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Mística Doméstica

Girar Hasta Desaparecer

O cómo descubrí que un derviche vive en mí.

Chen Tuan Li © Reg. 2603285102032
27 de marzo de 2026
18 min de lectura
Girar Hasta Desaparecer

Había visto las imágenes mil veces. Ya sabes cuáles. Esos hombres flotando en círculos perfectos, las faldas blancas expandiéndose como flores que se abren a la brisa matutina, los rostros serenos que reflejan un tipo de éxtasis y serenidad al mismo tiempo. Instagram y Pinterest están llenos de eso. Todo muy hermoso, muy trascendente, muy... lejano y místico.

Llevaba años enseñando sobre el wu wei, sobre el vacío del centro, sobre soltar “el que hace” para dejar que las cosas sucedan solas. Pero, puedes hablar del agua todo lo que quieras que, hasta que no te mojas, sigue siendo teoría.

Y, aunque ya había tenido experiencias de Vacuidad, aquel día vi otra oportunidad para soltar… y es que, hay diferentes aristas de aproximación hacia ese vacío estructural y, quien no se permite recorrer diferentes ángulos de esa geometría toroidal, quizás no ha reconocido con claridad esa profundidad… por eso, frente a esa invitación me dije: "Bueno, Chen, deja de hablar y ponte a girar".

Spoiler: casi vomito en los cinco primeros minutos.

Pero vayamos por partes, para extraer toda la enseñanza.

La brecha entre la imagen y el sudor

Llegué al lugar un sábado por la tarde después de uno de mis talleres. No era ningún templo sufí místico ni nada parecido. Era la casa de una maestra que olía a una mezcla de incienso y ganado pues estábamos en la sierra de Gredos. En el ambiente había una sensación de "vine porque vi algo bonito en internet pero ahora no estoy tan seguro".

La instructora era flaca y fibrosa, de mirada profunda y con una sonrisa juguetona en su mirada…

- La danza derviche - dijo con tono solemne - es una forma de meditación en movimiento. Los sufíes la practican para disolver el ego y fundirse con lo divino.

Yo asentí. Claro, lo sabía. Lo había leído e incluso había utilizado el concepto como ejemplo en algunas de mis clases.

- Pero antes de eso - continuó - seguramente van a marearse, sentir náuseas, y probablemente les duela el cuello... Eso es normal.

Ah!!! Todo eso no aparece en las fotos de Instagram, como suele ocurrir con la cara B de todo lo que se comparte en las redes, pero bueno, continuemos.

Nos puso a practicar la postura básica. Brazos extendidos, uno apuntando al cielo, otro a la tierra. El cuerpo como eje entre arriba y abajo…Todo muy simbólico.

Y entonces dijo: "Ahora empiecen a girar hacia la izquierda. Despacio, siguiendo el sentido contrario a las agujas del reloj".

Empecé con el movimiento... Y ahí fue cuando, con una carcajada interna, me di cuenta de que saber de algo y hacer ese algo son mundos completamente distintos.

Cuando el que gira está presente

Los primeros treinta segundos fueron raros pero manejables. Yo girando en mi propio eje, tratando de mantener los brazos en posición, tratando de no chocar con nada.

Al minuto, el mareo empezó. No era sutil. Era como cuando te bajas de uno de esos juegos mecánicos en la feria y el mundo sigue dando vueltas aunque tú ya paraste… ni un borracho se mueve con tanto desatino.

Ahí estaba yo, un joven maestro del wu wei, completamente lleno de mí mismo. Lleno de comentarios internos, de incomodidad, de un yo muy, muy presente que quería controlar el movimiento que entendía pero aún no vivía.

La instructora pasó cerca de mí y dijo en voz baja: "Relaja los hombros. Deja que el giro te lleve".

Fácil decirlo, pensé con otra carcajada interna… algo así sentirán mis alumnos cuando les hablo del no-hacer… Pero lo intenté. Bajé un poco la tensión de los hombros y seguí girando.

Cinco minutos. Diez. El mareo seguía pero algo extraño comenzaba a suceder...

El momento en que algo se soltó

No puedo decirte exactamente cuándo ocurrió porque cuando ocurrió "yo" no estaba… Pero puedo contarte lo que vino después, cuando volví de ese viaje.

En algún punto pasados los diez o quince minutos, el comentarista interno se calló. Reconozco que tenía la intención de callarlo desde los primeros giros pero en realidad, cuando ocurrió, diría que no hice nada para silenciarlo… Simplemente enmudeció. Como cuando una radio pierde la señal.

Y sin ese danzante borracho y atolondrado, algo sustancialmente cambió.

Ya no era "yo girando"... Ahí verdaderamente comenzó el giro como un móvil perpetuo.

El cuerpo sabía perfectamente qué hacer. Los pies encontraban su ritmo sin que nadie les dijera cómo. Los brazos flotaban en su posición exacta sin esfuerzo, y la cabeza inclinada en el ángulo preciso para mantener el equilibrio de forma natural… Todo funcionaba solo.

Y aquí viene la parte que es difícil de explicar sin que suene a cliché espiritual: cuando desapareció el "yo" que giraba, o más bien que intentaba girar, apareció algo sumamente extraordinario.

El cuarto seguía dando vueltas pero ya no era un mareo lo que sentía. Era el mundo mostrando su verdadera naturaleza… todo es movimiento, todo es cambio, todo es una danza cósmica... Y la única fricción, la única incomodidad, viene de ese "yo" que se resiste a girar sin controlar el giro.

Ahí, en ese flotar circular, entendí por qué los derviches pueden girar durante horas. Más allá del hábito corporal adquirido por horas y horas de vuelo, se sostienen danzando en el tiempo porque ahí, no hay nadie para cansarse. Solo hay movimiento perpetuo, natural, sin esfuerzo… la danza danzándose a sí misma.

Wu wei diría un taoista, y no como concepto sino como experiencia vívida, espontánea… puro flow.

Volver a ser alguien duele más de lo que crees

No sé cuánto tiempo pasó hasta que la instructora tocó un gong y todo empezó a detenerse gradualmente.

Y ahí, en ese proceso de desaceleración, sentí algo que no esperaba… una resistencia a regresar. No quería parar, o más bien, algo en mí no podía volver al estado ordinario del "yo".

Porque cuando el movimiento natural se detiene completamente, cuando los pies caminan sobre la tierra en lugar de volar en el vacío, el "yo" se torna real y con él, aparece el peso de todo su equipaje.

Y es que, cuando por unos minutos se conoce algo más ligero, más vasto, más real que todo esa personalidad con la que te identificas, volver a encajar en ese traje que llamamos "identidad personal" se siente como un corsé… como una camisa de fuerza que atrapa al Ser.

Después de la danza, la instructora se puso a hablar sobre la experiencia, sobre el simbolismo del giro, sobre los sufíes y la poesía de Rumi… Pero yo no estaba escuchando, un proceso profundo de reflexión se despertó de forma súbita: Si se pude desaparecer girando... ¿se puede desaparecer en cualquier otra actividad?

El derviche que hace la cama

Al día siguiente, ya de regreso a la cotidianidad, me disponía a hacer la cama como cada mañana.

En aquella época, era algo que hacía en automático, con la mente distraída en alguna que otra tarea del día. Ya sabes, el cuerpo haciendo una cosa, y la mente en cualquier parte menos ahí, presente.

Pero en ese momento, aún con la experiencia vibrando dentro de mí, me acordé del mágico giro.

Y pensé: ¿y si no hay un "yo haciendo la cama"? ¿Y si solo hay una cama vistiéndose así misma?

Así que lo intenté.

Primero noté lo obvio: que el "yo" estaba muy ocupado queriendo terminar rápido para hacer otras cosas "más importantes". Un yo que encontraba esta tarea aburrida, mecánica, rutinaria y cosas así.

Ese es el yo que llena la vida con su propia importancia personal. Pero, haciendo el intento de recordar lo que pasó cuando ese yo se soltó en el giro, relajé la tensión… No intenté hacer la cama. Solo... solté un poco el movimiento rutinario...

Y algo cambió.

Las sábanas, parecían caer dobladas con una elegancia propia de una experimentada mucama… la almohada y los cojines parecían abrazarme, solo con mirarlos ofrecían una sensación de descanso, de paz, de tranquilidad.

Por un instante, el "yo" que hacía la tarea doméstica... se diluyó. No desapareció completamente como en el giro del día anterior, pero se volvió transparente, poroso… distante pero con presencia.

Solo había un movimiento de manos, de pies… de tela danzando sin danzante.

Terminé y me quedé ahí parado frente a la cama, con el cuerpo vibrando, asombrado.

No necesité girar durante media hora. No necesité las indicaciones de la instructora ni una música que me indujera al trance.

Solo necesité soltar el control por un momento.

La mística que no sale en Instagram

En todo esto, hay una cosa que nadie te dice sobre la espiritualidad. ¿Recuerdas la historia del fregadero?

Como ya te conté en esa historia, no necesitas viajar a la India y colocarte un bindi en la frente para ser espiritual. No necesitas retiros de diez días en silencio realizando técnicas complicadas ni iniciarte en escuelas con rituales secretos.

Todo eso puede ayudar, tal vez. Pero la puerta está aquí. Ahora. En lo que estás haciendo en este preciso momento por más rutinario e insignificante que parezca.

Lavar platos. Caminar al súper. Doblar ropa… o simplemente: Respirar.

Cualquier acción puede volverse una danza derviche si sueltas al danzante.

El problema, que no es que lo haya sino que más bien lo creamos y nos lo creemos, es que pasamos la vida haciendo varias cosas al mismo tiempo… la acción física, el movimiento del cuerpo, y el discurso mental sobre… lo que sea.

El cuerpo camina, pero la mente anda diciendo: "Estoy caminando porque necesito llegar a X lugar y cuando llegue haré X cosa y después..."

El cuerpo cocina los alimentos, pero la mente prepara el resto de la semana: "Tengo que ir a recoger a los niños al cole" o "Qué presentación utilizaré en la reunión del trabajo" o "Si hace buen tiempo el fin de semana podría ir a..."

Juegas con tu hijo, pero una parte de ti está pensando en otra cosa. Estás en el trabajo pero piensas en las vacaciones… o estás de vacaciones pensando en el trabajo (esta quizás es más "dolorosa").

Y esa quebrada esencial es lo que habita, lo que llama vida… creyéndose el centro de todo.

Pero cuando ese Yo se relaja, aunque sea por un instante, algo extraordinario se revela y es que, la vida no necesita un Yo para vivir... La vida se vive sola. Y lo que tú eres está más cerca de ser una parte imprescindible de la danza cósmica, que del director que mueve la batuta para marcar el ritmo de la música.

Y, aunque no te lo parezca, lejos de ser aterrador, es el descanso más profundo que ninguna cama te proporcionará jamás.

Tres formas de encontrar al derviche dormido

Mira, sé que esto puede sonar muy poético pero poco práctico. "Suelta el yo", "deja que las cosas se hagan solas", todo muy lindo pero ¿cómo hacerlo?... la eterna pregunta.

Y, sin tener la respuesta, te voy a compartir tres fórmulas concretas que desarrollé después de esa experiencia. Tres atajos para practicar la danza derviche sin tener que girar y pasar por esos mareos viscerales.

  • Primera: El truco del zoom

Cuando estés haciendo algo rutinario y notes que hay un "tú" muy presente queriendo terminarlo rápido o cosas así, haz esto:

Acércate. Haz Zoom IN a la experiencia física inmediata.

Si estás lavando platos, no pienses en "los platos". Siente el agua. La temperatura, la textura del jabón entre tus dedos, el peso del plato en tu mano…

Si estás caminando, no pienses en "llegar". Siente el pie tocando el suelo, el peso alternando de una pierna a la otra. El aire entrando y saliendo...

Cuando haces zoom a la experiencia micro, el "yo" narrativo pierde agarre porque no puede existir en lo sensorial puro.

  • Segunda: La pregunta prohibida

En medio de cualquier acción, pregúntate: "¿Quién está haciendo esto?".

Y no respondas con palabras. Solo mira, observa.

Mira a ver si encuentras a ese "alguien" que supuestamente está haciendo la acción.

Cuando mires de verdad, probablemente encontrarás que solo hay acción ocurriendo. Manos moviéndose. Pies caminando. Aire entrando y saliendo.

Pero no hay un "hacedor" separado de ello.

  • Tercera: El juego del como si

Actúa como si el cuerpo supiera perfectamente qué hacer sin tu ayuda.

Porque lo sabe. El cuerpo ha estado respirando, manteniendo los procesos fisiológicos, regulándose durante toda tu vida para mantener su equilibrio sin que tú tengas que dirigir cada proceso.

Cuando camines, confía en que los pies saben caminar y a dónde dirigirse… Quizás lo que quieres no sea lo que necesitas. Cuando hables, confía en que las palabras saldrán de ti para mostrar verdades sin maquillaje.

No tienes que controlar cada movimiento ni cada acción. De hecho, cuando intentas controlarlo, todo se vuelve un poco más artificial, torpe y pesado.

Deja que el cuerpo dance y tú, solo sal de su camino para no terminar pisándote.

El derviche invisible

Ahora que está terminando el ramadán, he vuelto a ver esas fotos de danzantes en redes sociales. Los derviches girando en espacios hermosos, las faldas blancas expandiéndose, todo con una luz deslumbrante, con una belleza y una sensibilidad inusual.

Me hizo sonreír al recordar esas náuseas que se despertaron con los giros de aquel que intentaba danzar con el universo.

Ahora sé que el derviche más profundo no está en ese lugar. El derviche más profundo es invisible y no tiene nombre.

Lo he visto en el rostro de la madre que mece a su bebé en la madrugada donde, por un momento, deja de ser "alguien haciendo algo" y solo queda el mecer como el oleaje del mar.

Lo he reconocido en un barrendero que, al barrer la calle al amanecer, por un instante ha soltado su intención y ha sido el testigo de una autómata escoba.

En ese panadero que amasa el pan en la madrugada y sus manos, que tantas veces han acariciado la masa madre, entran en una especie de trance en donde el pan levanta como por arte de magia.

Ese derviche invisible está en cualquiera de nosotros, en cualquier momento donde nos olvidamos de nosotros mismos y dejamos de llenar el centro con nuestro propio ombligo.

Los derviches giran para recordarnos esto pero, una vez que se recuerda, no es necesario girar en una danza ritual. O más bien, todo se vuelve una danza... Caminar es danzar, cocinar es danzar. Respirar es danzar...

Todo es el mismo giro, el mismo toroide de energía circulando porque el centro no está ocupado.

Y tú, ahora mismo, mientras lees esto, también estás girando. El planeta gira. Tu sangre circula. Tus células danzan la danza invisible de la vida.

La pregunta no es si estás en la danza… Siempre has estado en Ella.

La pregunta es: ¿Hay alguien ahí creyendo que él o ella es quien baila? ¿O solo hay danza danzándose sin saber que danza?

Después de esta lectura, cuando laves los platos, hagas la cama o camines a la tienda, acuérdate de que en ti hay un derviche invisible.

No necesitas ir a ningún lado especial. No necesitas hacer nada extraordinario.

Solo suelta el control por un momento y déjate llevar por el vacío. Observa qué pasa cuando dejas de ser el hacedor y permites que las cosas simplemente acontezcan.

Ahí, en tu casa, en lo más ordinario de tu día, vive el mismo misterio que los derviches experimentan en sus giros eternales.

La diferencia es que ellos, posiblemente, dejen mejores fotos para el like de Instagram.

Pero tú... ahora tienes el secreto del movimiento del universo.

¿Hay algo en tu vida cotidiana que puedas hacer hoy sin que haya un "hacedor"? ¿Un plato que pueda lavarse solo, un paso que pueda darse sin ti, una respiración que pueda respirarse sin tu ayuda?
Pruébalo. Aunque sea por un instante y cuéntame qué encontraste en ese vacío.

Etiquetas:

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