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Tao

Li: Confiar en el Misterio Sin Ponerle Rostro

Por qué el Tao no necesita dioses y tú tampoco.

Chen Tuan Li © Reg. 2604105228406
10 de abril de 2026
16 min de lectura
Li: Confiar en el Misterio Sin Ponerle Rostro

La pregunta que nadie sabe cómo responder

Curiosamente, de vez en cuando alguien me pregunta, con esa mezcla de curiosidad genuina e incomodidad social:

- ¿Tú en qué crees?

O a veces algo más demoledor:

- ¿A quién rezas cuando las cosas se ponen difíciles, o para pedir protección?

En esos momentos, he notado que la gente espera ciertas respuestas. Dios, el Universo, la Energía, Buda quizás. Algo con mayúscula. Algo que tenga, aunque sea vagamente, un rostro o un nombre al cual dirigirse. Alguien que escuche cuando hablas, quizás frente a una vela, en el vacío de tu habitación a las tres de la madrugada.

Pero cuando respondo "Confío en Li, en el Principio que ordena todo", la cara del que me preguntó comienza a hacer cosas raras… un sinfín de micro expresiones para decir, entre otras cosas, no entiendo nada.

- ¿Li? ¿Qué es eso? ¿Es un Dios Chino?

- No exactamente.

- Entonces, ¿qué es?

Y ahí empieza la conversación que nunca termina de satisfacer del todo, porque estamos intentando hablar de algo que, por naturaleza, no se define con palabras. Pero intentémoslo. Quizás hoy salen las palabras apropiadas.

El patrón que nadie puso ahí

Toma un pedazo de madera. Cualquiera. Mira sus vetas.

Ves esas líneas que parecen danzar, que se curvan y que cuentan la historia y los años de crecimiento del árbol... ¿Quién las diseñó? ¿Quién se sentó con un lápiz divino a dibujar cada patrón? Yo diría que nadie. Esas vetas emergieron por sí solas. Son el registro visible de cómo el árbol creció, respondiendo a la luz, al agua, al viento, a la gravedad… diría que es el rostro del tiempo en la interacción con los elementos adyacentes.

En la tradición del Tao, ese patrón tiene un nombre en chino: Li (理).

Li no es la madera ni el árbol. No es ni siquiera el "crecimiento" como proceso o el tiempo donde acontece. Li es algo más sutil, más escurridizo… Quizás como un primer entendimiento es algo más filosófico o metafísico. Es el principio organizador que hace que las cosas se ordenen de la manera en que se ordenan. Es la razón por la que el agua fluye hacia abajo y no hacia arriba, por la que los cristales forman geometrías perfectas, por la que tu corazón late y todo tu cuerpo realiza las funciones fisiológicas que realiza.

Li, sin ser algo literal, es la inteligencia sin intención. El orden espontáneo que mantiene la armonía y el equilibrio, el juego de la dualidad. El patrón que emerge no porque alguien lo está haciendo emerger, sino porque esa es simplemente la naturaleza de las cosas cuando se les permite ser… como ese girasol que crece en una perfecta geometría sin la necesidad de un experimentado arquitecto.

Los antiguos taoístas observaban esto en todas partes. En las vetas de los cristales de jade, en el flujo de las corrientes de los ríos, en la formación de las nubes, en el movimiento de las estrellas. Y se dieron cuenta de algo que la mente devota y racional lucha por comprender o aceptar: el universo no necesita un hacedor externo para estar perfectamente ordenado. (Por eso tú tampoco).

No hay un Dios del Río decidiendo intencionalmente cada curva del cauce. Hay agua siguiendo el principio de menor resistencia, la gravedad, la topografía del terreno… Y el resultado, desde la contemplación, es perfecto sin que nadie haya "intentado" que fuera perfecto.

¿Recuerdas el toroide del que hablamos hace unos días? Ese centro vacío que permite todo el movimiento, toda la circulación de energía. Li se puede expresar de esa manera. No es una cosa o un alguien como tal, no es una entidad. Es el vacío organizador, el espacio sin forma que permite que todo lo demás tome forma. Resumiendo, el Misterio.

Y entonces se decide llenar el Misterio con rostros

Aquí es donde, en esas conversaciones que te contaba al principio, las cosas se ponen interesantes. Y seguramente un poco incómodas.

Porque nosotros, los humanos, no toleramos muy bien el misterio puro, absoluto. El vacío nos inquieta. La idea de confiar en un principio sin rostro, sin nombre, sin historia... nos genera una ansiedad existencial bastante intensa. Y si no te parece así, enumera la cantidad de dioses y representaciones que la raza ha creado a lo largo de su historia.

Queremos algo a lo que rezar. Alguien que nos escuche cuando lo pasamos mal. Un padre celestial, una madre universal, una corte de santos, bodhisattvas o ángeles que intercedan por nosotros cuando se lo pedimos… faltaría más. Queremos algo parecido a un contrato: si hago esto, poner una vela, rezar un rosario, recitar tu nombre en alabanza… tú me das lo que te pido. Queremos negociar, sentir que hay alguien allá arriba que puede intervenir en nuestro favor, a veces en el favor de nuestro equipo de fútbol preferido, imagínate!!!

Y así nacen los panteones y todas las mitologías del mundo que, en el fondo, son formas de llenar ese vacío central con algo más manejable, más humano, más cercano y comprensible. Una especie de apego a la forma humana que se proyecta en el invisible para tener la sensación de saber lo que es y, en muchos casos, de matar por él.

Sin asegurar que esto sea malo, ni que las deidades no existan o que la devoción religiosa sea inútil, ya que millones de personas encuentran consuelo, estructura, comunidad y propósito en esas tradiciones teístas; para una madurez existencial esa muleta en la que apoyarse para no sentir el vértigo del Vacío ya no se hace necesaria.

Digamos que confiar en Li, en el Misterio, requiere un tipo diferente de coraje, de valor, de entereza.

Una entrega hacia lo que no tiene forma, a lo que no promete salvarte si cumples ciertas reglas. En lo que simplemente... es, y permite que todo sea no para o desde un entendimiento personal, sino para una comprensión transpersonal, existencial..

Es la misma observación que hicimos cuando hablamos del toroide humano: Occidente, y siendo honestos buena parte de las religiones organizadas, ha llenado el centro con formas tangibles en lugar de permitir que el Vacío fértil se manifieste sin un rostro.

Dioses con nombres y atributos específicos. Historias elaboradas para humanizar lo inexplicable. Templos donde poder pedir, rogar o buscar su mirada. Textos donde están sus palabras aunque estas, sugieran que no son suyas. Como ves, una manera muy creativa e ingeniosa de llenar el centro.

Li propone confiar en el Vacío sin forma, y esa incertidumbre abruma.

La danza que no necesita un coreógrafo divino

Hace unos días os contaba sobre girar como los derviches hasta desaparecer. Ese momento donde ya no hay un "yo" que gira, sino un movimiento con vida propia que uno puede atestiguar.

Y algo que no mencioné entonces pero que se vuelve relevante ahora es esto: cuando desaparecí en el giro, no había una presencia divina haciendo que girara. No sentí una mano celestial sosteniendo mi equilibrio. Había Li.

El principio metafísico que hace que un cuerpo en rotación tienda a mantenerse en rotación. La física del movimiento circular. La biología del oído interno calibrando el equilibrio. La neurología adaptándose al mareo. Todo eso operando junto, sin que nadie estuviera "coordinando" intencionadamente cada elemento, cada proceso… ocurre porque es su naturaleza, como lo es la del agua que moja, o la del sol que luego te seca. Y ambos procesos manifiestan la naturaleza de su cualidad.

Eso es Li. El patrón que permite que la danza ocurra cuando sueltas el control. Y, es posible que a la hora de experimentar algo así, haya cierta necesidad de crear una explicación tangible a esa magia o milagro.

El Pez Koi, en su largo viaje río arriba, no encontró a un Dios del Río Celestial que le dijera exactamente cómo nadar contra la corriente. Lo que encontró fue el río mismo. Y el río ya sabía fluir. El agua ya sabía recorrer su camino.

Y cuando el Pez Koi finalmente se rindió a esa inteligencia misteriosa, cuando dejó de buscar algo fuera del río para que le explicara cómo llegar a un paraíso... ahí fue cuando todo se volvió simple y verdadero. El río, el pez, el fluir. Todo uno. Todo es Li manifestándose como multiplicidad.

El desafío de confiar en lo desconocido

Aquí está la parte compleja, ese momento donde mucha gente retrocede y dice "No, gracias, prefiero mi dios personal".

Confiar en un dios con forma, con nombre, con atributos, es psicológicamente y humanamente más fácil. Puedes imaginarte que te escucha cuando rezas. Puedes creer que interviene en los asuntos humanos porque estás acostumbrado a relacionarte con la realidad desde un yo hacedor. Puedes tener la sensación de que hay alguien ahí, del otro lado, prestando atención y guiando tus pasos.

Confiar en Li es más naturista en el sentido de desnudo. Más vulnerable. Más... silencioso.

Es como la relación con el bebé que se desarrolla en el útero. La madre confiaba completamente en un proceso que está fuera de su control. Una relación ancestral con la vida pues, esos procesos biológicos se autogobiernan desde hace millones de años antes de que se inventara la idea de un dios creador. Desde épocas milenarias el ser humano simplemente vivía entregado a la vida en plena confianza en Ella. Porque, antes de las religiones, no existía otra cosa en qué confiar.

Esa es la confianza en Li.

Es regresar a ese estado de rendición total, sabiendo esta vez que no hay un "quién" sosteniendo todo. Hay un "qué". Hay un principio, o un patrón, o una inteligencia auto organizadora que no piensa cómo ordenar pero ordena. Que no planea pero estructura… Sin intermediarios. Sin sacerdotes que interpreten la voluntad divina. Sin textos sagrados que te digan exactamente qué y cómo hacer. Sin rituales que garanticen los resultados egoicos que exige el desvalido espiritual.

Solo tú y el Misterio. Sin máscaras, sin nombres ni rostros inventados entre ambos.

Si crees que esto es una reflexión propia, déjame compartirte algunos pasajes del Tao Te Ching y dime si lo habías entendido así:

Verso 1: “Libre de deseos, se puede contemplar el Misterio. Atrapado en el deseo, solo se ven las manifestaciones".
Verso 25: “Antes aún que el cielo y la tierra ya existía lo inexpresable. Algo vacío y silencioso... No sé su nombre, pero lo llamo ▢△O(Tao)".

El descanso en lo sin-forma

Vuelvo a esa conversación del principio. Tal vez la persona que me preguntó en qué creo, o a quién rezo, probablemente siga un poco confundida. O directamente desolló mi respuesta porque confrontaba con su sistema de creencias.

Pero, como podrás imaginar, Li no necesita que la gente lo entienda para seguir ordenando el universo. Las vetas de los árboles seguirán formándose en su madera. El agua seguirá fluyendo cuesta abajo. Tu corazón seguirá latiendo y las galaxias seguirán girando en espirales invisibles.

Li no busca creyentes, no necesita templos ni una defensa frente a una creencia. Y sabes porqué, porque como concepto, como verbo, es impersonal. Mientras que tú te has acostumbrado a entender la vida, y por consiguiente a relacionarte con ella, en términos personales, la vida opera desde lo impersonal. Li se atestigua desde lo transpersonal y, si tú operas desde lo personal, quizás hayas aceptado la humanización del Misterio para sentir cierta seguridad.

Pero realmente... tú no necesitas ese rostro ni ese nombre que hace tangible a la divinidad. Tal vez eso que buscas está relacionado con este reconocimiento existencial. No para beneficio de Li, sino para el tuyo propio.

Porque hay algo profundamente liberador en soltar la necesidad de un dios que te escuche. En dejar ir la fantasía de que puedes negociar con el universo. En renunciar a la idea de que si haces todo "bien", serás recompensado, y si haces algo "mal", serás castigado.

Li no funciona así. Li no castiga ni recompensa. Li simplemente permite que las cosas sigan su naturaleza. Y cuando tú te alineas con tu propia naturaleza... la vida fluye. Cuando luchas contra ella... te agotas y, antes o después, llegará la crisis existencial.

Simple. Quizás no sencillo, pero simple.

Un guiño hacia lo que viene

Hay algo más que los taoístas observaron en ese Misterio, algo que apenas estamos comenzando a redescubrir desde la ciencia moderna.

Lo llamaban Ziran (自然) - la espontaneidad natural. La capacidad de las cosas de organizarse a sí mismas sin una dirección externa.

Y resulta que ahora, en el siglo XXI, algunos científicos están proponiendo que así fue exactamente cómo surgió la vida en este planeta. Una especie de auto-organización espontánea manifestando patrones cada vez más complejos hasta que esos patrones, se volvieron tan intrincados que comenzaron a replicarse, a evolucionar, a volverse autoconscientes. Lo pre-personal en una dimensión existencial. Pero eso... eso es tema para otra entrada.

La práctica de reconocer Li

Hoy te voy a pedir algo muy simple. Algo que puedes hacer ahora mismo, en este momento.

Mira a tu alrededor. Encuentra algo natural. Un pedazo de madera, una planta, una piedra. Si estás en un edificio sin ventanas, mira tus propias manos.

Observa el patrón. Las vetas, las líneas, la textura, la forma.

Y pregúntate: ¿Quién diseñó esto? ¿Qué inteligencia lo ordenó de esta manera específica?

La respuesta, cuando la dejas asentarse sin forzarla, es: nadie, nada. Li. El patrón emergente. La inteligencia organizadora sin organizador. El vacío fértil permitiendo que la forma tome... forma.

Luego, si te atreves, pregúntate esto:

¿Puedo confiar en que ese mismo Li está ordenando mi vida, incluso cuando no entiendo el patrón ni el sentido que hay detrás de ello? ¿Incluso cuando parece caótico, cuando parece injusto, cuando parece que nada tiene sentido?

¿Puedo confiar en el Misterio sin ponerle rostro?

No es un ejercicio para "lograr" algo. Más bien es una propuesta para mirar, para reflexionar, para indagar dentro tuyo, y quizás... reconocer.

Reconocer que siempre has estado nadando en Li. Que cada respiración, cada latido, cada pensamiento que surge y se disuelve... todo eso es Li manifestándose a través de ti.

Como el derviche que gira hasta desaparecer, confiando en que la gravedad lo sostendrá. Como el Pez Koi que finalmente dejó de buscar el río celestial y se dio cuenta de que siempre estuvo nadando en él. Como el bebé en el útero, flotando en aguas que lo sostienen sin que él sepa siquiera que es sostenido.

Esa confianza. Esa rendición. Ese reconocimiento.

Eso es lo que significa confiar en Li.

Y ahí, quizás descubras que Li nunca necesitó tu fe o tu creencia para sostenerte. Pero tú sí necesitabas reconocer a Li para finalmente descansar.

¿Qué momentos, quizás mágicos, has vivido al entregarte a Li, al misterio de la vida? ¿Puedes, aunque sea por un instante, confiar en el Misterio sin ponerle rostro? ¿Puedes soltar la necesidad de un dios que te escuche y simplemente... fluir en Li?

En nuestra próxima entrada de la sección Tao exploraremos Ziran - la espontaneidad natural - y cómo la vida se organiza a sí misma sin necesidad de un organizador. Veremos cómo la ciencia moderna está redescubriendo lo que los antiguos taoístas ya sabían: que el orden emerge del caos no por imposición, sino por Li permitiendo que las cosas sean exactamente lo que son.

Etiquetas:

#Li#Tao#misterio#orden natural#Wu Wei#espiritualidad sin dios#no dualidad#consciencia#Escuela de Libertad#principio organizador

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