrado la manera de infiltrarse y arrebatarte tu práctica más sagrada. Ahora no solo eres "Andrés" o "María". Eres "Andrés el meditador avanzado" o "María la que tiene experiencias místicas".
Has cambiado el contenido de tu identidad pero no has trascendido la estructura misma de esa autoidentificación.
En los textos tántricos tibetanos ya se advierte al practicante sobre todo esto cuando mencionan los nyams, esas experiencias meditativas genuinas que se vuelven un obstáculo si se genera apego hacia ellas. Y otro ejemplo lo encontramos en lo que los maestros de Vipassana nos cuentan sobre el ñana del pseudonirvana, ese estado que se siente como liberación pero que en realidad solo es una parada más en el camino, ya que la personalidad que se atribuye la experiencia aún no ha desaparecido de la misma.
Pero además, en esta etapa la práctica se puede volver estéril e incluso mecánica, ya que, aún haciendo todos los pasos correctos como sentarse, respirar, observar sin juzgar… Aquí se pierde el beginner's mind, esa frescura que tenías al meditar en la anterior etapa, que deja una sensación y un murmullo interno de: ¿Qué está pasando?
Aquí necesitas morir a la versión de ti mismo que conoces. Y el universo, en un acto de amor brutal, te traerá exactamente la crisis necesaria para lograrlo.
Y, de igual forma, así es como sucede en la vida cuando, ya entrados en esa primera madurez, nos creemos que todo lo tenemos resuelto al haber encontrado el puesto de trabajo soñado, la pareja ideal, la casa o el coche que es la envidia de todos… Hay un momento en la vida en el que creemos estar en la cima, incluso aunque no seamos famosos ni ricos, aunque no estemos en una posición de poder o de influencia, algo en nuestro interior experimenta cierta satisfacción teñida de una sutil arrogancia, vanidad u orgullo. Y, aunque por lo general no se haga publicidad de esto ya que no genera ventas ni buena imagen, al menos una vez en la vida todos los seres humanos experimentan una crisis vital que, como portal de trascendencia, sirve para reordenar prioridades, valores y en muchos casos, para tomar un nuevo rumbo.
La Crisis Vital: Una Noche Oscura en la Vía Meditativa
Y entonces sucede.
Tal vez es una pérdida devastadora, una ruptura, un despido, la baja de las acciones de tu criptomoneda… O simplemente, sin un motivo aparente, se comienza a sentir una sensación extraña. Cierto desánimo, un vacío interno, algo parece no estar bien aunque regresas a mirar a tu alrededor, y no encuentras un motivo que lo pueda explicar.
Y en tu práctica, dentro del proceso de meditación, tal vez comienzas a sentir que algo no fluye, que los días pasan sin un solo momento de claridad. Sin lograr entender el porqué, todos esos estados elevados y expandidos de consciencia desaparecen y te quedas con una mente aún más caótica que cuando comenzaste.
La famosa Noche Oscura ha llegado.
San Juan de la Cruz, el místico cristiano, la describió con emotividad en sus versos cuando nos trataba de explicar esa época en donde el Padre, retira todo su consuelo para purificar el espíritu de sus últimos apegos, el apego a la propia experiencia de lo divino o incluso a la de la propia vida. En ese momento, todo lo que se creía saber sobre la divinidad se revela como una construcción mental, y todos los logros se evidencian como un juego del ego que, al tomar consciencia de ello, da comienzo a la destrucción de toda esa falsedad para que solo permanezca lo verdadero, la esencia prístina de tu Ser.
Los budistas lo llaman el territorio de dukkha ñanas, los pasos que se necesitan dar para adquirir el conocimiento sobre el origen y las raíces del sufrimiento.
En estos momentos, ese estado al que se llega en la práctica de la meditación no se puede considerar una depresión clínica, aunque pueda parecerlo. Más bien es una deconstrucción necesaria del ego. Todo este proceso es el que tu psique requiere para desprenderse de las formas y etiquetas que ya no necesitas. Es la muerte antes de la muerte a la que aluden todos los místicos.
Y todo esto es, paradójicamente, una evidencia de que estás avanzando profundamente en este Bello Arte de la Meditación.
Y si todo esto se logra integrar y sostener, se entenderá que esta crisis no significa que fallaste o que uno se equivocó en algún momento del camino. Todo esto significa que tu práctica sincera te llevó hasta el borde de lo que el yo puede soportar, para abrir paso al florecimiento de tu auténtica naturaleza interna, ya que, solo quien atraviesa esta noche sin huir ni buscar consuelo prematuro, alcanza el amanecer donde el amante y lo Amado se reconocen como uno solo.
Y sí, haciendo un poco de spoiler, ese florecimiento llega, por lo general, en compañía de los aliados que en esta etapa nos pueden facilitar todo este proceso…
Sin entrar en profundidad, voy a comenzar señalando que en este proceso es necesario generar una Confianza en la propia experiencia que se está viviendo. Por doloroso que sea, necesitamos confiar en que todo ello está sirviendo para la transformación más profunda que tu Ser necesita para lograr florecer. Tal vez por eso, dentro de la sabiduría popular, encontramos el refrán: No hay mal que por bien no venga.
Y, para adquirir esta confianza, se puede recordar que cada maestro que admiras, o que has llegado a conocer incluso a través de un libro, atravesó su propia noche oscura. Por lo que, si ellos pudieron, confía, tú también podrás hacerlo.
Pero, más allá de esta confianza en la incertidumbre de lo que está aconteciendo, es necesario soltar, entregarse con la mayor sinceridad y conocer verdaderamente el "Surrender" o la Rendición Total. A grandes rasgos, sería la expulsión de tu reino interior de esa actitud que intenta controlar toda la experiencia, incluso la propia experiencia meditativa. Algo así nos cuentan las historias taoístas en donde el místico ermitaño, cuando se cae al río, deja de nadar contra la corriente, deja de luchar por su vida y, después de esta entrega total y sin condiciones, llega finalmente a la orilla sin saber muy bien cómo ha ocurrido.
Y, sorprendentemente, por lo general suele aparecer un guía experimentado que logre, a través de su propia vivencia, asegurarte que hay otra orilla del otro lado, que, aunque es fácil abandonar justo antes del amanecer, aún no ha llegado el momento de perecer. Por eso, a través de Escuela de Libertad te brindo un acompañamiento personalizado para que tú mismo entiendas la función iniciática de este tipo de experiencias, y la manera más armónica y liberadora de atravesarlas. Porque, más allá de este proceso que acontece en la meditación, la vida, de igual forma, nos lleva a confrontar estas crisis vitales para poder madurar y llegar a una nueva etapa del Viaje. En psicología moderna se llaman Heridas Portales y, aunque al principio no lo parezca, te aseguro que es la manera natural y arquetípica de trascender la falsedad de tu personalidad y llegar al encuentro sincero y verdadero contigo mismo.
Segunda Madurez: La Sabiduría de la Simplicidad
Si permaneces, si no huyes, si no haces de toda esa historia un drama y simplemente aceptas lo que es, algo comienza a desvelarse tras ese horizonte aparentemente oscuro...
Ahí, lentamente, vas emergiendo al otro lado… cambiado, renovado, purificado.
Seguramente no habrá fuegos artificiales. No llegarás ahí a través de una iluminación súbita cinematográfica. Sino con algo mucho más valioso; una simplicidad profunda.
Tu práctica ya no busca nada. No intentas alcanzar estados alterados de consciencia, ni medir tu progreso espiritual a través de logros personales en tu vida. Simplemente te sientas, respiras, estás presente... porque es lo que haces, vivir la vida en Presencia… Como el árbol que da fruto sin esfuerzo cuando madura… Las cosas pasan o no pasan, ya no hay diferencia entre el verano y el invierno pues, en cada estación, está la oportunidad de agradecer y disfrutar de la vida.
Los maestros Zen describen esta etapa como shikantaza, simplemente sentarse. No hay técnica sofisticada. No hay visualizaciones elaboradas. Solo la cosa más simple del universo: estar completamente presente con lo que es, interna y externamente, como es.
El maestro taoísta Lieh-Tzu, o Lie Zi, escribió: "El verdadero hombre respira con sus talones". Digamos que ya no es la mente la que se sienta a respirar. Es todo el ser, de pies a cabeza, el que respira conscientemente la vida misma.
Aquí, has integrado lo que los budistas llaman sila-samadhi-prajna, algo así como ética, concentración y sabiduría. No como tres prácticas o aspectos separados sino como un solo estado de coherencia integral. Tu meditación formal en el cojín se ha derramado hacia cada momento de tu día a día… lavar los platos, caminar, trabajar, y sobre todo, amar… amar con una intensidad indescriptible todo lo que te rodea pues ahora, no solo formas parte de ello sino que ello forma parte de ti.
La separación entre "tiempo de meditación" y "tiempo de vida" se ha disuelto. Bueno, en realidad, se ha disuelto todo tipo de separación.
Esta es la segunda madurez: cuando comprendes que nunca hubo nada que alcanzar porque nunca hubo nadie separado de la totalidad para alcanzarlo. Digamos que toda la búsqueda fue el Tao jugando a perderse y encontrarse a sí mismo. Pero cuidado, esta idea o afirmación no se puede utilizar desde el principio como algo trivial ya que, en ese momento del proceso esta experiencia que allá solo es una idea, se convertirá en un gran adversario y en un tremendo poder que utilizará el ego para impedirnos avanzar.
Una vez más, sin entrar en detalles sobre los némesis de esta etapa, los aliados que aquí nos acompañan son la humildad genuina y la gratitud incondicional. Humildad no como sumisión o resignación sino como reconocimiento sincero de tu lugar dentro del cosmos: ni especial ni insignificante, simplemente una ola más, particular, en el océano de la eternidad. Y gratitud no por logros espirituales vividos sino por el privilegio, casi absurdo, de estar vivo, de respirar, de poder sentarse en Paz mientras el universo te deleita con su danza.
Y algo así ocurre en la vida, después de llegar a la cúspide y perderlo todo, ese renacimiento que acontece después de todo ello deja un tipo de templanza o serenidad especial. Ya no hay una seguridad dependiente a un trabajo o un número en la cuenta corriente, la felicidad no la trae ni la alimenta un viaje, un regalo o una persona especial… Todo ello ocurre de forma natural adentro, libre de eso exterior que antes era necesario pero que ahora, llega incluso a sentirse como un exceso o un ruido que interrumpe esa Paz Interna que se ha establecido en unos cimientos verdaderos, en la raíz de tu propio Ser.
Y desde aquí, a estas alturas de la vida, el rumbo no solo es inevitable sino visible y consciente. Todos los objetivos y metas que se habían marcado en etapas anteriores, más allá de que se hayan logrado o no, dejan de ser una prioridad ya que, lentamente, el horizonte de la muerte se comienza a vislumbrar.
Esa serenidad o templanza interna permite liberarse de cierto temor y de cierta insensatez juvenil, para permitir mirar de frente a uno de los tabúes más ancestrales. Es otro tipo de trascendencia de la importancia personal, otra manera de acceder a la totalidad, quizás más desde lo individual como consciencia sujeta a la personalidad, pero ese océano de la muerte se huele, se siente, y la disolución en él se presenta como el destino que, aunque siempre estuvo ahí, aguarda nuestra llegada y ahora, tomamos consciencia de ello. Y sí, esa humildad será de gran ayuda y, en algunos casos, la gratitud nos ayudará a entregarnos a la inercia que desde el principio del viaje llevábamos. Aunque, a diferencia del proceso meditativo, aquí se suele despertar lo que se conoce como Juicio Final y no todos pasan con buena nota por él.
Muerte Consciente: Cuando el Meditador Desaparece
Hay un momento en el meditador, te aseguro que no puedes buscarlo ni forzarlo, que simplemente sucede cuando las condiciones internas maduran y, en otra práctica más de esa rutina ya adquirida, te sientas a meditar y...
No hay meditador.
No es que "tú" estés meditando profundamente como en alguna otra ocasión que había sucedido en la etapa del Cenit. Es que la estructura misma de sujeto-objeto, de alguien haciendo algo, se revela como ilusión teatral y no como una realidad en sí.
Hay respiración, pero nadie respirando. Hay percepción, pero nadie percibiendo. Hay consciencia, pero ningún "yo" teniendo consciencia de ello.
Los maestros Zen llaman a esto kensho (vislumbre) o satori (realización). En el Veda lo llaman reconocimiento del Atman-Brahman, el yo individual descubriendo que nunca fue separado del Absoluto. Los taoístas lo describen como una fusión en el Tao, donde el practicante se disuelve como gota en el océano pero también el océano se reconoce así mismo en cada gota.
Esto no es otro estado alterado de consciencia. Es claridad absoluta. Es ver las cosas exactamente como son cuando se retira el velo de "yo, a mí, mío".
Y aquí está la paradoja final que romperá tu mente conceptual. Esta realización no-dual siempre estuvo presente. Nunca llegaste a ningún lado porque nunca hubo nadie que partiera para llegar. Toda la práctica, todo el viaje, todas las etapas... fueron la Unidad jugando a olvidarse y recordarse a sí misma.
Como dice el Sutra del Corazón: "Forma es vacío, vacío es forma". Nada cambió, excepto que ahora ves con claridad objetiva que nunca hubo nada que cambiar ya que Yin-Yang es la esencia de la Totalidad.
Cuando el meditador finalmente muere, no el cuerpo, sino la ilusión del yo subjetivo, descubre que nunca fue la ola que teme disolverse en el océano. Siempre fue el Océano jugando a ser ola. Y en esa comprensión, la muerte se revela como lo que siempre fue: un Principio, y no un final.
Y esto nos lleva a una paradoja dentro de otra paradoja, y es que, el viaje fue absolutamente necesario. Podríamos decir que esa es la condición de la vida. No puedes evitar ni saltarte las etapas. No puedes forzar la maduración. El meditador debe existir plenamente antes de poder disolverse completamente.
Y en relación a la vida, hay una expresión de Marco Aurelio que define esta etapa y su trascendencia existencial: "Podrías partir de la vida ahora mismo. Deja que esto determine lo que haces, dices y piensas". Él meditaba sobre la muerte no para prepararse para un evento futuro, sino para despertar a la verdad del Presente. Algo que entendió Mahatma Gandhi y nos compartió en su célebre frase: "Vive como si fueras a morir mañana".
El Mapa No Es el Territorio, Pero se Hace Necesario
Ahora conoces el secreto que casi nadie te cuenta antes de empezar, ya sea a vivir o a meditar.
Tu viaje meditativo seguirá este rumbo. Seguramente no lo recorras en un orden lineal pues hay numerosos matices. Tal vez visites la adolescencia diez veces antes de estabilizarte en la juventud. Tal vez experimentarás destellos de la muerte del ego mucho antes de la crisis vital.
Pero el patrón está ahí, tejido en la estructura misma de la transformación de la consciencia humana.
Pero… ¿Por qué importa conocer esto?
Porque cuando estás en la noche oscura, creyendo que fallaste, este mapa te susurrará: "No has fallado. Estás exactamente donde necesitas estar para poder continuar".
O porque cuando tu ego se infle con ciertos logros espirituales, este mapa te advertirá: "Cuidado. Recuerda la trampa del cenit. Espera, respira, no te dejes llevar".
Por eso, el acompañamiento que te ofrezco no es algo genérico. Si no se logra reconocer dónde se está en este viaje, se hace complejo saber cómo y por dónde continuar. Es como sentir una molestia en algún lugar del cuerpo y automedicarse un analgésico genérico sin saber qué es lo que está pasando ahí adentro. Conocer las etapas y reconocerlas con claridad, discernir entre los obstáculos específicos de cada etapa y los aliados a los cuales acudir para no sentirse solo en todo este proceso, es lo que te guiará de forma armónica y equilibrada en este fascinante viaje de Realización Personal y Espiritual.
La Invitación: Acepta la Etapa Donde Estás
Entonces, ¿dónde estás tú ahora mismo en este viaje?
¿En la inocencia del principiante, todo curiosidad y asombro? Celebra eso. Protege esa mente fresca. No leas demasiado todavía. Simplemente practica.
¿En la adolescencia tormentosa, odiando cada minuto en el cojín? Perfecto. Eso significa que tu ego está siendo amenazado. Sigue sentándote y si no tienes un guía que te ayude a recuperar la calma, recuerda que aquí estoy para ti.
¿Estás en la juventud disciplinada, con la práctica ya incorporada? Hermoso. Pero mantente alerta. La trampa del cenit acecha detrás de la confianza.
¿En el cenit, creyendo que ya comprendiste? Suelta eso. Mata a tu Buda interior. Recuerda que la mente inocente es el destino, no el punto de partida.
¿Te encuentras en una crisis vital, todo está desmoronándose? Respira. Esto es un comienzo, no el final. Estás siendo despojado de lo falso para que lo verdadero pueda emerger. Nuevamente me reitero, aquí estoy para ti.
¿Has llegado a la segunda madurez, eres presencia? Celebra silenciosamente. Y sigue practicando. Porque incluso aquí, hay profundidades aún inexploradas que llenarán tu corazón de una emoción desbordante…
Y, si estás frente a esa Hermosa Hembra Misteriosa llamada muerte, sé grácil en tus movimientos y aprende a danzar con Ella, la Eternidad te espera.
¿En qué etapa del viaje meditativo te reconoces ahora mismo? ¿Qué obstáculo específico estás enfrentando o qué aliado has descubierto recientemente?
En la próxima entrada exploraremos las historias de nuestra Tribu Dao Chang: practicantes reales, vidas reales, transformaciones reales más allá de los clichés espirituales.
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