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La Casa del Espíritu (Parte 2)
Lo que mi maestro sabía que yo aún no intuía.

Tiempo después, en un retiro que impartía junto al equipo de la escuela de medicina china en la que hacía clases, al terminar una práctica de meditación junto al mar, los alumnos me pidieron que nos quedáramos para charlar, e inmediatamente supe que esa noche prometía ser larga.
Después de contarles algunas historias con mis maestros y de hablar de técnicas místicas de la tradición Fang Shi mientras contemplábamos el atardecer en una cala del Pacífico chileno, uno de los alumnos comenzó a intuir algo y empezó a hacer preguntas algo más inusuales que las del resto de sus compañeros.
Ya en la oscuridad de la noche, y sumergidos en un ambiente misterioso que abrió una atención hipnótica, apareció la pregunta incómoda sobre la muerte como experiencia iniciática.
Cuando conté lo que había ocurrido en aquella habitación a los que aún seguían conmigo y sentía que eran iniciados más que alumnos, la reacción de incredulidad, de alarma y de sobrecogimiento creó un silencio sobrio.
¿Y lo llamas maestro después de ponerte en riesgo de esa manera?
Y la verdad es que entiendo la reacción. Vivimos en una época donde la espiritualidad se ha domesticado hasta volverse segura, predecible y cómoda para el ego. Donde los retiros incluyen seguro médico y protocolos de intervención si se despierta alguna crisis. Donde la transformación interior se vende en capítulos de ocho semanas con garantía de devolución si no es lo que esperabas.
Y desde esa perspectiva, lo que viví con mi maestro de Tao parece una aberración. Algo peligroso, inmoral e ilegal. Algo que no debería ocurrir pues hay que cuidar al “yo” en su transformación, no exterminarlo de raíz.
Pero lo cierto es que hay otra perspectiva. Una mucho más antigua, legendaria. Una que abarca culturas, continentes y milenios de sabiduría con una consistencia que no puede ser mera coincidencia.
Lo que ocurrió en aquella habitación tiene un nombre. Y ese nombre aparece en casi todas las tradiciones que han desarrollado seres verdaderamente transformados, iluminados, trascendidos.
Se llama muerte iniciática.
Algo muy diferente a la muerte simbólica que ofrecen algunas tradiciones, diría que pseudo espirituales, ya que, si la experiencia es solo una representación, poco tiene que ver con una iniciación verdadera. Más bien se asemeja a una escena teatral que a una experiencia trascendental de Liberación.
Lo que Mircea Eliade encontró en todas partes
Mircea Eliade fue uno de los historiadores de religiones más prolíficos del siglo XX. Pasó décadas buceando por los ritos de iniciación de culturas de todo el planeta, desde las tribus siberianas hasta los misterios griegos, desde las tradiciones australianas hasta las escuelas herméticas medievales. Por oriente, por África, por el continente americano… Se metió en todos los rincones esotéricos de cada tradición.
Y encontró algo que, incluso desde el relativismo cultural, no se puede explicar con claridad.
Un patrón similar. En todas partes. Una especie de geometría sagrada vinculada a las iniciaciones espirituales más elevadas.
En sus obras sobre chamanismo, Eliade documentó que todas las experiencias extáticas que deciden la vocación del futuro chamán se tejen bajo una misma estructura de ceremonia iniciática: éxtasis, muerte y resurrección.
Y no son ceremonias metafóricas donde se representa a la muerte. Son experiencias literales, reales.
Relatos donde el iniciado era transportado al mundo de los espíritus. Allí encontraba un guía espiritual que lo ayudaba a regresar, generalmente tras ser devorado por la oscuridad, habiendo experimentado una transformación que le aportaba los poderes psíquicos y espirituales para trascender la muerte.
El futuro chamán experimentaba una disolución radical de la persona vieja que fue antes de la experiencia, y el ser que salía y regresaba de ella ya no era el mismo que había entrado. No podía serlo pues algo fundamental había cambiado en la estructura de su consciencia. Y ese cambio era exactamente el propósito del ritual.
La muerte del humano, y el nacimiento del Espíritu que guiaría a la comunidad.
Eleusis: el teatro subterráneo donde Grecia aprendió a morir
Durante más de dos mil años, desde el siglo XV antes de Cristo hasta su prohibición en el siglo IV de nuestra era, miles de peregrinos llegaban cada otoño a una ciudad a las afueras de Atenas.
Llegaban personas de todo el Mediterráneo, tal vez de tierras más lejanas. Viajaban sacerdotes y soldados, filósofos y comerciantes, emperadores y buscadores de la Verdad. Platón fue iniciado en ese lugar, al igual que Marco Aurelio. Y Cicerón escribió que los Misterios de Eleusis habían enseñado a los hombres no solo a vivir con alegría sino a morir con libertad.
¿Qué ocurría en Eleusis que durante veinte siglos generó ese efecto en quienes se adentraban en sus misterios?
Los rituales que allí se oficiaban proporcionaban a los iniciados una visión del más allá tan poderosa, que lograba cambiar la forma en que veían el mundo y el lugar que ellos ocupaban en él. Los participantes se liberaban del miedo a la muerte a través del ritual central que ocurría en el Telesterion, un lugar subterráneo donde los iniciados tras experimentar un ayuno extremo, bebían el kykeón, una preparación psicotrópica que contenía ergot, el hongo del que deriva el LSD, para experimentar la epopteía, la visión directa.
Nadie sabe con certeza lo que ocurría dentro del Telesterion. Los iniciados juraban silencio bajo pena de muerte. Quienes entraron guardaron el secreto hasta la tumba aunque, dentro de la tradición, los propios hierofantes, los sacerdotes, hacían mención de lo que allí se ofrecía a los buscadores. Hablaban de visiones extrañas, y de un miedo atroz que daba paso a algo tan luminoso que cambiaba para siempre la manera de entender el final de la vida.
Quienes salían del Telesterion no eran los mismos que habían entrado la noche anterior. Algo en su relación con la muerte había cambiado de forma irreversible.
Una vida con mayor alegría. Una muerte con mayor ligereza.
¿No es exactamente eso lo que cualquier camino contemplativo genuino busca producir en los aprendices?
Osiris y los textos que solo el faraón podía leer
Tres mil quinientos años antes de que los griegos destilaran sus Misterios, otra civilización ya había comprendido algo fundamental sobre la muerte y la consciencia.
En el Egipto del Imperio Antiguo, hacia el año 2400 antes de Cristo, los sacerdotes grabaron en las paredes de las cámaras funerarias de las pirámides los Textos de las Pirámides.
En ellos quedaron grabados por escrito los conjuros y sortilegios que los sacerdotes egipcios recitaban a la muerte del faraón, como una invocación de los rituales que habían permitido a Isis conseguir la resurrección de Osiris.
De igual manera, el Libro Egipcio de los Muertos consta de aproximadamente 200 hechizos para asistir al difunto en los distintos desafíos que encontrará en el más allá. El hechizo más famoso describe el Juicio de Osiris, donde el corazón del difunto era pesado contra la pluma de Maat. Algo que más tarde, aunque con algunos cambios de forma que cada tradición le dio, fue absorbido por judios, cristianos y árabes como parte del “juicio final”.
Pero lo que raramente se menciona es que estos textos no eran solo para los muertos. Eran también, y quizás principalmente, para los vivos que buscaban comprender la naturaleza de la muerte antes de encontrarla corporalmente. Los sacerdotes egipcios de los grados más elevados practicaban lo que podría llamarse “una muerte controlada”. A través de prácticas místicas alcanzaban estados meditativos tan profundos que la consciencia abandonaba temporalmente el cuerpo para navegar los territorios que el Libro de los Muertos describe.
Y esto no era una preparación teórica o simbólica como tiempo después desarrollaron las logias, era un ensayo real en donde no todos los iniciados lograban regresar del viaje.
Diría que era la misma lógica que mi maestro de Tao aplicó en aquella habitación cerrada.
Hiram Abiff y la logia donde se muere para renacer
Hay una frase que circula en los ambientes masónicos que dice algo así: en la logia se muere para volver a nacer.
La Masonería es ampliamente conocida como escuela de conocimiento con rituales secretos, pero lo que raramente se comprende desde fuera es el eje central de su sistema iniciático, especialmente lo que está vinculado al grado de Maestro.
Dentro de toda la trama de rituales y enseñanzas hay un objetivo muy concreto sobre la muerte iniciática: la transformación interior del individuo.
Se sabe que el ritual del tercer grado gira en torno a la figura de Hiram Abiff, el legendario arquitecto del Templo de Salomón que fue asesinado por tres compañeros que intentaban arrancarle el secreto de la palabra del Maestro. En dicho ritual el candidato representa a Hiram y vive simbólicamente su asesinato, para después ser resucitado.
El que traspasa el ritual ya no es el mismo que caminó hacia él. El ritual sirve como rito de paso para que el iniciado muera como aprendiz y resucite como Maestro. Un título, o un grado, que se otorga tras la transformación en la estructura de la consciencia que ha generado la experiencia de haberse encontrado, aunque sea simbólicamente, con la propia muerte.
Y aunque a día de hoy esto sea una representación simbólica de la muerte del ego y de las debilidades humanas con las que conseguir cierto reconocimiento social o comunitario, hay historias secretas dentro de las hermandades que cuentan que en otras épocas todo esto era parte de un encuentro real con la muerte.
El patrón que lo atraviesa todo
Si todo lo anterior te parece fascinante, espera porque aún hay más. Mucho más.
Pitágoras y la cueva de Samos
Antes de que existiera ninguna academia filosófica en Occidente, Pitágoras desarrolló en Samos un sistema iniciático que su biógrafo Jámblico describió de forma inquietante para quien lo lee sin el contexto adecuado.
En el texto se menciona que los candidatos a ingresar en la escuela pitagórica pasaban un período de silencio absoluto que podía durar años. Durante el proceso, en la etapa más crítica, descendían a una caverna para permanecer allí durante días en total oscuridad. Para algunos, como Jung que describió estos ritos como símbolos psicoespirituales, el descenso a la cueva representaba el viaje al inframundo. Mientras que el regreso a la luz exterior simbolizaba el renacimiento.
Algo parecido al viaje de Minos al mundo subterráneo y los rituales de incubación en las grutas oraculares de la antigua Grecia. El patrón es muy similar al del chamán, o al de las iniciaciones en Eleusis. Solo cambia el lenguaje filosófico que lo envuelve.
Pero todos ellos comparten algo como experiencia para el individuo, el que salía no era el mismo que había entrado.
Juan el Bautista y las aguas del Jordán
Lo que la historia académica documenta es que Juan el Bautista estuvo vinculado a los Esenios de Qumrán, una comunidad que practicaba un bautismo de iniciación por inmersión total como rito de entrada a la comunidad. Sorprendentemente, lo que la lingüística dice con precisión es que la palabra griega baptizō, de donde viene bautismo, significa literalmente sumergir hasta ahogar, utilizada para describir el hundimiento de un barco o el ahogamiento de una persona. Es decir, no se refiere a una inmersión suave y ceremonial. Lo que el significado de la palabra elegida para describir aquellos rituales lo que dice es que allí ocurría una sumersión radical, no simbólica.
Lo que circula en ciertos linajes esotéricos, y que para algunos es una especie de leyenda iniciática, es que el bautismo de Juan en el Jordán era literalmente un acto que llevaba al iniciado al umbral del ahogamiento. Que el iniciado era sumergido hasta el límite, hasta que el cuerpo sentía el aliento de la muerte, y era devuelto a la superficie tras la aceptación de su final, no antes ni durante su lucha. Pablo de Tarso lo sugiere veladamente cuando escribe: "¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para morir por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva".
¿Esto era una metáfora o una descripción?
¿Fue el bautismo de Juan literalmente una iniciación por la muerte? Quizás ninguno de nosotros tenemos esa respuesta, pero la lingüística, que describe el contexto esotérico en que Juan operaba, y la teología paulina apuntan en esa dirección.
El sufismo y la muerte que se busca antes de morir
En la tradición sufí existe un hadith, un dicho atribuido al Profeta Mahoma, que resume con elegancia lo que todas las tradiciones que estamos viendo practican de manera distinta:
"Muere antes de morir y descubrirás que no hay muerte".
Y es que, los grandes maestros sufíes como Rumi, Ibn Arabi o Al-Hallaj, desarrollaron fórmulas contemplativas para inducir estados de fana, literalmente aniquilación, donde el ego se disuelve en el Vacío y algo más vasto que la personalidad ocupa su lugar. Un encuentro autoinducido, directo, con lo que permanece cuando el “yo” que creemos ser deja de estar.
La propuesta era tan radical para los “simplemente” religiosos que Al-Hallaj fue ejecutado después de una brutal tortura en el año 922 por proclamar “Yo soy la Verdad” mientras se encontraba en ese estado de Unidad. Sus últimas palabras antes de la ejecución fueron de tal incomodidad para sus verdugos que provocaron un intento de silenciar a las corrientes místicas que profesaban sus palabras. Dijo: “Todo lo que importa para el que está en éxtasis es que el Único lo reduzca a la Unidad”. Inmediatamente después, recitó el versículo coránico 42:18 que dice: “Los que no creen en la última hora son arrastrados a ella con prisa; pero los que creen la esperan con un temor reverencial, pues saben que ella es la Verdad”.
Y es que, incluso en ese estado de extremo dolor que vivió antes de su ejecución, evidenció la diferencia entre los que representan la muerte como símbolo de transformación, y los que realmente van a su encuentro como portal de trascendencia.
Los Fenicios y el nacimiento desde las aguas
Anterior a eso en la religión fenicia, una de las más antiguas del Mediterráneo y fuente directa de muchas tradiciones posteriores, el bautismo era comprendido como el ahogamiento literal. Y es que el iniciado descendía a través de grutas a las aguas del mar con la intención de tener un encuentro con la muerte, para emerger, si es que ocurría, purificado.
Pero para ellos el agua no era un símbolo de purificación como tal. No se sumergían en ellas como lo hacen los mormones o los luteranos de la actualidad, ni tampoco como un acto de entrega y conversión a una comunidad como los pentecostales, para los antiguos fenicios ese viaje a las profundidades del agua era una verdadera prueba hacia la resurrección.
Inanna y el descenso al Gran Abajo
Y aún anterior a todo eso, cuatro mil años antes de que Platón describiera la Atlántida, antes de que los egipcios grabaran los primeros Textos de las Pirámides, los escribas sumerios dejaron por escrito el relato iniciático más antiguo que conservamos sobre la muerte… Tal vez sea él el responsable de las historias anteriores que vivieron los buscadores que se apoyaron en este mito.
Inanna, diosa del cielo, del amor y de la guerra, decide descender al Gran Abajo, al inframundo. El texto dice que "puso su oído en el Gran Abajo" para escuchar lo que habita en la oscuridad más profunda.
El relato cuenta que para descender debe atravesar siete puertas. Y en cada una le es arrebatado un atributo de su poder, desde su corona, sus joyas, su manto real y su collar de lapislázuli, hasta el último vestido que la cubre. Llega desnuda y despojada ante la reina del inframundo, su hermana, que la mata. Su cadáver cuelga de un gancho durante tres días…
Y luego regresa, transformada.
Lo que los eruditos llaman mito cosmológico es, leído con ojos iniciáticos, un mapa detallado del proceso que todas las demás tradiciones describen: el despojo voluntario de todo lo que uno cree ser, el encuentro con la propia muerte, y el regreso de un ser transformado.
Y el detalle que más me impacta de este relato milenario es que Inanna no “cae” al inframundo, tampoco es raptada y llevada a él. Ella elige descender y conocer esa oscuridad.
El Chöd tibetano: la muerte como práctica cotidiana
Si las tradiciones anteriores presentan la muerte iniciática como un rito de paso singular, el budismo tántrico tibetano hizo algo aún más fundamental: la convirtió en una práctica diaria.
El ritual de Chöd, que significa literalmente cortar, fue desarrollado por la maestra Machig Labdrön en el siglo XI y sigue practicándose hoy en los linajes del Vajrayana. Su esencia es extraordinariamente directa: el practicante, generalmente solo en un lugar considerado aterrador como un cementerio, una cueva o un lugar donde alguien murió, visualiza en meditación su propio desmembramiento. En la práctica como tal, el iniciado ofrece su cuerpo como alimento a todos los seres y, en el estado de trance que va adquiriendo durante el tiempo que dura su retiro, logra ver su propia muerte al ser devorado. Es ahí donde el individuo desaparece, muere, y la consciencia comienza a separarse del cuerpo hasta contemplar la disolución de todo lo que considera su identidad.
Imagínate, una práctica meditativa sostenida en la muerte hasta que se produce un efecto real en la estructura interna del practicante, cuyo objetivo no es el bienestar ni la paz mental. Lo que busca la práctica como tal es el corte de raíz del apego al “yo”... al yo como cuerpo, como identidad psíquica y como historia personal. Es el entrenamiento sistemático y metodológico de la consciencia para soltarse de lo que cree ser.
De ahí que, cuando le llega la muerte real al practicante de Chöd, no se aterra por la llegada de algo desconocido pues para él, es un encuentro con algo que habita en su interior.
Las Bodas Alquímicas de Christian Rosenkreutz
Más recientemente, en 1616, apareció en Europa un texto anónimo que sacudió los círculos herméticos de la época. Se titulaba Las Bodas Alquímicas de Christian Rosenkreutz que describe un proceso alquímico de siete días: el viaje iniciático del fundador legendario de la Hermandad Rosacruz.
El texto es deliberadamente críptico. Está escrito para ser comprendido por quien ya tiene los ojos para reconocer lo que se esconde entre sus líneas. Pero su estructura iniciática es inconfundible. Por ejemplo, en el tercer día, Rosenkreutz contempla la decapitación de todos los candidatos a la iniciación, incluido él mismo. En el cuarto, los cuerpos son preservados, y en el quinto y el sexto ocurre la resurrección como resultado del proceso alquímico que supuestamente está oculto en las páginas del libro.
Lo que hace fascinante a Las Bodas Alquímicas en el contexto de lo que os estoy contando hoy, es que fue escrito en pleno siglo XVII, en el corazón de una Europa que ya había comenzado a desacralizar el conocimiento espiritual. Y aparece este texto como un mapa hermético que describe exactamente el mismo proceso que Eleusis practicaba dieciséis siglos antes, que Inanna describió cuarenta siglos antes, y que los chamanes anónimos de diferentes partes del mundo practican incluso a día de hoy.
Y es que el patrón no envejece. Solo cambia el ropaje cultural con que se presenta al iniciado que busca la Verdad.
Pero, ¿qué tienen en común todas estas tradiciones?
Que en todas ellas la transformación real, la que produce un cambio genuino e irreversible en la naturaleza de quien la experimenta, no puede ocurrir sin pasar por el umbral de la muerte.
Tal vez no se refieren a una muerte física como tal, pero sí algo suficientemente cercano a ella como para producir el mismo efecto: el colapso temporal de la ilusión de permanencia del “yo”. La disolución forzada de la certeza de que somos lo que creemos ser. El encuentro directo con la sobria impermanencia de todo lo que consideramos nuestra identidad.
Y el individuo que retorna de ese encuentro, cuando la consciencia regresa de él, es muy diferente del que entró.
No es una diferencia como “mejor” en el sentido moral. Me refiero a un “diferente" en el sentido ontológico. Con acceso a una comprensión que no puede adquirirse de ninguna otra manera porque el precio de esa comprensión es exactamente ese: haber estado suficientemente cerca del final como para saber, desde el cuerpo y no desde la mente y la teoría, que hay algo que no termina cuando el cuerpo se deja atrás.
Lo que mi maestro sabía
Cuando regresé de aquella experiencia en la habitación con mi maestro, tardé días en poder hablar con otro ser humano.
Pasé varios días solo hasta que pude regresar para volver a mirarle a los ojos… Y lo primero que le pregunté fue por qué.
Obviamente no respondió. Me miró fijamente y, una vez más, estableció una conversación telepática donde escuché: "No podía enseñarte lo que necesitabas saber. Solo podía ponerte en el lugar donde lo pudieras aprender".
Eso es exactamente lo que Eleusis hacía con sus iniciados. Lo que en las pirámides egipcias hacían con los sacerdotes de los grados más elevados. Lo que los chamanes hacen con sus aprendices.
La diferencia entre una tradición comprometida con la Verdad del Ser y una que opera por y para el ego no está en las ideas que enseña.
La diferencia radica en si está dispuesta a llevarte al umbral y esperar, a que uno encuentre la forma o la fórmula de regresar.
Porque el ego puede aprender técnicas, acumular conocimientos psicoespirituales y años de prácticas sofisticadas, y nunca experimentar un cambio fundamentalmente profundo. El ego es extraordinariamente adaptable. Puede sobrevivir a décadas de meditación sin ser tocado en lo esencial si la meditación nunca lo confronta con el precipicio. Y a día de hoy, que tantos inciensos y pétalos de rosas se le colocan para que no se sienta incómodo, ¿cuándo va a ocurrir?... desde donde yo lo veo, nunca.
Solo el encuentro con la propia desaparición, aunque sea temporal, aunque sea simbólica o inducida, produce el tipo de transformación que las tradiciones auténticas llevan milenios señalando, y que quizás sea lo que requiere La Gran Bifurcación.
Y el dedo que señala, no lo hace hacia el conocimiento de que somos algo más que el ego, que la personalidad.
El dedo señala hacia la experiencia directa, en el cuerpo y a través de él, de que algo permanece cuando el ego colapsa.
Una experiencia que no puede transmitirse en un libro, ni en un resort con vistas al Himalaya, ni en un podcast de espiritualidad que plantea el mindfulness como herramienta para mejorar la productividad empresarial.
Esa experiencia solo puede ser vivida, como ocurre con un parto, y no es algo de lo que se pueda teorizar.
Y los maestros que la custodian, desde los hierofantes de Eleusis hasta los chamanes de la tradición Fang Shi, lo saben.
Por eso, además de enseñar técnicas o prácticas, crean las condiciones necesarias para que ocurra.
¿Conocías alguna de estas tradiciones iniciáticas? Y si la transformación real siempre ha requerido pasar por ese umbral, ¿qué cambia en tu manera de entender tu propio camino espiritual?
En la próxima entrada perteneciente a la sección Evolución Humana, indagaremos sobre el sortilegio con el que la larva astral intenta engatusar al buscador espiritual.
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