Blog
Libros

© Aviso de derechos de autor: Todos los textos y materiales publicados en este blog son una adaptación web de los originales de propiedad intelectual de Chen Tuan Li. No se permite su reproducción total o parcial, distribución, difusión o uso con fines comerciales o editoriales sin la autorización expresa y por escrito del autor. Si deseas compartir este contenido, cita correctamente la fuente e incluye un enlace directo al artículo original. Gracias por tu colaboración y disfruta del contenido.

Chen Tuan Li

Soltar la Cuerda: El Día que Morí en una Montaña y Desperté Más Vivo que Nunca

Cuando la verticalidad deja de ser una metáfora y se convierte en la única verdad que importa.

Chen Tuan Li © Reg. 2605085582465
8 de mayo de 2026
30 min de lectura
Soltar la Cuerda: El Día que Morí en una Montaña y Desperté Más Vivo que Nunca

Veinte Metros Entre la Vida y la Muerte

Nos miramos.

Él sabía. Yo sabía. Los dos sabíamos exactamente lo que significaba esa capa de nieve-hielo brillando bajo el sol de primavera… Según nuestra previsión, no debería estar ahí cubriendo los últimos veinte, tal vez treinta metros que nos separaban de la cima del Naranjo de Bulnes.

El majestuoso Picu Urriellu. 2,519 metros de roca vertical irrumpiendo desde el corazón de los Picos de Europa como un colmillo de piedra cortando el cielo azul. Llevábamos horas ascendiendo, encordados, confiando nuestras vidas a esa cuerda que nos unía, a los seguros que íbamos colocando, a esa certeza fundamental de que si uno caía, el otro sostendría.

Pero la nieve lo cambiaba todo.

Pies de gato. Solamente llevábamos pies de gato — esas zapatillas de escalada con suela de goma diseñadas para adherirse a la roca como ventosas —, no crampones ni botas de suela mixta. Era primavera… Se suponía que en la cara sur toda la ruta sería en roca. No trajimos material de invierno porque... ¿Por qué la montaña no nos consultó antes de decidir qué clima ofrecernos?

Estábamos por iniciar la zona de Los Canalizos y mi compañero de cordada fue el primero en decirlo en voz alta, aunque ambos ya lo estábamos pensando:

Si uno resbala en eso de ahí...

No terminó la frase. No hacía falta. La física era espantosamente brutal en su simplicidad: nieve-hielo + pies de gato + pendiente de más de 60 grados = deslizamiento inevitable. Y si uno caía, la cuerda que hasta ese momento nos había servido de salvavidas, se convertiría en una sentencia de muerte compartida. El peso arrastraría al otro. Y en ese instante, solo habría dos cuerpos cayendo juntos al vacío.

Nos miramos otra vez. Y en esa mirada entendí lo que venía.

Tenemos que desencordarnos.

… Pero espera, antes de continuar con la historia voy a retroceder, porque para entender lo que significó ese momento necesitas saber algo sobre mí que me persiguió desde la niñez.

El Niño que No Podía Cruzar Puentes

De pequeño, mi madre tenía que empujarme para que siguiera caminando cuando cruzábamos puentes.

No cualquier puente. Los altos. Los que dejaban ver el vacío debajo. Esos por los que pasan autos por debajo.

Me quedaba paralizado. Literalmente. Las piernas se negaban a obedecer. El corazón martilleaba tan fuerte que pensaba que todos a mi alrededor podían escucharlo. Un sudor frío me bañaba la espalda. Y mi madre, con esa mezcla de ternura y firmeza que solo las madres dominan, me empujaba suavemente por la espalda: "Vamos, sigue. No pasa nada. Sigue".

Vértigo.

No miedo a las alturas en general. Vértigo — esa sensación visceral, del primer chakra, de puro terror de supervivencia que te dice que si das un paso más, te encontrarás con la muerte. Que la gravedad te está llamando. Que el vacío te está susurrando: "Ven, déjate caer".

No es algo racional. Esa sensación es anterior a la razón. Es el cuerpo gritando, en alarma, algo que la mente no puede silenciar con lógica.

Y ahí estaba yo, décadas después, a punto de escalar más de treinta metros de nieve-hielo en una montaña vertical... con ese mismo vértigo aún habitando en algún rincón de mi sistema nervioso.

¿Cómo llegué de ese niño paralizado en puentes a este hombre considerando seriamente desencordarse a más de 200 metros de altura?

La respuesta sincera es: no lo sé completamente. Tal vez la escalada fue mi forma de enfrentar el miedo en lugar de huir de él. Tal vez algo en mí comprendió que la verticalidad no es solo un concepto físico sino una metáfora de toda evolución consciente — siempre subiendo, siempre contra la gravedad del ego que te jala hacia abajo, hacia lo cómodo, lo conocido, lo seguro.

O tal vez simplemente me enamoré de las montañas y la naturaleza con una intensidad que volvió el miedo irrelevante. Tal vez, cuando amas algo de forma visceral, el precio de no tenerlo se vuelve más aterrador que cualquier peligro involucrado en perseguirlo. Algo que seguramente explica, aunque no se entienda, porque hay seres que practican deportes de alto riesgo.

Pero ese día en el Naranjo... ese día el vértigo todavía estaba ahí. Somnoliento tal vez, pero ahí. Y estaba a punto de despertar con un hambre voraz… Como si fuera un oso después de invernar.

La Conversación que Nadie Quiere Tener

Si te caes, yo caigo contigo — dije, confirmando lo obvio.

Lo sé — respondió él.

Pero si nos desencordamos...

Uno puede seguir vivo — y así terminó la frase que ninguno de los dos quería pronunciar.

Hubo un silencio. El viento silbaba entre las rocas con ese sonido que las montañas hacen cuando quieren recordarte lo pequeño que eres. Abajo, muy abajo, el valle se extendía como una maqueta de un centro de interpretación. Mirando al oeste había más de 500 metros de desnivel, y hacia abajo, más de doscientos… Desde ahí, los árboles eran puntos verdes. Y cualquier otra cosa, invisible.

Nos abrazamos.

No fue un abrazo casual de esos que te das en el metro cuando te encuentras con alguien conocido. Fue un abrazo de despedida. Porque sabíamos — sin decirlo pero sabiéndolo con cada célula del cuerpo — que aunque los dos llegáramos a la cima, y aunque los dos sobreviviéramos físicamente...

No íbamos a ser los mismos.

Desde el momento de soltar la cuerda, algo en nosotros moriría. Una inocencia. Una certeza. Una versión de quiénes éramos que dependía de no haber mirado realmente a la muerte a los ojos y decirle: "Te acepto. Haz lo que tengas que hacer… Estoy en tus manos".

Gracias — dijo él.

Gracias — respondí.

Y nos soltamos. Literalmente. Desatamos el nudo que nos conectaba. La cuerda cayó floja entre nosotros como serpiente muerta… la enrollamos, y respiramos mirando hacia arriba.

Ahora cada uno estaba solo. Completamente solo.

Si caías, morías. Nadie te sostendría. Ningún seguro te salvaría. Solo tú, la montaña, la gravedad, y tu capacidad — o incapacidad — de mantenerse adherido a una superficie que no estaba diseñada para sostener la vida humana vistiendo pies de gato.

Esta era la prueba iniciática que no pedí pero que, mirándolo con perspectiva, necesitaba desesperadamente.

Los Primeros Pasos Donde Todo Puede Terminar

Respiré.

Anapana. Consciencia de la respiración. Entrada del aire. Salida del aire... La práctica más simple y más profunda que existe. La había estado practicando durante años sin saber que un día me salvaría la vida en una montaña vertical cubierta de un blanco hielo… como si fueran las canas de un viejo sabio taoísta esperando a ver cómo saldría de la encrucijada.

Coloqué el pie derecho en la nieve. El pie de gato — diseñado para friccionar contra roca seca — se resbaló ligeramente. Un deslizamiento mínimo. Milímetros. Pero suficiente para que mi cuerpo entero se tensara con una alerta primordial.

"Si resbalas, caes. Si caes, se terminó".

La mente lo sabía. El cuerpo lo sabía. Y esa información — tan simple, tan brutal y tan ignorada en la vida cotidiana — inundaba mi sistema nervioso con una sobredosis de adrenalina.

Temblor. El famoso "sewing machine leg".

Mis piernas comenzaron a temblar y no de frío, sino de puro miedo visceral. El vértigo de mi infancia, el que en más de una escalada me había saludado con intensidad, despertaba como bestia dormida para tomar el control y paralizarme.

Golpeé con más fuerza. Intenté clavar la punta del pie de gato en la nieve para crear un escalón improvisado, una plataforma mínima donde el peso pudiera distribuirse. La nieve cedió ligeramente. ¿Suficiente? ¿Insuficiente? Imposible saberlo hasta transferir el peso completamente.

Y entonces mi mente — esa mente entrenada en meditación pero también en supervivencia — comenzó su danza esquizofrénica:

"Puedes hacerlo. Has escalado cosas más difíciles. Esto es solo una ladera con nieve. Concéntrate. Respira".

Y al mismo tiempo:

"Vas a resbalar. Vas a caer. Esto es una locura. Deberías retroceder. Todavía puedes descender. Todavía puedes vivir. Esta montaña quiere terminar contigo".

Pensamientos positivos intentando generar motivación. Pensamientos de pánico intentando generar una retirada que en verdad, no era posible en términos técnicos. Y tras ellos, algo más profundo, más sustancial:

Aceptación.

Aceptación de que ese momento — o este preciso instante — podría ser el último. Que la próxima respiración podría no venir. Que este cuerpo que he habitado durante décadas podría, en segundos, convertirse en carne y huesos para los buitres.

Y extrañamente, o paradójicamente, esa aceptación no me paralizó como intentaba hacer el miedo… Me liberó. Una libertad que los maestros Zen llaman Mushin y los taoístas Wuxin… Esa claridad espiritual que emerge cuando la mente se libera de pensamientos innecesarios, apegos, o juicios. Ese estado en el que la mente es como un espejo, reflejando las cosas tal como son, actuando espontáneamente sin duda ni miedo.

Porque cuando aceptas completamente la posibilidad de morir, algo extraordinario sucede: dejas de intentar controlar lo incontrolable y el ego, es trascendido.

Ya no puedes manipular la realidad mediante el pensamiento positivo. Ya no puedes negociar con el universo para que manifieste lo que deseas. Ya no puedes pretender ni creer que tienes más poder del que realmente tienes.

Solo puedes estar presente. Totalmente presente. Con cada fibra de tu ser enfocada en este pie, esta mano, esta respiración.

Ahí, no había espacio para el ego. Solo para la acción pura y genuina… lo que en el Tao se conoce como Ziran, la acción genuina, espontánea, sin apego y libre de los artificios mentales.

La Muerte del Yo que Controla

Ese estado que describen los auténticos maestros espirituales, no los del instagram o tiktok, cuando hablan de que la acción sucede sin actor. Donde el arquero, la flecha y el objetivo se disuelven en un solo movimiento. Eso mismo, lo experimenté en esos veinte metros verticales de nieve-hielo.

No hubo un "yo" escalando. Solo había escalada escalándose a sí misma. Como la experiencia que te conté de la danza derviche.

Cada movimiento emergía sin deliberación consciente. El cuerpo sabía. La práctica y la técnica de años sabían. Algo más profundo que mi identidad personal sabía exactamente qué hacer.

Mano izquierda buscando agarre en roca visible entre la nieve. Pie derecho golpeando, creando escalón. Transferir peso. Equilibrar… Respirar. Mano derecha subiendo. Pie izquierdo buscando. Golpear. Sentir. Confiar…

Confiar.

Esa es la palabra que define todo. No una confianza ciega parecida a la fe irracional. Sino la confianza que nace de la rendición total.

Confiar en que si vives, vivirás. Si mueres, morirás. Y ambas posibilidades son aceptadas porque ambas son parte del mismo flujo vital, de la misma danza, el mismo Tao que te trajo aquí y te llevará a donde sea que vayas después, si es que hay un después.

A ese estado, o forma de vivir, los taoístas lo llaman wu wei — no-hacer, o acción sin esfuerzo. Y ahí, en esa pared vertical, el wu wei no era una filosofía o un concepto que defender en algún coloquio sobre taoísmo. Era el fiel reflejo de Ming, ese "vacío iluminador" que muestra las cosas tal como son, sin resistencia, para ver la Naturaleza de la Existencia.

Porque el yo que controla, que planifica, que se aferra... ese yo te mata en situaciones extremas. Solo el vacío — la ausencia de ese yo — permite que la vida fluya a través de ti con la misma precisión que aconteció en el origen de la vida.

Y lentamente — metro a metro, respiración a respiración — ascendí.

No sé cuánto tiempo me llevó. El tiempo se había vuelto irrelevante, inexistente. Solo había presente, eterno, en cada movimiento.

Y entonces... roca. Roca sólida, seca, sin nieve.

Los últimos metros eran escalables normalmente. Agarres evidentes, sencillos y sin complejidad técnica... Y una fricción confiable, placentera, diría que amorosamente maternal.

Subí. Llegué a la cima… y Desperté.

El Éxtasis de Haber Atravesado la Muerte

Mi compañero ya estaba ahí. Había llegado minutos antes. Nos miramos.

Y sin palabras — porque no había palabras para lo que acabábamos de vivir — nos abrazamos otra vez.

Pero este abrazo era diferente. No era como el de la despedida que nos dimos metros abajo. Era un reconocimiento de algo o alguien que acababa de nacer.

El reconocimiento de que habíamos cruzado un portal. Algo en nosotros había muerto en esa pared — ese ego y su personalidad que negaba su mortalidad — para dar espacio a algo más vasto, más verdadero, sencillamente auténtico..

Caminamos hacia la estatua que marca la cumbre del Naranjo de Bulnes. Esa figura que representa a la Vírgen de las Nieves corroída por décadas de viento y nieve. La abrazamos, los dos, como los niños abrazan a su madre después de creer que se había perdido.

Y entonces miramos el horizonte majestuoso que coronaba las alturas de los Picos de Europa.

La magnitud de la belleza se extendía en todas direcciones, todo era hermoso. Valles y ríos que penetraban las montañas. Algunas nubes danzaban bajo nuestros pies, flotando como algodón de azúcar.

El sol iluminándolo todo con una luz dorada inolvidable.

Y el silencio… Uno que aunque en cada ascensión se busca como si fuera un contacto directo con la existencia, aquel día esa burbuja de realidad que hay en las cumbres dejó un silencio interior tan profundo que podía escuchar mi propia nota fundamental, esa frecuencia única que cada ser emite cuando vibra en Libertad.

Éxtasis.

Nada parecido a una felicidad pasajera ni a una simple alegría. Éxtasis — literalmente estar fuera de uno mismo. Esa disolución de fronteras donde ya no estás seguro de dónde terminas tú y dónde comienza la montaña, el cielo, el universo…

Contemplamos la Totalidad. Nos conquistamos a nosotros mismos. No a la montaña ni a las circunstancias pues eso implica dominio, superioridad, un ego inflado.

Nosotros nos habíamos rendido a la vida, y a la muerte.

La montaña nos había permitido estar ahí. No porque la venciéramos con técnica o con un buen equipo de escalada, eso quedó obvio que fue un… maravilloso error. Llegamos ahí porque aceptamos sus términos. Aceptamos morir si era necesario, y aprendimos a vivir paso a paso, sin pensar en lo que hubo ni en lo que podría venir. Una aceptación total que fue lo que dio acceso a este instante de gracia.

Primera y última vez que estaríamos ahí.

Lo sabíamos. Nunca volveríamos ahí. No porque no pudiéramos físicamente o porque decidiéramos no regresar a escalar esa fascinante pared, sino porque ese momento — exactamente ese momento con esa luz, ese viento, esta versión de nosotros mismos — nunca se repetiría.

Todo es impermanente. Todo fluye. Todo cambia.

Y reconocer eso — realmente reconocerlo y no solo entenderlo intelectualmente — te hace estar más presente, más vivo, más agradecido por lo que es, exactamente, tal como es.

Verticalidad: La Metáfora que Deja de Ser Metáfora

Años después, cada vez que alguien me pregunta sobre el miedo o el control, vuelvo a esa montaña… Cuando realizo las formaciones en Meditación o cuando guío procesos de transformación personal y espiritual, lo hago desde la montaña.

Porque la verticalidad no es solo una condición física. Es el arquetipo mismo del despertar espiritual. Con el tiempo lo llamé ‘Verticualidad’, no solo como el acto de ascender, sino la cualidad esencial de ese ascenso: presencia total, rendición y confianza en lo desconocido.

Ascender implica ir contra la gravedad. La gravedad que te jala hacia abajo — hacia lo cómodo, lo conocido, lo seguro, lo dormido.

El ego es gravedad. Te mantiene pegado a tu tierra. Te dice: "No te arriesgues. No crezcas. Quédate donde estás. Es peligroso ir hacia arriba".

Y tiene razón. Allá arriba es peligroso.

Cuanto más alto vas en consciencia — cuanto más te acercas a la verdad de quién eres más allá de la identidad construida — más te expones. Más vulnerable te vuelves. Más te arriesgas a perder todo lo que creías que eras, a dejar de encajar y ser visto como uno más.

Porque la cima es la muerte del yo que, aún siendo pequeño, se cree grande.

Y no lo digo metafóricamente, es literal. Para llegar ahí, tienes que soltar la cuerda. Tienes que desencordarte de todas las seguridades que te mantenían atado a la seguridad del mundo conocido.

Tu identidad profesional. Tu estatus social. Tus logros, tus planes para el futuro, tus narrativas sobre el pasado.

Todo eso son cuerdas. Y en algún momento del ascenso espiritual, descubres que esas cuerdas — que creías que te protegían y te aseguraban el camino — se han convertido en trampas pues, si uno cae, arrastra al otro. Y algunas de ellas caerá, antes o después caerá y arrastrará todo lo demás con ella.

Por eso tienes que soltarlas.

Porque no sirve agarrarte a otra más fuerte mientras recuperas la que se ha caído. Esto, a la larga, no sirve. Tienes que soltarlo todo porque cuando sueltas, cuando realmente te paras ahí solo frente al vacío existencial sin ninguna red de seguridad...

Ahí es donde el miedo se vuelve presencia. Donde el control se vuelve confianza. Donde el yo desaparece y florece el Ser. Y donde el vacío se revela como Plenitud.

El Miedo que te Paraliza versus la Presencia que te Libera

Déjame ser claro sobre algo: el miedo no desapareció.

Ese vértigo de mi infancia, esa alarma primitiva de supervivencia... seguía ahí. Lo sentía en mis piernas temblando. Lo sentía en mi corazón acelerado. Lo sentía en cada célula gritando: "¡Esto es peligroso! ¡Qué locura!".

La que marcó la diferencia no fue la ausencia del miedo sino la relación con él… El manejo consciente de las sensaciones que generaba, y la negación de reaccionar, como había programado desde niño, con parálisis.

El niño en el puente estaba identificado con el miedo. Era el miedo. No había espacio entre él y la sensación de terror. Por eso se paralizaba.

El joven en la montaña observaba el miedo. Sentía las mismas sensaciones — temblor, adrenalina, voz de alarma — pero había espacio entre eso y la consciencia testigo que lo observaba. Había templanza. Había una parte de mí que podía percibir: "Ah, esto es miedo. Interesante. El cuerpo está asustado y así responde frente a este estímulo". Ahí estaba el Observador Interior reconociendo el presente tal cual era…

Esa es la diferencia que la meditación hace.

No te vuelve inmune al miedo. Da espacio alrededor del miedo. Te permite reconocer que el miedo es una sensación en el cuerpo, no la totalidad de quién eres.

Y cuando ya no estás atrapado en el miedo, cuando puedes observarlo desde la consciencia... el miedo deja de controlarte.

Puedes sentirlo completamente — sin reprimirlo, sin negarlo — y aun así actuar sin paralizarte. Puedes temblar y subir. Puedes tener terror y seguir respirando. Puedes aceptar la muerte y elegir vivir plenamente hasta que llegue.

Esa Presencia en medio del miedo es Libertad.

Y eso — esa libertad — solo se aprende enfrentando aquello que más temes. No en el cojín de meditación. No en el retiro de silencio. Sino ahí, en la pared vertical donde si resbalas, mueres.

Ahí es donde la práctica deja de ser teoría y cobra vida.

Aceptar la Muerte para Estar Verdaderamente Vivo

Hay una paradoja que los maestros contemplativos de todas las tradiciones señalan pero que pocos realmente comprenden hasta vivirla:

Solo cuando aceptas completamente que puedes morir, comienzas a estar verdaderamente vivo.

Mientras resistes la muerte — mientras la niegas, la pospones, la mantienes como abstracción futura o estás distraído con proyectos y metas a alcanzar — vives a medias. Postergas. Acumulas. Te aferras. Construyes identidades falsas que crees que te protegerán de lo inevitable.

Pero cuando miras a la muerte directamente — cuando sientes su realidad no como concepto sino como posibilidad inmediata — algo se rompe en ese artificio.

Todas las pequeñeces se revelan como eso, pequeñeces. Todas las preocupaciones triviales se disuelven… Y todas las máscaras caen.

Y lo que queda es... asombro, inocencia, autenticidad.

Asombro de estar vivo, de respirar. Inocencia y curiosidad por conocer la vida con intensidad, con profundidad. Y una autenticidad que te lleva a vivir el momento presente, a reconocerlo y entregarte a él porque existe y tú estás en él.

En aquel momento en la montaña, cuando cada paso podía ser el último paso, viví más plenamente que en meses de existencia automática en la ciudad con todos sus estándares y estereotipos.

No porque fuera una experiencia emocionante o extrema, sino porque era real.

Real de una forma que la vida cotidiana — con sus rutinas, sus distracciones, sus evasiones — raramente se vive así.

Los monjes tibetanos practican meditaciones sobre la muerte. Se sientan en cementerios y visualizan los cuerpos descomponiéndose. Y no lo hacen por una morbosidad caprichosa de algún antiguo maestro necrófilo, lo hacen precisamente para recordar que la muerte te devuelve a la vida.

Yo no necesité visualizar algo parecido sobre mi cojín de meditación. La montaña me ofreció la experiencia directa, al igual que tiempo después hicieran mis maestros de Tao.

Ya que la experiencia cambia algo fundamental en la relación con la existencia. Después de estas experiencias, las pequeñas muertes cotidianas como un proyecto que falla, una relación que termina, un ego herido por alguna decepción, dejan de ser tragedias… ya no hay drama en ellas.

Porque cuando se saborea la muerte real y descubres que del otro lado no hay nada que temer, solo queda Libertad.

Soltar el Control y Confiar en el Tao

Cuando me preguntan qué es el Tao — ese concepto tan central en mi enseñanza pero tan difícil de explicar — a veces solo digo:

"Es lo que sostiene cuando sueltas la cuerda".

Porque eso es exactamente lo que experimenté.

Mientras estaba encordado, confiaba en la cuerda. En los seguros. En mi compañero. En los sistemas de seguridad que los humanos inventamos para crear la ilusión de control sobre lo incontrolable.

Pero cuando solté la cuerda, cuando me quedé solo en esa pared vertical sin ningún sistema de respaldo...

Tuve que confiar en algo más.

No en un dios, o en mi fuerza o mi habilidad… Eso ayudaba, sí. Pero no es suficiente. Porque en situaciones extremas, esos artificios no son suficientes.

Tuve que confiar en... ¿cómo nombrarlo?

La inteligencia que sostiene el universo.

Esa fuerza misteriosa que hace que tu corazón lata sin que lo dirijas. Que hace que tus pulmones respiren mientras duermes. Que hace que las plantas crezcan hacia la luz sin consultar un manual de instrucciones.

Los taoístas la llaman Li, el Misterio. El principio organizador que hace que las cosas se ordenen de la manera en que se ordenan.

No importa que sepas lo que es exactamente, lo que importa es que cuando sueltas el control, cuando realmente lo sueltas, descubres que hay algo que te sostiene.

Quizás no siempre de la forma que esperabas. Quizás no siempre salvándote de caer. A veces, paradójicamente, Li te sostiene mientras caes, hasta que caer deja de ser un fracaso y se vuelve otra forma de fluir… Ahí, diría que comienza la vía del Tao.

Aquel día en la montaña, ese misterio llamado Li, me sostuvo literalmente. Cada pie encontró un apoyo y cada mano encontró su agarre. El cuerpo sabía qué hacer cuando la mente dejó de interferir con su paranoia.

Eso es wu wei. Eso es confiar en el Li.

Y una vez que lo experimentas con esta intensidad, ya no puedes vivir como si el viejo control fuera real. Ya no puedes pretender que tus planes dicten tu destino. Ya no puedes resistir el flujo de la vida como si tuvieras opción.

Solo puedes... fluir. Confiar… y vivir en plena unión con el Tao, con toda la existencia, con la Eternidad.

La Invitación a Tus Propias Cimas

Entonces, ¿por qué te cuento esto?

Te aseguro que no es para impresionarte con hazañas de montañero intrépido. Tampoco para romantizar el riesgo extremo ni minimizar lo que acontece en esas situaciones.

Te lo cuento porque tú también tienes tu Naranjo de Bulnes.

Tal vez no es una montaña literal. Tal vez es un proyecto que te aterroriza empezar. Una conversación que sabes que debes tener pero has pospuesto durante años. Una vocación que te llama pero requiere soltar la seguridad conocida de un empleo fijo.

Tal vez es enfrentar una enfermedad, atravesar un duelo… En definitiva, disolver una identidad que ya no te sirve pero que sostienes porque no sabes quién eres sin ella.

Todos tenemos nuestras paredes verticales. Todos tenemos esa nieve-hielo inesperada que convierte el ascenso planeado en una prueba iniciática.

Y todos llegamos a ese momento donde sabemos — con una certeza innegable — que tenemos que desencordarnos. Que las seguridades que nos protegían se han vuelto trampas, y que si seguimos aferrados a ellas, nos arrastrarán hacia abajo.

Soltar la cuerda da miedo… da tanto miedo.

Pero déjame decirte algo que aprendí en esa montaña:

El miedo a caer y la libertad de volar son la misma sensación en el cuerpo. Solo cambia cómo la interpretas.

Si la interpretas como amenaza, te paralizas. Si la interpretas como portal, te liberas.

Y cuando finalmente sueltas — cuando das ese primer paso solo, sin red y sin garantías — descubres algo extraordinario:

Ya sabías cómo hacer lo que creías que no podías hacer.

Tu cuerpo sabe. Tu respiración sabe. Algo más profundo que tu miedo sabe exactamente qué hacer.

Solo necesitas dejar de interferir. Dejar de controlar. Dejar que la vida viva a través de ti en lugar de que tú intentes dirigir la vida.

Las Vistas que Solo Se Contemplan Desde Arriba

Y cuando llegas, si llegas, a tu cima personal...

Las vistas son…

No puedo describírtelas porque son únicas para cada uno. Pero te aseguro esto:

Serán más vastas de lo que imaginaste. Más hermosas de lo que esperabas. Y te harán comprender por qué todo lo anterior — el miedo, la duda, el temblor — fue necesario para llegar ahí.

Y es que las cimas no se conquistan. Se Contemplan.

Y solo puedes contemplar la Verdad cuando has muerto lo suficiente para renacer en el momento presente con ojos nuevos y una mirada… Cristalina.

Para mí las vistas desde el Naranjo de Bulnes fueron mi primera y última vez que las contemplé.

Pero el estado de presencia que encontré en ellas — esa capacidad de estar completamente aquí, completamente vivo, completamente entregado al misterio — eso me acompaña cada día desde entonces.

Y por eso sé — sé, no creo — que hay otra forma de vivir.

Una forma vertical. Una forma que asciende no por ambición sino por rendición, desde el surrender. Que enfrenta el miedo sin negarlo. Que suelta el control sin colapsar y que acepta la muerte sin resignarse. Lo que en aquella otra entrada del blog denominé ‘La Vía del Agua’.

Un Camino que confía en el Tao incluso, especialmente, cuando no hay cuerda que te sostenga.

¿Cuál es tu Naranjo de Bulnes? ¿Qué pared vertical te está llamando a ascender? ¿Sabes qué cuerda necesitas soltar? Y si ya soltaste... ¿cómo fueron las vistas desde tu cima?

En la próxima entrada abordaremos una fascinante historia sobre la Evolución Humana. Una donde el tiempo y los relatos antiguos adquirirán una nueva dimensión.

Etiquetas:

#Tao#miedo#rendición#despertar espiritual#montaña#presencia#aceptacion#Wu Wei#Naranjo de Bulnes#evolución humana#Escuela de Libertad

Comentarios

Deja tu comentario

Los campos marcados con * son necesarios para compartir tu comentario.

No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!