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Tribu Dao Chang

Nadando en las Aguas de la Gran Madre

El estado pre-personal que todos conocimos y al que todos queremos regresar.

Chen Tuan Li © Reg. 2605025483913
1 de mayo de 2026
24 min de lectura
Nadando en las Aguas de la Gran Madre

Los Tres Estadios de la Consciencia Humana

La psicología moderna nos habla de tres grandes territorios en el desarrollo de la consciencia: el estado pre-personal, el estado personal y el estado transpersonal.

El primero es el Océano de la Unidad inconsciente. El segundo es la isla de la individualidad consciente. El tercero es el Océano de la Unidad consciente.

Nacemos en el primero sin saberlo. Pasamos la mayor parte de nuestras vidas construyendo el segundo. Y dedicamos el resto del camino, si es que tenemos la fortuna de escuchar la pregunta existencial, buscando el tercero.

Y en todo ello, está la paradoja más hermosa de la experiencia humana: el tercer estado no es diferente del primero en su "contenido", sino en el lugar donde la consciencia lo atestigua. Es el mismo Océano, las mismas aguas primordiales, la misma Unidad sin fisuras. La diferencia es que ahí sabemos que estamos en el Océano, mientras que antes "simplemente" éramos el Océano.

Como le dijo el Sabio Pescador al Pez Koi:

El recién nacido nada sin esfuerzo porque, aunque no lo sepa, es un pez. Tú ahora nadas sin esfuerzo, porque sabes que eres un pez. Esa es la diferencia entre la inocencia del que comenzó el viaje, y la sabiduría del que ha llegado aquí.

Hoy, a través de estas líneas, vamos a sumergirnos en ese primer Océano. No con la pretensión de quedarnos ahí pues no habría lo que llamamos evolución, sino para recordar conscientemente lo que todos conocimos antes de saber que existía. Para reconocer el abrazo de esas aguas en las que flotábamos durante nuestra experiencia intrauterina.

Porque toda búsqueda espiritual, en el fondo, surge del anhelo de regresar a Casa. Ese lugar donde nunca fuimos extraños, donde nunca estuvimos solos, donde nunca tuvimos que ser alguien porque ya éramos perfectos.

Aroha: Cuando el Cuerpo Sabe Antes que la Mente

Cuarenta semanas antes del nacimiento

Aquel día, Aroha sintió un peculiar silencio…

No fue un silencio de vacío pues traía consigo una presencia extraña, como cuando la nieve está a punto de caer y el aire se espesa haciendo sentir con anticipación lo que va a suceder. Su cuerpo susurraba algo que su mente aún no podía descifrar. Un cansancio que no venía del esfuerzo. Una ternura allá donde miraba, una sensibilidad aterciopelada en los pechos... Y un hambre diría que voraz.

Esa mañana se despertó sabiendo algo sin saber muy bien qué era lo que sabía.

Tres días después del nacimiento

Era de madrugada. La casa y la ciudad duermen, excepto ellos dos. Aroha sostiene al bebé contra su pecho desnudo, piel con piel, mientras él busca su pezón con esa sabiduría anterior a todo aprendizaje, anterior a toda razón, anterior a todo manual...

Ella, que está exhausta, adolorida y transformada, mira hacia abajo y escucha una verdad: Somos dos. Tú y yo… Ahora dos seres separados...

Sin embargo, el bebé no piensa nada. El bebé no sabe que hay un "tú" y un "yo". Para él, el pecho de Aroha es una continuación de sí mismo, o él es una continuación del pecho de su madre. No hay diferencia. Aún está flotando en el Océano sin saber que nada en Él.

Aroha experimenta la dualidad consciente después del parto que gestó una experiencia trascendental en ella. El bebé, habita la unidad inconsciente. Ambos, si hablaran de la Realidad, la explican de forma diferente y, aún así, ambos tendrían razón. Ambos dirían la verdad desde sus respectivos estados de consciencia…

245 días antes del nacimiento

El test de embarazo mostró esas líneas rosadas que muestran que algo cambió, sin cambiar nada aún en lo visible. El mundo era el mismo pero ella ya no lo era. O quizás era más ella de lo que nunca había sido.

Dos, pensó. Somos dos.

Pero, más allá de ese discurso mental, su cuerpo ya sabía la verdad… no eran dos. Eran uno siendo dos, o dos siendo uno, o algo para lo que el lenguaje no encuentra explicación pues, el lenguaje nace en la separación…

Esto es lo que los psicólogos transpersonales llaman el estado pre-personal: esa etapa del desarrollo donde aún no existe un sentido separado del yo. No es que el yo esté dormido o reprimido. Es que simplemente no ha nacido todavía. Como un capullo que aún no es mariposa, como una semilla que aún no es árbol.

En el útero, en las primeras semanas y meses de vida, habitamos este territorio sin saber que lo habitamos. No hay un observador observando la experiencia. Solo hay experiencia experimentándose a sí misma… vida viéndose a sí misma.

La Alquimia del No-Hacer

Cuatro meses antes del nacimiento

En el vientre de Aroha, las células se dividen en una hermosa y perfecta geometría sagrada. Un corazón del tamaño de una semilla de amapola late con un ritmo que no le pertenece a ella pero tampoco le es ajeno. Vasos sanguíneos se ramifican por ese único gran cuerpo, como lo hacen los ríos del planeta vistos desde el cielo. Dedos emergen de la nada sin un manual de instrucciones, sin una intención, sin una visualización de propósitos, sin la necesidad de utilizar técnicas de manifestación.

Aroha no hace nada de eso. O más bien, lo hace todo sin hacer nada.

Según la alquimia china, esto es el jing en su estado más puro: la esencia vital manifestando su potencial original. Esta esencia no es algo que se cultive o se controle. Simplemente es, como el agua es húmeda, como el fuego es caliente. La energía vital siendo ella misma sin que haya un yo que crea dominarla, usarla o dirigirla.

Su cuerpo es el templo donde la Gran Madre oficia ceremonias que ningún ojo humano puede presenciar. En la oscuridad húmeda de su matriz, el Tao teje un ser humano con el mismo arte invisible con que teje galaxias, planetas y ciclos lunares.

No hay esfuerzo. No hay búsqueda. No hay nadie tratando de llegar a ninguna parte.

Exactamente como el Pez Koi describió el inicio de su viaje:

Al principio, Maestro, yo nadaba sin saber que nadaba. Las aguas me sostenían y yo era uno con ellas. No había preguntas, no había búsqueda. Solo existía el fluir, y yo fluía dentro de ese fluir sin separarme de él.

Cinco semanas después del nacimiento

El bebé llora. Aroha y él no saben por qué llora. Ella piensa "tendrá hambre" o "se sentirá solo" o "necesitará algo"... Y él, solo llora. No piensa en el por qué, no busca entender ni saber lo que pasa… simplemente llora.

Aroha lo toma en brazos y algo en su cuerpo — no en su mente, en su cuerpo — responde y sabe antes de que pueda pensarlo… La leche bajando a sus pechos... Los brazos acunando... La voz tarareando una canción que no recuerda haber aprendido, y el cuerpo meciendo el instante… Y ahí, todo regresa a la calma.

Dos cuerpos en un diálogo prelingüístico. Dos sistemas nerviosos sincronizándose. Dos Océanos reconociéndose nuevamente en Uno.

Para el bebé, aún no hay "Aroha" y "yo". Hay calor, hay leche, hay olor familiar, hay un latido con un ritmo conocido. Hay un universo entero contenido en un abrazo… en una voz que, al vibrar, transmite las mismas sensaciones que experimentaba en el líquido amniótico… Hogar.

Este es el territorio pre-personal en su máxima expresión. La Consciencia en su estado inconsciente observando el mundo sin observador.

En términos de la psique humana, estamos en el dominio puro del subconsciente. La mente ordinaria aún no ha despertado. No hay pensamientos sobre la experiencia, solo experiencia pura. No hay memoria autobiográfica formándose, solo impresiones que se graban más profundo que cualquier recuerdo: en el sistema nervioso, en las células, en el cuerpo que nunca olvida aunque la mente no recuerde…

El Océano que Respira Dentro

Tres meses antes del nacimiento

Una tarde, Aroha se recuesta mientras el sol de invierno colorea de dorados la pared. Cierra los ojos y siente, por primera vez, la totalidad de lo que está ocurriendo.

No es una reflexión voluntaria, es como si algo antiguo, primigenio, le susurrara.

‘Hay un océano dentro de mí’.

Literalmente, el líquido amniótico lo sostiene todo… meciendo, acariciando y calentando a ese ser diminuto… Y ese Océano está hecho de ella, pero ella también está hecha de ese Océano… ¿¿¿Será esto un reflejo del origen existencial???

Su respiración alimenta pulmones que aún no respiran. Su sangre lleva oxígeno a un corazón que late con autonomía propia. Come y algo dentro se nutre sin que ella decida qué nutriente va a dónde. Duerme y el milagro de la creación continúa, incansable y perfecto.

Esto es sagrado, piensa. No lo que los templos lejanos muestran, no!!! está aquí, en este cuerpo ordinario haciendo lo más extraordinario: crear vida desde la vida, consciencia desde la carne, el Misterio encarnando.

Y todo esto, sin que haya un "ella" haciéndolo. Ella es solo el testigo de lo que ya estaba ocurriendo antes de poder nombrarlo.

Tres meses después del nacimiento

El bebé duerme sobre el pecho de Aroha.. Una respiración sincronizada y dos corazones latiendo en contrapunto. Ella lo mira y algo se parte en su pecho: toma consciencia, con una certeza absoluta, de que son dos.

Dos cuerpos. Dos destinos. Dos vidas que se separarán, de una u otra forma, con cada día que pase.

Pero para él, aún dormido, aún sin lenguaje, aún sin el concepto de "yo" y "tú", nada ha cambiado. El pecho donde descansa es su universo. El latido que escucha es la música de las esferas. Y el aroma de su madre es la fragancia de la existencia.

Aroha ha regresado al territorio personal… a la consciencia del yo separado, con toda su densidad y su belleza. La responsabilidad de ser "madre de alguien". La nueva identidad que se construye palabra a palabra, decisión tras decisión.

El bebé aún permanece en lo pre-personal. En la Unidad, sin fisuras ni grietas, en ese estado donde no se sabe que se es Unidad, porque no se conoce nada que no sea Unidad.

Esta diferencia entre ambos estados lo es todo. Esta diferencia es el abismo que hay entre Inocencia y artificialidad, entre Ser y saber que se cree que es, entre habitar el paraíso y buscar regresar a él.

El Momento Perfecto que No Se Recuerda

Ocho semanas antes del nacimiento

Esa noche, Aroha se despertó sin una razón aparente. El mundo entero parecía estar sosteniendo el aliento, pues se respiraba un silencio y una calma inusual.

De forma instintiva, se llevó las manos al vientre… y, apenas rodeándolo, sintiendo su calor y ese sutil movimiento, otro conocimiento silencioso emergió...

Concientización.

Como cuando dos extranjeros descubren que hablan el mismo idioma. Como cuando el exiliado regresa a casa y reconoce el olor de la tierra. Como cuando la gota de rocío se desliza por la hoja y se funde en el río.

En ese instante, Aroha no era una mujer embarazada. Era la Gran Madre manifestándose como siempre se ha manifestado… creando mundos en la oscuridad, tejiendo seres desde el no-ser, dando forma a lo informe con una perseverancia que tiene sabor a Eternidad.

Y ese ser diminuto en su interior no era "otro". Era ella siendo más que ella. Era el Tao fluyendo a través de su cuerpo como el agua fluye a través del cauce, que ella misma crea al fluir.

No hay dos. Nunca han habido dos.

Hay una Unidad desplegándose en una multiplicidad para poder amarse y reconocerse a sí misma.

Las lágrimas que rodaban por sus mejillas no eran de tristeza ni de alegría. Eran perlas de gratitud tan intensa que no cabía en un suspiro. Gratitud por ser elegida como el vehículo para la manifestación del Misterio. Por poder encarnar, aunque fuera por un breve tiempo humano, ese estado original de completitud del que todos venimos.

El Parto: la Gran Separación de las Aguas

Año, mes, día, hora cero…

El parto fue como un terremoto. Contracciones que parecían partir el cuerpo. Respiraciones que casi desaparecen... Un dolor que de tan intenso que era, dejaba de ser dolor y se volvía... un trance. Un éxtasis puro de presente absoluto.

Y entonces, después de horas que pudieron ser minutos o quizás una eternidad, un grito lejano pero profundo.

El primer sonido, tronador, del bebé.

El primer aliento, sordo, fuera del agua…

Y el corte del cordón… la separación, la diferenciación.

La psicología lo llama trauma perinatal. La primera crisis existencial que dejará la primera huella en el sistema nervioso, energético y psicoemocional. Es, literalmente, el momento en que se deja de ser uno y comenzamos el largo viaje de convertirnos en dos para, con ‘suerte’, retornar a ese mágico estado original… aahhh!!! lo llamo ‘el Gran Viaje del Pez Koi’.

Pero, y esto es crucial, el bebé aún no sabe que esto acaba de ocurrir.

Minutos después

Colocan al bebé sobre el pecho desnudo de Aroha. Piel con piel. Corazón con corazón.

Ella llora y ríe simultáneamente. Lo mira, realmente lo mira por primera vez, y piensa: Eres tú. Eres real… realmente eres tú.

Pero el bebé no piensa nada. Él no sabe que hay un "tú" y un "yo". Para él solo hay pecho cálido,un latido familiar, un olor cercano… todo parece ser una continuación del Océano. Aunque no es igual… El océano se ha vuelto más frío, más ruidoso, más luminoso… pero, aún así, seguirá siendo Océano hasta que emerja el ‘’Yo’’.

Pero de momento no hay división en su experiencia. Aún no existe la frontera entre él y lo otro. Todo es una sola cosa experimentándose a sí misma.

Aroha ha cruzado nuevamente al territorio personal: es mujer, hija, amiga… y ahora, es una madre responsable de su hijo. La consciencia del yo separado comienza nuevamente a solidificarse tras el alumbramiento.

El bebé permanece en lo pre-personal, y permanecerá ahí durante algún tiempo. Quizás un año o quizás más… Y esta diferencia, esta asimetría de consciencia entre madre e hijo, es una de las enseñanzas más profundas que la naturaleza nos ofrece sobre el viaje espiritual.

La Paradoja del Retorno

Todos comenzamos ahí. En ese océano interior, en esa Unidad sin fisuras, en ese estado de gracia donde aún no existía el miedo o preocupación porque no existía separación.

Durante nueve meses flotamos en las aguas de la Gran Madre sin saber que flotábamos. Fuimos alimentados sin esfuerzo, sostenidos sin condiciones, amados antes de que existiera un "yo" que pudiera recibir ese amor.

Y luego nacimos. Y las aguas se abrieron para convertirse en aire. Y la Unidad se disfrazó de dualidad. Y ahí comenzamos este largo, a veces doloroso pero necesario, proceso de individualización.

Así da inicio a la experiencia personal: construir un yo, levantar fronteras y barreras, aprender a colocar e identificar límites... Una construcción de una identidad, de una historia personal con una personalidad. El mágico y quizás torpe proceso de convertirnos en alguien.

Pero, aquí entre nosotros, esto no es un error como tal. Mucho menos es una caída o pérdida del estado de Gracia. Es, simplemente, lo necesario para emprender el verdadero viaje, espiritual, que todos recorremos con más o menos consciencia de ello.

Porque, y aquí está la paradoja más hermosa que todo místico nos ha contado, no puedes experimentar conscientemente la Unidad si nunca has sido consciente de la separación que hay en la dualidad. No puedes disolver ni trascender el Yo si nunca lo has construido. No puedes nadar sin esfuerzo sabiendo que nadas, si nunca has aprendido que eres un pez al interior de un río.

Algo así dijo el Pescador al Pez Koi:

Necesitabas olvidar para poder recordar. Necesitabas buscar para poder dejar de buscar.

El bebé vive la Unidad pero no la conoce. El adulto espiritual busca la Unidad porque siente que la ha perdido. Y el sabio que completa el Gran Viaje vive la Unidad conscientemente, sabiendo que nunca se perdió realmente.

Prepersonal → Personal → Transpersonal

Océano inconsciente → Isla consciente → Océano consciente

El recién nacido → El buscador → El que se vació de sí

Tres estados. Un solo viaje. Una sola Verdad contemplada desde tres estados de consciencia.

Todos Fuimos ese Bebé

Si estás leyendo esto, significa que completaste la primera fase. Naciste del océano. Te separaste y construiste un Yo.

Quizás no lo recuerdes, casi nadie recuerda sus primeros años, pero tu cuerpo lo recuerda. Tus células lo recuerdan. Tu sistema nervioso guarda la memoria de esas aguas primordiales donde todo era Dicha.

Y quizás, solo quizás, hay algo en ti que anhela regresar. No literalmente al útero ni a casa de tu madre, qué locura!!! sino a ese estado de Unidad, de Completitud.

Ese anhelo es el motor de toda búsqueda espiritual.

Algunas personas lo buscan erróneamente en el amor romántico, tratando de fundirse con su amad@. Pero siempre descubren que dos yoes no pueden volverse uno si los yoes se mantienen presentes.

Otros lo buscan en la religión, en la devoción a algo más grande que ellos mismos en donde experimentar esa sensación uterina de contención. Y quizás encuentran consuelo, o propósito. Pero, eventualmente, la conocida crisis de fe o existencial los hará reconocer un vacío difícil de esconder tras la imagen a venerar.

Muchos otros caminos se abren para transitar esta búsqueda de retorno pero, el territorio transpersonal no es un lugar al que llegas. Es un reconocimiento de dónde siempre has estado… Y eso solo ocurre cuando tú desapareces.

Aroha Sostiene el Misterio

256 días después del nacimiento

Está atardeciendo. El bebé se está quedando dormido en sus brazos. Aroha lo mira en la penumbra, escuchando y sintiendo su respiración.

Ella sabe que sus caminos se separarán. Sabe que él crecerá, se alejará y construirá su propia vida quizás lejos de ella. Sabe que esta sensación física tiene fecha de caducidad.

Pero de igual forma, sabe que nunca se separarán del todo, ella y él siempre serán uno. Sabe que cuando él sufra, algo en ella sangrará o dolerá. Sabe que cuando él ría, algo en ella florecerá. Sabe que el cordón umbilical se cortó pero otro cordón, invisible y eterno, permanecerá por la Eternidad.

Y también sabe que este bebé que sostiene con ternura, olvidará este Océano primordial donde comenzó a nadar. Olvidará la Unidad para forjar un Yo con personalidad. Se sentirá solo, separado, incompleto… Y quizás, si tiene suerte, algún día comenzará a buscar sin saber muy bien el qué. Buscará, intuitivamente, lo que una vez tuvo sin saber que lo tenía.

Y si persiste, si no se rinde, si nada contra todas las corrientes y salta todas las cascadas del río, quizás un día, en un momento de auténtica revelación, recordará.

Recordará con algo más profundo que la memoria, con el cuerpo, con las células… Recordará que siempre estuvo nadando en el Río Celestial. Y entonces, finalmente, podrá descansar en el Océano Primordial para regocijarse en las Aguas de la Gran Madre.

Con los ojos cristalinos, Aroha besa suavemente la cabeza del bebé…

— Algún día entenderás — susurra —. Algún día recordarás.

Práctica Consciente

Esta noche, antes de dormir, recuéstate en posición fetal. Sí, alza las rodillas hacia el pecho, y abraza todo tu cuerpo.

Cierra los ojos y respira profundo, permitiendo que tu abdomen se expanda y se contraiga como si fuera el oleaje del mar.

Imagina que estás al interior del útero materno. Percibe la oscuridad cálida, los sonidos amortiguados por el ambiente acuoso. Experimenta una flotación sin esfuerzo, con el cuerpo relajado, sin nada que hacer, nada que lograr, nadie que ser…

Siente cómo tu cuerpo flota... Como lo hizo cuando era bebé en el vientre de su madre… como el pez que es sostenido por el agua donde nada… como tú, ahora, eres sostenido por la existencia misma.

Aquí no hay separación. Aquí solo está el murmullo efervescente de la vida siendo vida… la respiración del universo respirándose a sí mismo.

Permanece en ese estado y siente como la relajación te lleva al descanso profundo…

¿Puedes sentir, aunque sea por un instante, ese Océano Primordial en el que una vez flotaste? ¿Reconoces en tu búsqueda espiritual el anhelo de regresar conscientemente a la Unidad que conociste antes de saber que existías?

En la próxima entrada de esta sección conoceremos la historia de otro de nosotros para así, seguir profundizando en el Gran Viaje que todos transitamos.

Etiquetas:

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