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La Mosca del Despertar: Mi Primera Experiencia Mística
Cómo una mosca me reveló los secretos del universo y me guió hacia el Tao.

Cuando lo sagrado se disfraza de ordinario
Los antiguos maestros taoístas sabían algo que la modernidad ha olvidado: el Gran Despertar no llega precedido de trompetas celestiales ni se anuncia con luces divinas que descienden de las alturas. Más bien ocurre lo contrario. Lo más extraordinario se revela precisamente en lo ordinario, lo sagrado emerge en lo que consideramos mundano, y la iluminación suele llegar disfrazada de coincidencias.
Un gato que se cruza en nuestro camino justo cuando necesitamos una respuesta. Una hoja que cae del árbol en el momento exacto de nuestra pregunta. Una conversación escuchada al azar que contiene la clave que llevábamos buscando durante meses. Los maestros del Tao llamaban a estos momentos yin yuan - las conexiones invisibles que tejen la realidad de maneras que nuestra mente lógica jamás podría calcular.
Pero hay algo aún más sutil: a veces lo sagrado no solo se disfraza de ordinario, sino que elige como mensajero a lo que consideramos más insignificante. Y así fue como una mosca se convirtió en mi primer maestro del Tao, aunque tardé años en comprenderlo completamente, esa serendipia cambió mi vida.
El rebelde que buscaba sin saber qué
Apenas tenía dieciocho años y el mundo me parecía una conspiración diseñada para convertir a los seres humanos en máquinas. Era 1989, y yo era uno de esos jóvenes que sentían, en sus entrañas, que algo fundamental, esencial, estaba mal… la forma como la sociedad se organizaba, los poderes económicos y políticos, las grandes transoceánicas, las pruebas nucleares… todo aquello era un cúmulo de inadaptabilidad que aún no tenía palabras para expresarlo, pero sí gritos a través de un inconformismo social.
Había leído a Krishnamurti, a Osho, fragmentos de textos zen, Tagore… perlas de sabiduría que llegaban a mí como botellas del mar que recibe un náufrago. Sus palabras resonaban en algún lugar profundo de mi ser, pero permanecían como conceptos hermosos, ideas que flotaban en mi mente sin anclarlas en una experiencia auténtica. Era como si supiera la melodía pero no pudiera cantarla, como si reconociera un idioma sin hablarlo realmente.
Mi rebeldía era, sin que lo supiera entonces, una forma primitiva de búsqueda espiritual. Cuando criticaba el sistema educativo que nos convierte en autómatas, cuando cuestionaba los valores materialistas de la sociedad, cuando sentía esa nostalgia inexplicable por algo que no sabía definir, en realidad estaba buscando el Tao. Estaba sintiendo la fricción entre mi naturaleza esencial y las estructuras artificiales del mundo moderno.
Algunos domingos por la mañana, después de una noche interminable, solía caminar por Madrid sin rumbo fijo, dejando que la ciudad me guiara. Era mi manera inconsciente de practicar el wu wei - el arte taoísta de fluir sin resistencia, de permitir que la vida nos lleve donde necesitamos ir sin preguntarnos porqué o para qué.
La serendipia del Rastro
Esa mañana de domingo, mis pasos me llevaron hasta el Rastro, ese mercado de pulgas que es como una representación del inconsciente colectivo de Madrid… un caos aparente donde objetos abandonados encuentran nuevos dueños, donde historias olvidadas buscan quien las reanude, donde lo viejo y lo nuevo se mezclan en una danza espontánea de infinitas posibilidades.
El aire olía a café, a cuero viejo, a incienso de cannabis y a historias aún por contar. Había gente de todos los lados del mundo: coleccionistas de rarezas, familias buscando cromos para los más pequeños, turistas capturando la "auténtica vida madrileña", gitanos vendiendo sus propias memorias convertidas en ingeniosas mercaderías... El Rastro es, sin duda, uno de los lugares más taoístas que existen: donde todo fluye, todo cambia, todo encuentra su lugar en el eterno ciclo de transformación.
Caminaba entre los puestos sin buscar nada en particular, dejándome llevar por esa corriente humana, cuando de pronto me detuve… No sé por qué. Mis pies simplemente se negaron a continuar, como si hubieran recibido una orden invisible de parar.
Y ahí estaba, a la vera de un puesto de libros usados, con la mano derecha apoyada distraídamente en la mesa donde se encontraban cientos de ejemplares que habían transitado diversas épocas, que habían pasado por múltiples manos... Y entonces, sucedió: una mosca, común y corriente, se posó suavemente en el dorso de mi mano.
El momento en que el tiempo se detuvo
Quizás otra persona, en circunstancias normales, habría apartado la mano de inmediato. Las moscas no son precisamente criaturas que inviten a la contemplación. Pero algo en mi interior se sorprendió por su manera de posarse, quizás esa quietud absoluta con que se acomodó en mi piel entre tanto alboroto, fue lo captó mi atención e hizo detenerme en un tiempo sin reloj.
La observé.
Al principio fue solo curiosidad. Luego, una extraña fascinación. Sus ojos brillaban como pequeños caleidoscopios, reflejando fragmentos del teatro circundante... Sus alas, inmóviles, parecían hechas de una seda celestial, transparentes pero iridiscentes, como si hubieran sido tejidas con pura luz.
Y entonces, mientras frotaba sus patas en su boca, gradualmente algo empezó a cambiar en mi percepción.
Los ruidos del Rastro no desaparecieron, pero se volvieron como una especie de música ambiental. Las voces de los vendedores se convirtieron en una lírica lejana. Y el tiempo... el tiempo simplemente dejó de existir.
La revelación de los ojos fractales
Concentré mi atención en los ojos de la mosca, o más bien ella me hipnotizó para que así ocurriera, y ahí comenzó lo que solo puedo describir como mi primera experiencia mística consciente.
En esos mágicos ojos multifacetados empecé a ver patrones. Al principio sutiles, como formas geométricas que se insinuaban en la abstracción de mi visión. Pero luego, se volvieron más definidos: hexágonos perfectos que se repetían fractalmente, creando diseños de una belleza matemática absolutamente sublime y, hasta entonces, inimaginable.
Pero aún estando en ese estado de fascinación, sentía que aquello era algo más que una geometría circunstancial. Era como si cada faceta de sus ojos fuera una ventana a una dimensión diferente de la realidad… Y, súbitamente, empecé a percibir algo que cambiaría para siempre mi comprensión del mundo.
La trama se hizo visible… y la urdimbre, era una realidad tangible.
El telar cósmico
Sosteniendo una emoción desgarradora, era como si el universo entero se mostrara en ese telar gigantesco… y yo estaba viendo, por primera vez, viendo el invisible. Hilos de luz que se cruzaban creando patrones de una complejidad indescriptible, pero de una lógica perfecta. Cada persona en el Rastro era un hilo de colores únicos, cada historia un patrón específico que encajaba en el Gran Mandala, cada encuentro un cruce de tramas que generaba nuevos diseños.
Y la vida... La vida entera se me reveló como una obra de teatro cósmica donde todos éramos simultáneamente actores y espectadores, autores del único guion universal. No había separación real entre el que antes era el observador y lo observaba, entre aquel sujeto rebelde y ese objeto aparentemente molesto... Todo participaba de la misma representación, todo formaba parte del mismo tapiz infinito, de la Eternidad del Ser Integral.
No solo comprendí que la mosca en mi mano no era una criatura separada de mí. No solo entendí que era parte del mismo patrón, conectada por hilos invisibles no solo conmigo, sino con cada persona que pasaba, con cada objeto que se encontraba en los puestos, con cada sonido que flotaba en el aire matutino de aquel domingo imperecedero… no solo fue mental.
Las horas de la eternidad
No sé cuánto tiempo permanecí ahí. El reloj marcaba el paso de las horas, pero yo habitaba un tiempo diferente, un tiempo circular donde el pasado, presente y futuro se revelaban como perspectivas distintas del mismo momento eterno… anclado en ese punto que nos une.
La gente pasaba a mi lado, seguramente pensando que era solo otro joven distraído, quizás bebido, observando una estúpida y asquerosa mosca. Pero yo, estaba viviendo la experiencia más intensa de mi existencia hasta entonces. Un mensajero alado trajo la revelación que otros buscaban en templos, en aclamados ashram o en comunidades retiradas de lo que llamaban distracción.
Ese joven, que quizás se convirtió en abuelo, veía cómo cada pensamiento generaba ondas visibles que se extendían como círculos en un estanque, afectando la realidad circundante de maneras sutiles pero tangibles. Comprendía, no intelectualmente sino experiencialmente, lo que los textos místicos intentaban transmitir cuando hablaban de la interconexión de todas las cosas, del poder de la mente y de la resonancia del corazón.
La mosca permanecía inmóvil, como si fuera mi cómplice consciente de esta revelación. Sus ojos seguían mostrándome capas cada vez más profundas de la realidad multiespacial y atemporal, como si fueran una puerta dimensional hacia la comprensión directa de aquello que llamaron Tao.
El regreso con el nuevo Ver
Cuando finalmente la mosca alzó el vuelo, fue como si yo también despertara de un sueño lúcido. Pero las imágenes, las comprensiones, la sensación de haber tocado algo trascendental del universo, permanecieron.
Durante días viví en un estado alterado de consciencia. Todo me parecía más luminoso, más vivo, más significativo, más intenso. Las palabras de Krishnamurti que antes eran solo ideas hermosas, ahora resonaban como verdades experimentadas. Los textos zen que había leído cobraban un sentido completamente nuevo, los versos de Rumi acariciaban una parte más profunda de mi ser. Era como si hubiera aprendido súbitamente un idioma que siempre había estado ahí, esperando a ser descifrado no por la mente, diría que por el cuerpo.
Caminaba por las calles de Madrid, perdido pero más encontrado que nunca. Podía ver esa trama sutil que conecta todas las cosas en el cielo, entre las nubes… entre los coches parados en un semáforo, en el vuelo de los pájaros, en el caminar de los ciudadanos. Una sonrisa se intuía en mi rostro pues, en ese estado, sentía que había encontrado al verdadero rebelde, al auténtico inconformista, al inadaptado social... todo formaba parte de una sinfonía cósmica de la que yo era simultáneamente intérprete y oyente y ese, ese que yo era ahí y, al mismo tiempo no estaba, trajo Paz, Plenitud, una profunda Serenidad con exuberantes toques de Alegría y Felicidad.
La búsqueda consciente comienza
Esa experiencia marcó el comienzo de mi búsqueda consciente del Tao, aunque tardé años en darle ese nombre, o más bien tomarlo de una tradición que logró poner palabras a aquella revelación. Fue como si la mosca hubiera plantado una semilla que germinó lentamente, orientando mi vida hacia los maestros, las prácticas y la tradición que me ayudaría a comprender, cultivar y sostener ese estado de percepción expandida.
Comprendí que mi rebeldía juvenil había sido, en realidad, la intuición de que existía una forma más auténtica de vivir, no en términos sociales ni territoriales, una manera de habitar el mundo en armonía con esas conexiones invisibles que el materialismo de aquella época, y la tecnología de ésta, niegan sistemáticamente para darle continuidad a una ilusión que alimenta la separación.
Los libros de filosofía oriental dejaron de ser literatura para convertirse en mapas de navegación. La meditación dejó de ser una práctica exótica para transformarse en una necesidad vital. El camino hacia el Tao se reveló no como una búsqueda de algo intelectual, sino como un retorno a esa capacidad de percepción que la mosca había despertado en mí. No eran las formas del Tai Chi, no eran los Asanas del Yoga, no eran los ritos o las ceremonias, era simplemente la contemplación desde el olvido del Yo.
La enseñanza que persiste
Años después, tras décadas de práctica, reflexión filosófica, y experiencias múltiples con maestros de diversas tradiciones, comprendo que esa mañana en el Rastro de Madrid, recibí la enseñanza más fundamental del Tao: que lo sagrado no habita en lugares remotos ni se revela solo a través de prácticas sofisticadas.
Lo sagrado está aquí, ahora, en este momento, disponible para quien desarrolla el Ver. Puede manifestarse en los ojos fractales de una mosca, en el aroma del café matutino, en la sonrisa espontánea de un niño, en el viento que mueve las hojas de un árbol urbano… Entender la Forma sin forma, es vivir el Wu Wei. Y ahí, el Tao ya no es una idea, no es un concepto, ni siquiera puede ser un objetivo, ahí simplemente Es.
Y como los sabios dicen, el Tao no discrimina. No elige solo a los místicos más avanzados ni a los meditadores experimentados como si ellos fueran los destinatarios de sus revelaciones. Ello está constantemente ofreciéndose, constantemente susurrando sus secretos a través de lo que consideramos más ordinario, menos trascendental, sin la esencia de lo que se llama espiritual.
Tu propia mosca te espera
Mientras lees estas líneas, en algún lugar de tu mundo cotidiano, tu propia "mosca" te está esperando. Puede ser literal - un insecto, un animal, una planta que capte súbitamente tu atención. O puede ser metafórica - un momento de belleza inesperada, una coincidencia significativa, un instante de silencio que se abre como una ventana hacia lo infinito.
La clave no está en buscarla desesperadamente. La clave está en cultivar esa cualidad de atención presente, esa apertura contemplativa que permite que lo extraordinario se revele en lo ordinario.
Los antiguos maestros taoístas tenían una frase hermosa: "Cuando el estudiante está listo, el maestro aparece". Pero no añadían algo igualmente cierto: el maestro puede llegar disfrazado de mosca, de hoja otoñal o de un atardecer que se filtra entre el horizonte inexplorado.
Tu despertar, tu realización espiritual no necesita montañas sagradas ni templos milenarios. Puede suceder en el mercado de tu barrio, en la parada del autobús, en el instante en que decides realmente observar algo que has visto mil veces sin verlo de verdad, sin reconocer esa esencia compartida.
Si estás aquí, tal vez el Tao te está llamando ahora mismo, a través de estas palabras, a través del aire que respiras, a través de la luz que ilumina la pantalla donde lees.
¿Estás dispuesto a escuchar, a ver y a sentir de verdad?
¿Has tenido tu propia serendipia? ¿te has encontrado con tu propia “mosca”? Te invito a compartirla en los comentarios. Cada historia de despertar enriquece la trama invisible que a todos nos conecta.
En nuestro próximo encuentro en este Dao Chang digital, exploraremos cómo esa capacidad de percepción mística puede cultivarse y aplicarse a la vida cotidiana. Porque el Bello Arte de Vivir, el Tao, no se trata de tener experiencias extraordinarias separadas de tu cotidiano, más bien es una maestría que transforma lo ordinario en algo insólito, asombroso, excepcional.
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