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El Portal que Nadie Quiere Mirar
Por qué todas las tradiciones místicas apuntan hacia el mismo lugar.

Hay una pregunta que la cultura contemporánea ha decidido, diría que con una eficacia admirable, mantener fuera de la conversación cotidiana, fuera de la reflexión e incluso lejos de cualquier propuesta de bienestar, autoconocimiento o crecimiento personal.
Y no se hace de forma inconsciente ni porque no haya respuestas sobre ello. Más bien se decide que así sea porque el hacerlo, cambiaría todo lo demás hasta el punto en el que resultaría difícil sostener el sistema de prioridades que hemos construido como sociedad.
La pregunta es esta:
¿Qué le ocurre a la consciencia cuando el cuerpo muere? ¿Qué es la muerte?, o incluso ¿Qué es la vida cuando se acepta la muerte como parte de ella?
La última entrada del blog, esa donde cuento mi historia con mi maestro de Tao y un cuchillo en el hígado, es la historia que precede a este intento de mapear desde la ciencia y la mística el territorio que aquella experiencia dejó en el cuerpo, y es que no es lo mismo filosofar o adentrarse a la metafísica con una mente sin la experiencia directa que hacerlo con el recuerdo vívido del cuerpo.
Hoy no vamos a plantear la pregunta desde una teológica abstracta, ni como un debate filosófico en un coffee room. Y es que, no pretendo crear un texto de entretenimiento, más bien busco plasmar ciertas inquietudes para hacerte reflexionar y, quizás, acercarte a una decisión.
Porque la respuesta a esta pregunta determina completamente qué sentido tiene vivir.
Digamos que si la consciencia simplemente cesa, si la muerte es el apagado definitivo del complejo sistema biológico, entonces el único marco razonable para una vida es el hedonismo ilustrado. Maximizar la experiencia, minimizar el sufrimiento, dejar algún rastro en la memoria de los que continúan, y disfrutar sin importar cómo.
Por otro lado, si la consciencia continúa de alguna forma, si hay algo que persiste más allá de la disolución del cuerpo, entonces casi todo lo que la cultura contemporánea considera prioritario pierde su relevancia de golpe. Y casi todo lo que considera irrelevante como el cultivo interior, la práctica contemplativa o la calidad de la consciencia en el momento de la muerte, se convierte en lo más importante de esta existencia.
Entre ambas no hay término medio, y la respuesta a esa pregunta lo cambia absolutamente todo.
Y lo más inquietante no es que no la sepamos responder. Lo más inquietante es que casi nadie se está haciendo la pregunta.
Lo que la ciencia descubrió sin buscarlo
Antes de entrar en el espacio que las tradiciones místicas llevan milenios indagando, quiero detenerme en algo que la ciencia contemporánea encontró por un camino completamente diferente, y que resulta perturbador precisamente porque no lo estaba buscando.
En 1977, Ilya Prigogine recibió el Premio Nobel de Química por su teoría de las estructuras disipativas. Lo que había descubierto era tan contraintuitivo que tardó décadas en ser aceptado por la comunidad científica. Decía: los sistemas complejos lejos del equilibrio no tienden inevitablemente al caos y la desintegración. En ciertos momentos críticos, pueden reorganizarse a un nivel de complejidad superior.
Lo llaman punto de bifurcación. Recuerdas esa entrada del blog, aquí te la dejo para que la leas.
Es el instante en que un sistema en crisis, biológico, químico o social, se enfrenta a una discontinuidad radical. El equilibrio anterior ya no puede sostenerse. Y lo que ocurre en ese punto no está determinado por las leyes ordinarias que gobernaban el sistema hasta ese momento. En el punto de bifurcación, pequeñas fluctuaciones, casi imperceptibles en condiciones normales, pueden determinar cuál de los múltiples futuros posibles se actualiza y se manifiesta.
En ese punto hay dos vertientes: El sistema colapsa, o da “el salto” hacia una nueva forma de orden más compleja.
No hay término medio, y tampoco existe la posibilidad de un regreso al equilibrio o estructura anterior.
¿Te suena familiar? Cuántas veces has estado viviendo una época donde todo parecía “perfecto”, en su sitio, y de repente algo se movió y todo se calló. Solo tiempo después pudiste decir “fue para algo mejor”.
Y precisamente eso, esa expresión de “es para mejor” es la que evidencia el patrón que Prigogine descubrió y la sabiduría popular utiliza para calmarte en esos momentos de transición… “Tranquilo, tú confía que seguro que es para algo mejor aunque ahora no lo veas ni lo entiendas”.
Porque lo que Prigogine describió en términos de química y física es exactamente lo que hemos estado explorando en esta serie de entradas desde la trilogía del Ouroboros. Las grandes bifurcaciones de la historia como el fin de la última glaciación, la caída de Roma, el colapso de las civilizaciones mesoamericanas y la que vivimos ahora mismo, no son accidentes ni catástrofes evitables o circunstanciales. Son la forma natural en que los sistemas complejos evolucionan cuando alcanzan sus límites internos.
Y aquí está lo que Prigogine no llegó a plantear en su formulación pero que su trabajo susurra inevitablemente:
Si esto es una ley universal que rige los sistemas complejos, entonces las épocas de bifurcación no son excepciones en la historia de la vida. Son el mecanismo fundamental para su evolución.
Es decir, estamos programados para llegar a estos puntos y la crisis no es el fallo del sistema. Es el motor y el impulso para su salto evolutivo.
El colapso que nadie quiere ver venir
En otro contexto, Joseph Tainter pasó décadas estudiando algo que los historiadores convencionales prefieren atribuir a causas puntuales como invasiones, sequías, guerras, líderes incompetentes…
Lo que halló en sus investigaciones era mucho más sistemático de lo aparente, y mucho más inquietante.
Las civilizaciones colapsan, argumenta en El colapso de las sociedades complejas, no por causas externas sino por una dinámica interna inevitable: el retorno decreciente sobre la complejidad.
Cada problema que una civilización resuelve añadiendo mayor complejidad a través de más burocracia, más especialización, más infraestructura, más instituciones… requiere más energía para mantenerse. Y cada solución implementada genera nuevos problemas que requieren aún de mayor complejidad. En esa especie de bucle llega el punto donde el coste de mantener el nivel de complejidad alcanzado supera los beneficios que esa complejidad produce.
En ese momento, el colapso no se puede considerar una catástrofe. Más bien es la solución más eficiente disponible para la evolución. La civilización simplifica porque simplificar es lo único que puede resetear la estructura para “volver a empezar"... claro está que desde otro punto o grado de inicio.
Y lo que Tainter observó con una regularidad que trasciende las diferencias culturales, geográficas e históricas, es que ese punto siempre llega… Sin excepción.
Con todo esto, mira el momento en el que vivimos.
Una civilización global con una complejidad sin precedentes en la historia humana. Sistemas interconectados de producción, comunicación, gobierno y consumo tan elaborados que ninguna mente individual puede comprender más que una fracción del funcionamiento. Y una aceleración tecnológica que añade capas de complejidad a un ritmo que los mecanismos de adaptación humana probablemente no puedan seguir.
Tainter diría que ya conoce el final de esta historia, aunque posiblemente a él no se le pregunte por qué… ¿Quién quiere mirar de frente a su propio final?
Pero Prigogine añadiría algo que Tainter no contempla en su ecuación y que quizás sea aún más perturbador: en el punto de bifurcación, el colapso no es el único destino posible. También existe la posibilidad de dar “el salto” a un orden superior de complejidad.
La diferencia entre los dos destinos depende de la Consciencia que experimenta ese punto de inflexión.
El Punto Omega y la dirección del universo
En otro ámbito, Pierre Teilhard de Chardin que era simultáneamente paleontólogo jesuita y místico, algo que la Iglesia encontró tan incómodo que prohibió la publicación de sus obras y que conocemos gracias a que mucho después ya no se pudo seguir silenciando, propuso algo sumamente escandaloso tanto para el mundo científico como el religioso.
La evolución, argumentaba allá por la década de los 30 del siglo pasado, no es un proceso ciego y sin dirección. Tiene un vector. Y este vector apunta hacia una complejización creciente de la consciencia, hacia lo que él llamó la Noosfera. Algo que tiempo después la new age acuñó y que describe la capa de pensamiento consciente que envuelve el planeta, como una segunda biosfera. Y por otro lado hacia el Punto Omega: la convergencia de toda consciencia en una unidad que trasciende la individualidad sin anularla.
Y esa evolución no es un proceso gradual ni lineal. Es exactamente lo que Prigogine describiría décadas después como saltos discontinuos en puntos de bifurcación, reorganizaciones hacia niveles de complejidad superiores, que en nuestros días podemos identificar en la política, la economía, el orden y estructura social.
Y la bifurcación que hemos explorado en las entradas del blog que habla de la separación entre la corriente tecnológica y la contemplativa, entre el transhumanismo y el metahumanismo, es, desde la perspectiva de Teilhard, el mayor punto de bifurcación que la consciencia colectiva humana ha enfrentado hasta ahora.
Una bifurcación que quizás no sea el final, sino el portal… ¿El portal hacia qué?
Esta es exactamente la pregunta que la trilogía del Ouroboros dejó abierta y que esta entrada intenta, si no responder, al menos formular con mayor precisión.
La paradoja que nadie puede resolver con la mente
Si las épocas de bifurcación están programadas en la estructura del universo, si Prigogine, Tainter y Teilhard describieron una misma ley universal desde ángulos distintos, entonces la pregunta que emerge inevitablemente es esta:
¿Qué significa el libre albedrío dentro de una programación?
Y la respuesta, por incómoda que sea, parece ser: poco de libre tiene a no ser que…
Si el sistema tiende hacia el colapso o hacia el salto cuántico. Si las civilizaciones siguen un patrón que trasciende las decisiones individuales. Si el universo se mueve hacia el Punto Omega independientemente de lo que cualquier individuo o colectivo elija. Entonces, la libertad que creemos ejercer cuando tomamos decisiones opera dentro de un marco que no elegimos y que no podemos modificar desde dentro. Es como ir al supermercado y elegir un producto dentro de las opciones que el propio supermercado ofrece… ¿Consideras que ahí hay libre albedrío?
Diría que somos, en ese sentido, más programados de lo que nos gusta admitir.
Y aquí está la paradoja que ningún argumento puede resolver pero que la experiencia directa que viví sí puede disolver:
Si todo está programado, incluyendo la posibilidad de despertar a esa programación, entonces ese despertar es también parte del programa.
Pero hay una diferencia fundamental entre la consciencia que opera dentro del programa sin saberlo y la consciencia que opera dentro del programa sabiendo que habita en él.
Y no me refiero a una diferencia de libertad en el sentido de poder hacer algo diferente, o incluso mágico. Sino una diferencia de presencia. De comprensión. De la cualidad con que se vive lo que se vive.
Y esa diferencia, invisible desde fuera e indiscutible desde dentro, es exactamente lo que todas las tradiciones contemplativas llaman despertar.
No un despertar que te permite salir del samsara. Un despertar que te permite reconocer el samsara como samsara mientras transitas por él.
Lo que el samsara realmente significa
La rueda del samsara no es una metáfora sobre la reencarnación en el sentido literal que Occidente suele imaginar: vidas sucesivas como peldaños de una escalera espiritual que termina con el desapego del sueño material.
Digamos que es una descripción de la estructura de la experiencia de una consciencia que se identifica completamente con el programa.
El programa funciona así: el sistema biológico, social o civilizacional, genera una complejidad creciente hasta llegar al punto de bifurcación. En ese punto, colapsa o da el salto. Lo que colapsa genera las condiciones para un nuevo ciclo de complejidad creciente y así, el ciclo se repite… Lemuria, Atlántida, nosotros… los cyborg.
Una consciencia completamente identificada con el programa, con sus roles, sus deseos, sus miedos, su narrativa del “yo soy”, vive ese ciclo como si fuera la única realidad. Nace, crece, acumula, pierde, muere. Y si hay algo que persiste más allá de la muerte física, ese algo lleva consigo exactamente la misma estructura de identificación con la que se transita la vida. El mismo patrón que generó el apego a la vida anterior genera el apego a la siguiente y así, la rueda continúa girando. (Ahora que lo escribo me recordó la imagen del hámster corriendo dentro de una rueda, y a la entrada del Shugyō que hablaba de la cinta hedonista).
Una dinámica “natural” de una consciencia que no ha reconocido que está dentro del programa.
Y la consciencia que sí lo reconoce, que ve el patrón y que observa el ciclo desde un lugar que no está completamente dentro de sí, esa consciencia puede usar el punto de bifurcación de manera diferente y dar “el salto”.
Y no para escapar del programa, esto solo sería planteado por alguien que aún está identificado con él, sino para utilizarlo como lo que es: un portal de trascendencia.
El portal que todas las tradiciones conocen
Todas las grandes tradiciones contemplativas sin excepción de cultura, época o geografía, han señalado algo que el mundo moderno ha decidido ignorar con la misma eficiencia con que ignora la pregunta sobre la muerte.
El Libro Tibetano de los Muertos o el de los Egipcios son textos que se nos han entregado para que, con una mirada abstraída, logremos identificar el portal que se esconde tras sus líneas.
Los sufíes hablan de fana, la aniquilación del ego, como la muerte antes de la muerte.
Y los contemplativos del Monte Athos hablaban de la muerte como el momento de máxima claridad donde la Luz Increada se revela en su plenitud sin la mediación del cuerpo que la filtra. Una Luz que, para aquel iniciado que lograba verla, se convertía en el portal de Liberación.
Los taoístas describen el proceso de refinamiento de la esencia al espíritu como la preparación de algo que puede persistir más allá de la disolución del cuerpo físico. Es más, en función de la virtuosidad que el iniciado realiza en el manejo de la balanza de la bifurcación, aseguran lograr sostener el cuerpo tras el colapso para realizar el salto con él… tal vez algo parecido a la enseñanza que Cristo dejó en su resurrección, y en la de Lázaro.
Algo que de igual forma buscaron los alquimistas herméticos o los chamanes de múltiples tradiciones indígenas que desarrollaron ceremonias específicas para entrenar la consciencia en la navegación de ese instante llamado muerte, o Punto Omega.
¿Por qué esta convergencia entre tradiciones que no se conocían? ¿Por qué diferentes dedos señalaban el mismo portal?
El momento de la muerte física es el punto de bifurcación definitivo de una consciencia individual. En ese momento, según todas estas tradiciones, la calidad de consciencia que se ha cultivado durante toda la vida determina qué ocurre después de ella, independientemente de las creencias que programan la psique del individuo.
La consciencia identificada con el programa, con el ego, con las posesiones, con los roles, con la narrativa del yo que la vida construyó, experimenta ese momento como pérdida total. Y lo que persiste lleva consigo la estructura de esa identificación.
La consciencia que ha practicado el desapego, que ha aprendido a observar el programa desde el lugar del testigo, experimenta ese mismo momento como apertura. Como la brecha en la realidad programada que permite la entrada en lo que el Tao llama simplemente el Misterio.
Para quien estaba apegado, “dormido”, esa disolución es el mayor terror imaginable.
Para el despierto, es un encuentro con la Eternidad. Una Eternidad que poco tiene que ver con paraísos celestiales, o con panteones o tierras habitadas por dioses.
Esta Eternidad está vinculada a un Viaje Sempiterno, con principio y sin final, que transcurre por un territorio más allá de la programación artificial… o natural dependiendo de cómo se entienda o desde dónde se vea.
La reflexión que aplica para hoy
Aquí está lo que no quiero que se pierda en la amplitud filosófica de todo lo anterior. Y es que, esta entrada no habla sobre la muerte como tal. Es un intento para crear más consciencia sobre la vida, para vivirla más allá de la caja.
Si el punto de bifurcación de la consciencia individual ocurre en el momento de la muerte. Y si lo que determina la calidad de ese momento es el estado de consciencia que se ha cultivado durante toda la vida. Entonces la práctica contemplativa no es una actividad espiritual opcional para personas místicas o espirituales.
Diría que es el único proyecto verdaderamente prioritario y urgente.
No lo digo porque la muerte vaya a llegar mañana, que obviamente así pudiera suceder. Sino porque la actitud que tomamos hoy, ya sea la de identificarnos más profundamente con el programa o la de cultivar la distancia para vivir desde el testigo, se convierte en la inercia que determinará el tipo de acontecimientos que ocurrirán en los momentos siguientes, incluido el último.
Prigogine evidenció que en los puntos de bifurcación, pequeñas fluctuaciones determinan grandes destinos. Esto significa que lo que parece insignificante en condiciones normales se vuelve decisivo en el momento crítico.
Es decir, la práctica meditativa cotidiana, esos cinco minutos de consciencia plena en la respiración, la presencia en el fregadero, la observación desde el testigo interno en los momentos de tensión, es exactamente ese tipo de fluctuación que puede crear nuevos destinos en el Punto Omega.
Son insignificantes en apariencia, o bueno importantes para el bienestar, pero realmente decisivos en el punto de bifurcación.
Y si Teilhard tiene razón, si el universo se mueve hacia el Punto Omega, es decir hacia una convergencia de consciencias, entonces cada individuo que despierta dentro del programa no solo tiene acceso para cambiar su propio destino, sino que su consciencia se une al movimiento colectivo que determinará si la especie da el salto evolutivo o repite el colapso que el ouroboros describe y se manifiesta un nuevo reset existencial.
La elección para la única libertad real
En síntesis, una consciencia completamente dormida dentro del programa vive en reactividad total, respondiendo a cada estímulo con el patrón condicionado que el programa dictamina, creyendo que esas respuestas son libres porque no recuerda haberlas elegido.
Por otro lado, una consciencia que ha comenzado a despertar ve el patrón mientras lo vive. Quizás por el momento no puede salir de él de golpe, pero puede habitarlo con una presencia diferente. Con cierta distancia donde la consciencia testigo observa sin identificarse completamente con los acontecimientos. Con una abertura entre el estímulo y la respuesta donde cabe la elección.
Esa abertura tan pequeña, tan frágil, tan fácil de cerrar con la distracción del scroll o las exigencias de la agenda, es el único espacio de libertad real disponible dentro del programa.
Y se cultiva exactamente como se cultiva cualquier capacidad: con práctica diaria y sin exigir resultados inmediatos.
Pero ahora ya no se realiza con una finalidad de bienestar. El objetivo ya no es mejorar la calidad de vida como tal, que también. Ahora hay una comprensión que enfoca la práctica hacia una ampliación de la abertura.
Un objetivo existencial que busca la estabilidad de la consciencia testigo para que, cuando llegue el punto de bifurcación definitivo, la consciencia entrenada en cada acto de la vida cotidiana pueda reconocer el portal y acceder al salto existencial.
Y si cada uno de nosotros elige esta intención, este intento de trascender la bifurcación, entonces estamos aportando una pequeña fluctuación al destino de la especie.
El Australopithecus lo vivió sin saberlo. El Homo erectus pasó por el portal sin identificarlo. El Homo neanderthalensis no eligió entre el colapso o el salto. Y nosotros, los Homo sapiens, tenemos la posibilidad de tomar consciencia del patrón y elegir entre la inercia del programa, o dar el salto a través del Homo Contemplativus hacia el Meta Humano.
¿Qué cambiaría en tu vida cotidiana si tomaras en serio la idea de que la calidad de tu consciencia cultivada día a día determina la dirección del momento final? ¿Qué pequeña fluctuación podrías incorporar hoy para adquirir poder de elección en tu Punto Omega?
En la próxima entrada del Blog haremos un viaje por diferentes culturas y tradiciones para ver cómo el portal de la muerte ha sido utilizado a lo largo de la historia humana como vía de Liberación y Autorrealización espiritual.
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