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Chen Tuan Li

La Casa del Espíritu (Parte 1)

Lo que aprendí sobre la muerte en una encerrona.

Chen Tuan Li © Reg. 2609076927273
4 de septiembre de 2026
17 min de lectura
La Casa del Espíritu (Parte 1)

Hay experiencias que no caben en ninguna categoría conocida.

Y no es porque sean inexplicables en un sentido literal, sino porque la ciencia y lo que se define como verdad todavía no han llegado a ellas. Y es que existe un territorio en el tejido de la realidad donde la distinción entre lo que ocurre y lo que se vivió deja de ser relevante para la mente racional. Donde la pregunta ¿fue real? se disuelve ante la evidencia de la transformación que produjo en quien lo vivió.

La historia de hoy es una de esas experiencias.

Y he decidido compartirlo ahora porque la entrada que sigue en la sección de Evolución Humana sobre el Punto Omega, las bifurcaciones y la muerte como portal, no puede publicarse sin este relato previo. Sin contar la experiencia que está detrás de la teoría y sin transmitir lo que el cuerpo físico y psicoespiritual vivió, y es el que sustenta las palabras que vendrán, resultaría complejo evidenciar la muerte como portal de trascendencia.

El tiempo sin tiempo

Llevábamos varios días sin comer y prácticamente sin dormir.

Para entonces, eso ya no era algo extraordinario. Después de años caminando junto a mi maestro de Tao, ciertos estados que al principio me parecían alterados se habían convertido en lo ordinario. El hambre, o más bien el ayuno extremo, era una vía de claridad para ver, para entender, para escuchar. El deambular constante, prácticamente sin parar, era un umbral hacia la percepción de algo más allá del reino sensorial. La frontera entre el sueño y la vigilia, ese ámbito de lo extrasensorial, era tan porosa que cruzarla en un sentido u otro era prácticamente imperceptible.

Castaneda y el mismo Don Juan habrían dicho que vivíamos en la segunda atención. Para mí, a esas alturas del Camino, simplemente era la primera atención. Se había consolidado el plano astral como la realidad cotidiana y lo extrasensorial ya no era algo extraordinario, simplemente era lo ordinario que habitaba nuestro cotidiano.

Pero aún así, desde hacía dos o tres días algo diferente circulaba por el ambiente. Una cualidad peculiar flotaba en el aire, algo que hasta el día de hoy sigo sin poder nombrar porque, aunque algunos lo hayan llamado “la Realidad No-Local”, “Hiperespacio”, “Espacio Psicodélico", “Ensueño” o “Dimensión Astral”, para mí aquella experiencia tuvo lugar en otra matriz de la realidad.

Al cuerpo lo habitaba una sensación que no era incomodidad exactamente, pero tampoco esa calma o serenidad con la que vivíamos el día a día. Algo entre lo escalofriante, lo efervescente y lo ingrávido.

No le presté atención pues la vida era tan intensa que no había mucho tiempo para los procesos mentales sobre lo que se vivía. Y claro está, tomé verdaderamente consciencia de ello cuando ya estaba inmerso en la experiencia.

La habitación cerrada

Recién habíamos llegado a una casa que nos habían prestado. Solos.

Y en algún momento nos dimos cuenta de que habían cerrado la puerta desde afuera y no teníamos llaves. No había una salida evidente pues las ventanas tenían barrotes, incluso la puerta que daba al jardín tenía esos barrotes que, aunque digan ser para la protección y la seguridad, en aquel momento transmitían la sensación de estar atrapado cual canario.

¿Fue intencional? ¿Premeditado? ¿Simplemente casual? o… ¿Una vez más la vida estaba confabulando con mi maestro para regalarme una experiencia de mutación?

Esta es una de las muchas dudas que conservo a día de hoy sobre el origen de estas experiencias iniciáticas y que, afortunadamente para mi tranquilidad mental, ya no intento responder… Simplemente ocurrían.

Y es que había una cualidad en los años junto a mi maestro que solo puedo describir así: era como si la vida misma conspirara con él para crear las condiciones exactas que cada momento requería. Como si el universo y él tuvieran un acuerdo silencioso sobre cuándo empujarme un poco más hacia el oscuro y frío Misterio.

Y esa tarde, lo que el Misterio tenía preparado para mí era la muerte.

No lo supe ni lo intuí de inmediato. Pero cuando me encontré bañándome en sus aguas, un temblor proveniente del tuétano de los huesos me sobrecogió.

La casa del espíritu

Estábamos manteniendo una conversación en la mesa. Hablábamos de pasaportes y de formas de moverse dentro de la programación artificial con una capa de invisibilidad. Así llamaba él al sistema y toda estructura que el humano crea para “organizar”. Una conversación acalorada que hacía referencia a la Libertad, y no me refiero a la financiera, en la que un cuchillo entre sus manos acompañaba los gestos que variaban según la intensidad de lo que me contaba.

Y de pronto, sin una transición plausible, el cuchillo estaba en mi hígado.

En medicina china, el hígado es la casa del espíritu. El Hun, la energía etérea que persiste más allá de la muerte física, reside ahí. En aquel instante pude atestiguar que esa información teórica adquirida en mis cursos formales de medicina tradicional china (MTC) no era una metáfora. Esa anatomía sutil que describe la medicina taoísta lleva milenios cartografiando territorios que la medicina occidental apenas empieza a intuir y, afortunadamente para mí, la mística que conocía tras el conocimiento académico me ayudó a nadar en esas aguas tan profundas.

No sé si lo que viví ocurrió en la realidad física, en aquel momento así parecía, aunque a día de hoy dudo de si el metal tocó mi cuerpo o si lo que se abrió fue algo de otra naturaleza, en otra dimensión. Lo que sí sé, y el cuerpo lo recuerda con pleno detalle, es que sentí que la vida se marchaba.

Y al mismo tiempo, estaba completamente lúcido. Una especie de agonía se despertó, la mente se disparó y comenzó a enloquecer, y una emoción comenzó a brotar desde una profundidad no reconocida. Pero aún así, una lucidez sumamente extraña estaba presente.

La partida de ajedrez

En ese estado, entre la vida que se vaciaba y la consciencia que permanecía vivamente clara, un atisbo de perturbación me atrapó.

Imágenes. Sensaciones. Pensamientos que se atropellaban unos a otros. El pasado presentándose a gritos y el futuro colapsando en ese único punto oscuro. Todo lo que no había terminado, todo lo que no había dicho, todo lo que creía que todavía quedaba por vivir… Una inmensidad de información visual y auditiva me desbordaba, y yo no lograba sostener todo ese tsunami que se acababa de activar, pero igualmente podía observarlo con cierta serenidad. Una auténtica paradoja sensorial, por un lado temblaba aterrado, y por otro observaba con ecuanimidad.

Mi maestro había dejado de hablar. Solo observaba.

Sin saber cómo, comprendí rápidamente que ese ruido no iba a ayudarme. Que la energía disponible era limitada y que gastarlo en el tumulto mental era exactamente lo que el momento no podía permitirse.

Entonces, sin un planteamiento previo pues en qué momento de la vida uno planea qué hacer en el momento de su muerte, hice algo, o más bien una parte de mí lo hizo, insólito: comencé una conversación con...

Primero conmigo mismo. Luego con la vida, después con algún tipo de guardián del portal entre mundos… finalmente hablaba con una consciencia que parecía mostrarme la inercia de lo que estaba ocurriendo como si fuera una película que ya tenía un final decidido.

Y en ese observar el destino que se me mostraba según preguntaba, emergió algo inesperado.

Una rebeldía.

Desapareció la desesperación y el temor, y brotó una rebeldía serena, gélida, algo parecido a la rebeldía del adolescente que fui y que no aceptaba una imposición como norma. Una negación que sabía, con una certeza irracional, que la realidad ordinaria no es tan sólida como parece. Que está formada por un consenso silencioso, y que una consciencia verdaderamente despierta puede renegociar los términos del acuerdo.

En eso que el filósofo Henry Corbin llamó Mundus Imaginalis, o quizás en “el Horizonte de Sucesos” como se conoce en el mundo científico, comencé a crear otras posibilidades. Otros acuerdos. Otras alternativas. Otras puertas de regreso y, por qué no, de salida.

Fue una especie de partida de ajedrez con la muerte, o con la vida porque en ese momento no eran dos. Todavía no estoy seguro de con quién jugaba exactamente, ni de si yo era el que jugaba o el tablero donde se desarrollaba la partida. Lo que sí sé es que el I Ching de los Fang Shi que me había entregado mi maestro durante los años que llevábamos juntos me permitió hacer un movimiento magistral.

Y es que, en una especie de jaque mate, encontré la forma de volver, y volví.

Lo que quedó

El regreso a la consciencia ordinaria fue gradual. Pasaron días hasta que pude mantener una conversación con otro humano. La percepción sensorial era sumamente extraña, la luz y los quehaceres de la gente parecía formar parte de una nueva versión del filme “el show de Truman“.

Quedó el temblor. Quedó la pregunta de cuánto había sido real y cuánto producto de un estado alterado de consciencia que los días sin comer y sin dormir habían generado. Quedó la duda sobre la naturaleza de lo que había vivido y del tiempo que había transcurrido.

Pero debajo de todas esas preguntas quedó algo que las ideas no pueden contener.

Y es la certeza que el cuerpo es el guardián de la experiencia.

La certeza de que hay algo en la consciencia que observa desde un lugar que no es completamente biológico. Que en el momento en que el cuerpo comenzaba a fallar, algo permanecía extraordinariamente presente. Que la conversación que mantuve en ese estado no fue con mis propios pensamientos, pues la práctica de meditación me evidencia que aquello tenía una textura diferente, y un origen que no provenía de mí en el sentido ordinario del término.

Y que la muerte, entendida no como final sino como portal, es exactamente lo que todas las tradiciones contemplativas que he investigado, conocido y practicado durante décadas dicen que es, un portal de trascendencia.

Y para mí, a día de hoy, esta certeza no proviene de algo que he leído.

Esta certeza habita en mí por haberla abrazado.

La conversación que empezó a los tres años

Esta no fue la primera vez que el vértigo de ese portal me abdució.

Hay algo que pocos conocen, hasta ahora, y que hoy quiero compartir como preámbulo a lo que vendrá.

Tenía tres años cuando la muerte me visitó por primera vez. Lo hizo a través del rostro de una bronconeumonía severa que me tuvo meses hospitalizado. Lo que recordé años después, en una meditación profunda, fue una imagen que la mente racional prefiere clasificar como una “fantasía paranormal": me vi desdoblado en la habitación de mis padres, observando desde arriba cómo intentaban reanimarme.

Recién llegado al planeta, y ya la muerte había llamado a la puerta de mi atención.

Hubo más visitas después de esa. Algunas que he compartido en la intimidad y otras que todavía no tienen el momento de ser contadas. Lo que a día de hoy sí puedo decir es que esa conversación con el portal de la muerte, iniciada cuando aún no se había formado la identidad de mi “Yo”, se ha repetido en distintos registros de mi camino y sé, sin aún saber porqué, que no han sido una serie de accidentes fortuitos.

Esa repetición de ECM ha sido una preparación.

Diría que cuando me encontré en esa habitación encerrado con mi maestro, con el cuchillo en el hígado y la vida diluyéndose, algo en mí sabía exactamente dónde estaba. Había estado ahí antes y podía reconocer la textura de ese territorio. Sabía que había una salida porque ya la había encontrado antes, o tal vez apareció tras una patada para darme la posibilidad de encontrarla por mí mismo en otra ocasión.

El I Ching de los Fang Shi me dio el movimiento, la facilidad para desfragmentar y recodificar lo que en ese momento era mi realidad. Pero incluso el I Ching y mi maestro aparecieron en mi vida después del Nei Dan, la meditación y otras artes místicas, a raíz de los encuentros con la muerte. Pues estoy convencido de que la capacidad de hacer ese movimiento, de encontrar el vórtice de regreso en el momento en que todo el sistema decía que era el final, provino de las décadas de familiaridad que había establecido con ese umbral.

La muerte, cuando se convierte en compañera de camino desde la infancia, deja de ser el enemigo que hay que evitar y se convierte en el maestro más honesto que te puede guiar hacia la Verdad. Hacia lo que Don Juan, el nagual, llamaba “El Fuego Interno”, lo que los místicos taoístas conocen como “el Cuerpo de Jade" y los budistas como “el Tathāgatagarbha”, esa semilla divina que aguarda las condiciones correctas para desarrollarse y florecer.

Y es que, más allá de los términos y descripciones que cada cultura o tradición tiene, y más allá de lo que los libros cuentan sobre la vida después de la muerte, lo cierto es que la muerte, ese tabú social tan ignorado, es una vía de crecimiento y evolución que pocos señalan.

Pero para mí, tras las numerosas visitas que he recibido de esta enigmática maestra, es un hecho que la esencia de lo que se llama trabajo interno, autoconocimiento, desarrollo personal o evolución espiritual, pasa por sus enseñanzas.

Y, ya profundizaremos en ello en la segunda parte, estas enseñanzas no se pueden buscar. Por eso, aquí verdaderamente cobra sentido el dicho: “cuando el aprendiz está preparado aparece el maestro”.

Y por ello, para que no llegue de sorpresa, vivir con la muerte como consejera es una vía directa al Bello Arte de Vivir. Pues, te lo puedo asegurar, para ella no hay preocupaciones, arrepentimientos, culpabilidad, temor, ni nada que mantenga cerrado el corazón. Es ella la que, amorosamente, te permite valorar y disfrutar lo que verdaderamente importa, la Vida.

¿Te ha visitado la muerte alguna vez? ¿Qué enseñanza te dejó? ¿Cómo te sientes con la idea de que la muerte puede ser tu mejor consejera?

En la próxima entrada de Evolución Humana exploraremos desde la ciencia y la mística por qué la muerte es el mayor punto de bifurcación que una consciencia puede enfrentar, y qué significa prepararse para él.

Etiquetas:

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