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I Ching

I Ching Artist: La Flor de tu Vida

El símbolo para tu evolución que llevas escondido desde antes de nacer.

Chen Tuan Li © Reg. 2604175312333
17 de abril de 2026
18 min de lectura
I Ching Artist: La Flor de tu Vida

Lo que los Avatares Siempre Supieron

Hay una frase que aparece, con distintas palabras y en distintas tradiciones, que a día de hoy me parece que tiene una trascendencia y profundidad asombrosa.

Los gnósticos del siglo II decían que la chispa divina estaba atrapada dentro del ser humano, esperando ser reconocida. El Evangelio de Tomás - ese texto incómodo que las primeras iglesias prefirieron no canonizar - recoge estas palabras atribuidas a Jesús: "El reino está dentro de ti y está fuera de ti". Los Upanishads hindúes llevan milenios señalando que el Atman - el Ser más profundo - es idéntico al Brahman, la totalidad del universo. Los maestros zen dicen que la naturaleza búdica no se alcanza: se descubre, porque siempre estuvo en ti. Y Lao Tse, con ese minimalismo en sus palabras que tanto le caracteriza, simplemente apuntó hacia el Tao que fluye en todo y en todos sin que nadie necesite buscarlo fuera.

Tradiciones y épocas diferentes. Lenguas y creencias distintas. Pero el mismo mensaje: lo que buscas no está arriba ni afuera. Está en tu interior. En tu centro.

Más allá de considerar esto como un recurso literario para dar una imagen simbólica de la búsqueda espiritual, le he dedicado décadas a la pregunta: ¿Qué significa esto en la práctica? Insisto, no como una afirmación filosófica, sino como algo más tangible, aún sabiendo que estamos hablando del espíritu… Pero: ¿Cómo accedes a eso que está en tu interior? ¿Cómo lo ves? ¿Eso que está ahí, más allá de percibirse como una luz dorada o la sensación de paz infinita, se logra manifestar aquí afuera?

La respuesta que encontré, después de muchas idas y venidas, tiene que ver con el I Ching. Pero también con la biología, la psicología y el arte... Con el acto, aparentemente insignificante, de dejar que la mano exprese libremente sobre un papel lo que tu consciencia aún desconoce.

Pero vayamos por partes.

La Alumna que Sabía Demasiado para Ver lo Evidente

Hana llevaba varios años estudiando I Ching conmigo cuando me escribió un mensaje donde planteaba algo diferente a sus últimas inquietudes.

No era una consulta sobre hexagramas ni trazos de mutación. Era algo diferente, algo más profundo y trascendente. Podía apreciar esa honestidad que aparece cuando alguien ha estado dando vueltas a algo durante semanas y finalmente decide decirlo en voz alta sin pretender resaltar con la pregunta, ni quedar en un lugar superior al resto de los alumnos… esas preguntas que provienen del auténtico buscador.

"Chen, llevo meses pensando en algo y no sé si tiene sentido. Estoy estudiando el I Ching, lo entiendo cada vez mejor, soy capaz de verlo y reconocerlo sin la necesidad del libro y con una claridad que antes no tenía... y, sin embargo, diría que sigo viviendo las mismas cosas de siempre. El consultante cambia, la situación cambia, las personas cambian. Pero hay algo en la estructura de todo que no cambia. ¿Cómo es posible que entienda el I Ching cada vez mejor, la ley de las mutaciones, y al mismo tiempo esté reconociendo la repetición de ciertos patrones?".

Me reí hacia dentro y me quedé unos días con la pregunta antes de responder.

Porque Hana había llegado sola a algo que a muchos estudiantes les lleva años ver, si es que lo llegan a ver. Había descubierto la diferencia entre entender un sistema o una metodología, y percibirlo y reconocerlo en la vida. Entre acumular comprensión intelectual y hacer visible lo que opera por debajo de toda comprensión sobre la manifestación de la vida.

Le dije que tenía toda la razón. Y que lo que acababa de describir no era un estancamiento en su proceso, más bien era la señal de que estaba lista para el siguiente paso.

Que, llegados a este punto, no pasaba por leer más hexagramas sino por dibujarse a sí misma.

Lo que Ocurre Antes del Primer Recuerdo

Espera, necesito darte el contexto antes de seguir porque lo que viene es importante.

La epigenética, una de las ramas más revolucionarias de la biología contemporánea, ha demostrado algo que transforma de raíz la manera en que nos entendemos a nosotros mismos: el entorno en el que se desarrolla el embrión en sus primeros días de vida deja una huella concreta, bioquímica y medible, sobre cómo el genoma va a expresarse en lo que llamamos futuro.

A grandes rasgos, no cambia la información del código genético, pero sí determina qué partes se leen y cuáles permanecerán en modo mute.

Pero el entorno más determinante de todos no es la infancia ni los primeros años de vida. Es algo anterior a todo eso. Según el I Ching de los Fang Shi, es el campo emocional y vibracional que contenía al proceso de división de las primeras células de tu existencia.. lo que tu madre sentía, lo que tu padre cargaba, la historia de la familia, o incluso el inconsciente colectivo que resonaba en el momento en que esa célula primordial comenzaba a multiplicarse. Todo eso quedó inscrito en tu información celular antes de que tuvieras sistema nervioso para procesar nada. Antes del primer latido de tu corazón y, mucho antes de que aparecieran recuerdos, el primer llanto… o incluso el nombre que tus padres encontraron en su lista de opciones.

En esos días donde todo era aún desconocido incluso para tus padres, quedó inscrita una información que determina tus patrones de respuesta y reacción frente a la vida. Una sintonización primal, una especie de partitura vibracional que llevas grabada desde antes de nacer y que años después reconoces, quizás con cierto vértigo, en la similitud de ciertas situaciones recurrentes.

Los maestros de la tradición Fang Shi llevan milenios describiendo cómo cada ser humano porta una impronta vibracional que determina la tendencia o la inercia a vivir las situaciones arquetípicas que están descritas en los 64 hexagramas y en sus 384 trazos (sí, lo que vendría siendo un año lunar aproximadamente). Que el I Ching, en su esencia, no es un oráculo que predice tu futuro, sino un espejo que refleja el patrón desde el que has sido manifestado.

Y es que, estos antiguos sabios creadores de las escuelas del Yin-Yang ya sabían la similitud que hay entre los 64 codones del código genético, y el proceso de división celular que sigue exactamente la misma progresión binaria del I Ching: 1, 2, 4, 8, 16, 32, 64.

Algo parecido señalaban los avatares de todos los tiempos: que el patrón del cosmos entero está inscrito en tu interior. Y no lo decían en plan metafórico. Más bien era una afirmación sobre una geometría real, concreta… emergente a través de tus propias manos cuando las dejas moverse con libertad.

La Mano que Sabe lo que la Mente Ignora

Esto es lo que hice con Hana cuando nos encontramos después de su inquietante pregunta.

Le di un papel y un bolígrafo y le dije que no pensara demasiado en lo que le iba a pedir. Asintió con la cabeza y le dije que dibujara, de manera espontánea, una imagen que para ella representara cada uno de los ocho trigramas del I Ching. Dieciséis dibujos en total: ocho para representar el plan terrenal, y otros ocho para lo celestial.

Conteniendo una carcajada, me miró con una expresión entre sorpresa, curiosidad e incomodidad.

"¿Dibujar? Yo no sé dibujar, Chen".

Le dije que eso era exactamente lo que no quería que pensara. No se trataba de dibujar sabiendo lo que se quiere dibujar, lo que buscaba no era un dibujo bonito sino un dibujo auténtico. Y esa honestidad que le pedía, no viene de la habilidad o la destreza artística sino de soltar el control sobre lo que se quiere pintar, no pensar demasiado antes de mover el bolígrafo, y dejarse llevar por la intención de querer mostrar en una imagen, como símbolo, un trigrama.

Porque lo que ocurre cuando la mano se mueve sin el filtro del pensamiento analítico, según la neurociencia, es que se activan redes neurales completamente distintas a las del pensamiento discursivo. En concreto las asociadas con la memoria implícita, esa memoria que el cuerpo porta sin que la mente consciente tenga acceso a ella, y con las experiencias que ocurrieron antes de que existiera ningún lenguaje para narrarlas.

Exactamente el territorio donde el patrón epigenético vive. Y quizás el mismo territorio donde los avatares señalaban cuando decían que lo divino se encuentra en nuestro interior.

Hoy podemos afirmar que la mano, cuando se suelta, sabe cosas que la cabeza no sabe que sabe. Como el cuerpo, ¿recuerdas al derviche invisible?, esa danza con el Universo sin la necesidad del torpe danzante.

Los dieciséis dibujos de Hana tardaron unos cuarenta minutos en aparecer… le fui acompañando con una especie de meditación guiada y con algunos instrumentos para que, ese estado de ensimismamiento y de consciencia acrecentada fuera más cercano. Cuando terminó, los miré durante un rato en silencio. Luego los combiné para construir su hexagrama personal: el dibujo de su trigrama terrenal abajo, y el que representaba su plano celestial arriba.

Con ello, habíamos dibujado otro símbolo para representar a Tóng Rén. El Hexagrama 13, La Comunidad de los Seres como se lo conoce en la tradición Fang Shi.

Lo interesante no fue ver cómo ahora estaba representado el hexagrama en sí. Lo interesante fue lo que ocurrió a continuación.

Cuando el Patrón se Hace Visible

Tomé el hexagrama personal de Hana y empecé el proceso del I Ching Artist.

Lo dupliqué, lo roté y combiné la imagen original consigo misma al igual que lo hace el óvulo fecundado. Lo volví a duplicar, lo volví a rotar, y así, siguiendo exactamente la misma progresión que la división celular, fui llegando a través de la repetición de un patrón a una imagen que dejó a Hana boquiabierta.

Quizás porque lo que vio como resultado del proceso lo reconoció como algo que siempre había estado en su interior, invisible, esperando ser visto.

Míralo tú mismo.

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Pero, cuando comenzó el baile geométrico y matemático todo cambió de forma súbita. La imagen comienza a dialogar consigo misma y empieza a surgir algo que no estaba en el original… una simetría que el dibujo portaba sin ser visto. Como cuando escuchas una melodía por segunda vez y de repente reconoces algún sonido que la primera vez se te escapó. Bueno, sé que no es un ejemplo literal pero quizás ayude a comprender la vida que radica en todo este movimiento.

Cuatro multiplicaciones, ocho, dieciséis, treinta y dos... Y mientras todo ello gira sobre su centro, el dibujo personal va desapareciendo dentro de algo más grande que lo contiene. Como una voz individual que se funde en un coro sin dejar de ser ella misma.

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Cuando le mostré esa imagen a Hana, algo cambió en su cara.

No fue debido a una comprensión intelectual ya que, la imagen no la estaba observando con la mente. No quería entender lo que veía, lo estaba sintiendo con su cuerpo… como si hubiera entrado en una resonancia existencial con algo que vibraba en su interior.

Estuvo mirándola en silencio un buen rato. Luego dijo..

"Esto lo reconozco. No sé exactamente, pero se me hace familiar aunque es la primera vez que lo veo".

Y añadió, casi susurrando, como pensando en voz alta:

"¿Y tú dices que esto estaba aquí desde antes de que yo naciera?".

Sí, Hana. Para ser más exacto, antes de que anidaras en el útero de tu madre ya estaba ahí.

Lo que empezó siendo el trazo más íntimo y personal de un ser humano intentando expresar lo que hay oculto en su subconsciente, se convierte en una geometría que vibra y resuena con lo más ancestral del Ser. Una geometría que reverbera en cada una de las células que configuran la expresión visible de la divinidad.

Quizás algo así es lo que los avatares querían decir cuando hablaban de lo divino en nuestro interior. Más allá de una luz dorada abstracta, una geometría concreta, manifestándose a través de tus propias manos, para mostrar el patrón más personal que está inscrito como un código vibracional de creación. Tal vez ahora, entiendas por qué somos únicos e irrepetibles, y como esto queda reflejado en tu iris, en tu huella digital y, ahora, en el mandala de tu impronta vibracional.

Lo que el I Ching Siempre Quiso Decirte

Después de contemplar su imagen, trabajamos durante horas con su hexagrama de vida y su geometría. Fue un proceso largo pues, más allá de lo que vimos ese día, el proceso de autoexploración que hizo Hana nos llevó meses indagando en algo que hasta entonces era invisible.

Un día me escribió: "¡Algo ha cambiado! Antes entendía y utilizaba al I Ching como algo externo y diferente a mí, y ahora me veo a mí misma dentro de él".

Esta es su historia, la de alguien que vio su patrón y, desde ese acto de concientización, todo cambió.

Este es el proceso del I Ching Artist, no te lleva a ver el mañana como un sistema para predecir lo que va a pasar. Digamos que, a través de un proceso creativo, artístico y artesanal, surge una tecnología multidimensional que muestra una geometría, como si fuera una fotografía del cristal de agua de tu primera célula, del patrón vibracional que configuró todo lo que eres. Porque ahí, desde ese mandala primordial, se construyó tu cuerpo y con él, toda tu historia personal.

Y esto es lo que los Fang Shi han transmitido de maestro a discípulo durante milenios. No crearon una interpretación sobre los 64 símbolos que conocemos como Hexagramas. Reconocieron en ellos, o mejor dicho representaron a través de ellos, los patrones vibracionales que ordenan la materia, la manifestación de la vida. Por eso, para ellos y para mí, es una manera de relacionarse con la realidad que reconoce que el mayor misterio no está en el futuro o en las estrellas, se encuentra dentro de cada uno grabado, como un sello de identidad, desde antes de nacer.

Y ahora, cuando tu mano se libera y dibuja lo que la mente desconoce, tienes la oportunidad de ver lo que los avatares de todas las épocas señalaron con distintos nombres. Ahora, tienes en tus manos por primera vez, la forma de ver con tus propios ojos la Flor de tu Vida.

Una Práctica para Esta Noche

Antes de dormir, toma un papel y un bolígrafo.

No pienses. No estructures ni decidas qué o cómo... Simplemente dibuja algo. Lo que sea, cualquier trazo que represente cómo te sientes en este momento, o cómo ha ido esta semana. Sin juzgar si está bien o si te gusta lo que has dibujado. Sin intentar que tenga sentido.

Después, solo observa lo que tu mano hizo cuando la dejaste libre…

No tienes que interpretar nada. Solo mirar. Con la misma atención y curiosidad con que mirarías las vetas de una madera antigua, o las nubes moviéndose sin prisa en el horizonte.

A veces lo más importante no es lo que miras, sino lo que Ves cuando te has detenido a mirar.

¿Hay un patrón en tu vida que reconoces pero que no logras explicar del todo con palabras? ¿Has sentido alguna vez que tus manos o tu cuerpo conocen algo que tu mente no sabe todavía?

En la próxima entrada de esta sección, nos adentraremos en el primero de los 64 hexagramas. El Hexagrama 1: Qián, La Fuerza Creadora. La energía pura del Cielo antes de que tome ninguna forma. El potencial antes de convertirse en destino. El origen antes del primer trazo.

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